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La Venganza que Arrasó Castilla

La Venganza que Arrasó Castilla
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El sol se ponía lentamente en el horizonte, el cielo que se extendía sobre la llanura de castilla se teñía de unos tonos dorados y rojizos A lomos de su caballo, don Sancho de Ribaura, señor de Pedraza, llegaba por fin a su castillo después de una ardua y gloriosa campaña en las Navas de Tolosa. La satisfacción de la victoria resonaba aún en su pecho, pero más fuerte que cualquier otro sentimiento era el deseo de volver a ver a su amada esposa, doña Elvira, a quien tanto había añorado durante su ausencia, pero el noble pronto descubriría que su regreso al castillo de Pedraza cambiaría el destino de la región.

Don Sancho, impaciente por el reencuentro con doña Elvira, espoleaba su montura, ansioso por cruzar las puertas de su hogar. La imagen del castillo de Pedraza se alzaba ya en el horizonte, con sus imponentes torres y gruesos muros de piedra que habían sido testigos de tantas historias. El camino serpenteaba por las colinas, y a medida que se acercaba, pudo divisar el movimiento de los guardias que se preparaban para recibirle.

Al avistar al señor, el bullicio en el castillo creció. Los vasallos corrían de un lado a otro, y pronto el puente levadizo fue bajado para que su señor pudiera entrar en la fortaleza. En el umbral, rodeada por sus fieles servidores, se encontraba doña Elvira, esperando la llegada de su esposo. Su figura destacaba en medio del séquito, y don Sancho sintió que el corazón le latía con fuerza. Llevaba meses soñando con ese instante, con aquel abrazo de su amada que le reconfortaría tras los horrores de la guerra.

Cuando finalmente cruzó el puente y desmontó de su caballo, don Sancho se acercó rápidamente a su esposa y la rodeó con sus brazos, buscando la calidez que tanto había echado de menos. Pero algo no estaba bien. El abrazo de doña Elvira era distante, frío, y el beso que le ofreció carecía del brillo y la pasión que él recordaba. Sus ojos, que en otro tiempo resplandecían con amor, ahora parecían apagados, como si una sombra los cubriera.

Don Sancho frunció el ceño, pero no tuvo tiempo de meditar más sobre ello. Mientras aún se encontraba en sus brazos, doña Elvira se desplomó, desmayada. El pánico se apoderó de los presentes. Algunos lo atribuyeron al calor del día, otros lo achacaron a la emoción del reencuentro, pero en el corazón de don Sancho se sembró la semilla de la duda. Los sirvientes corrieron a llevar a doña Elvira a sus aposentos, mientras que el señor de Pedraza se dirigió a quitarse sus sucias ropas.

Tras cambiarse don Sancho preguntó por su esposa. Los criados le informaron que se habia recuperado, pero que aún descansaba en sus estancias acompañada por su confesor, el fraile que había sido asignado al castillo durante su ausencia.

Don Sancho, más tranquilo al conocer la recuperación de su esposa, llamó a uno de sus más antiguos y leales criados, un hombre que había servido a su familia durante años y en quien confiaba plenamente. Cuando el criado se presentó ante él, don Sancho le preguntó si había ocurrido algo extraño durante su ausencia. El hombre, fiel a su señor, le contó que desde hacia un tiempo habia notado como se habia estrechado la relacion entre doña Elvira y su confesor, incluso le conto como en alguna ocasiones, bien entrada la noche, habia visto al fraile entrar en los aposentos de doña Elvira mientras todo el castillo dormía.

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Don Sancho sintió que la ira crecía dentro de él, de haber sido cualquier otro criado ya lo habría pagado con su vida, pero aquel criado había sido su hombre de confianza en los momentos más difíciles, y don Sancho le habia pedido que fuera sus ojos en el castillo mientras él se ausentaba, por lo que sabia que aquel hombre no estaba mintiendo.

El fraile en cuestión nunca le había inspirado confianza. Don Sancho recordaba el día en que el anterior capellán del castillo falleció y tuvo que acudir a un monasterio cercano en busca de un sustituto. El abad le había enviado a un joven monje, a quien describió como humilde y devoto, pero a los ojos de don Sancho, aquel fraile era demasiado apuesto y joven para su gusto. Al principio, desestimó sus recelos, confiando en la palabra del abad, pero el tiempo parecía demostrar que sus sospechas no eran infundadas.

Aunque aquello no tendría porque significar nada, pero, tras investigar un poco, don Sancho descubrió el pasado que compartían el fraile y doña Elvira. Resultó que antes de que él pidiera la mano de su esposa, ambos habían sido amigos en la niñez y habían planeado casarse. Sin embargo, cuando don Sancho quedó prendado de la belleza de Elvira, utilizó sus derechos feudales para desposarla. Y ahora, después de tanto tiempo, el destino, caprichoso como era, había llevado al antiguo pretendiente de Elvira a su propio castillo, no solo como capellán, sino compartiendo las mismas paredes que su esposa y, quizás, el mismo lecho.

Mientras don Sancho reflexionaba sobre todo esto, el joven fraile se debatía en su propia tormenta. En su habitación, el monje rezaba día y noche, pidiendo a Dios que le liberara de los pensamientos impuros que le asaltaban cada vez que veía a doña Elvira. Había luchado contra la tentación desde el primer momento, pero su amor por ella seguía siendo tan fuerte como el día en que la vio por primera vez. Cuando el abad le ordenó ser capellán del castillo, el fraile pensó que era una cruel penitencia por el mayor de sus pecados: el amor por la esposa de otro hombre.

Una noche, mientras don Sancho ya se encontraba lejos, luchando en la guerra, Elvira le confesó que aún le amaba. Aquel momento fue devastador para el joven fraile, quien, durante meses, había intentado reprimir sus sentimientos. La confesión de Elvira le hizo dudar de todo, incluso de su vocación ya que Dios no le habia escuchado en sus plegarias, pensó incluso en quitarse la vida, hasta que finalmente, en aquel castillo, la tentación se hizo carne.

El regreso de don Sancho solo podía significar el fin de aquella locura. Pero don Sancho no estaba dispuesto a dejar las cosas sin castigo. Sabía que su honor había sido mancillado y que aquello solo podía lavarse con sangre. Al día siguiente, organizó una gran cena en el castillo para celebrar su regreso, invitando a todos los nobles del reino. Don Sancho presidia aquella velada, e hizo que los amantes se sentasen juntó a él, uno a cada lado.

Al final de la cena, don Sancho se levantó y, con la copa en la mano, anunció que otorgaría un premio especial a quien había prestado un gran servicio al castillo en su ausencia. Sus palabras resonaron con una frialdad que hizo que los invitados se miraran unos a otros, desconcertados. Y con la mirada puesta en el fraile, don Sancho dijo solemnemente:

—“Una corona bendita y consagrada lleva sobre la cabeza como insignia de honradez, virtud y santidad. Yo le pondré otra que si no tan divina sea al menos tan duradera

Y haciendo una señal, dos vasallos, vestidos con armaduras resplandecientes, se acercaron con una bandeja de plata. Sobre ella descansaba una corona de hierro, cuya parte inferior estaba formada por puntas que habían sido calentadas al rojo vivo. Don Sancho tomó la corona con unos guantes de acero y la colocó sobre la cabeza del fraile mientras le decía “En recompensa por tus servicios”. Los gritos de dolor del monje resonaron en el gran salón mientras él caía al suelo.

Don Sancho inmediatamente se giró hacia su esposa, pero ella habia aprovechado la condena del fraile para escapar de la escena. El noble salió en su búsqueda hasta que finalmente la encontró en sus aposentos, muerta, con una daga clavada en el corazón.

El caos se desató en el castillo de Pedraza todo el mundo corría de un lado a otro horrorizados por el final del banquete, hasta que de repente se provoco un incendio que pronto se hizo feroz e imparable. El fuego comenzó a devorar las antiguas piedras y los techos de madera. Las llamas se extendían rápidamente, iluminando la noche con un resplandor aterrador. Los gritos de los invitados resonaban entre las paredes del castillo mientras corrían en busca de una salida, desesperados por salvarse de las llamas.

Aquellos que lograban alcanzar el exterior solo podían mirar con horror cómo el castillo, que momentos antes era una fortaleza imponente, se convertía en un infierno sobre la tierra. Desde las colinas cercanas, los campesinos y los viajeros que pasaban podían ver el resplandor de las llamas elevándose hacia el cielo. Parecía que toda la comarca estaba condenada a presenciar la caída de Pedraza, el orgulloso bastión del señor don Sancho.

Dentro del castillo, solo quedaban los cuerpos de los dos amantes. El fraile yacía en el suelo, su rostro aún desfigurado por la agonía de su castigo. Doña Elvira, descansaba inmóvil sobre su cama, con la daga que ella misma había empuñado clavada en su pecho. Las llamas no tuvieron piedad de ellos. En poco tiempo, ambos cuerpos fueron reducidos a cenizas, y cuando el fuego finalmente se extinguió, solo quedaba el recuerdo de los trágicos amantes.

Don Sancho, el señor de Pedraza, había desaparecido en medio del caos, nadie lo vio huir ni intentar escapar. Pasado un tiempo algunos dirían que había sido devorado por el fuego, junto con los otros cuerpos, pero nunca se encontró rastro alguno de él entre las cenizas. Otros, más supersticiosos, creían que el castigo por su crueldad le había llevado a perder la razón, y que, como un alma en pena, vagaba sin rumbo por las tierras de Castilla, con la mirada perdida y el espíritu roto.

Hoy en día, el castillo de Pedraza aparece en todo su esplendor como museo en homenaje al afamado pintor Ignacio Zuloaga, ajeno a todos aquellos acontecimientos del pasado. Como si solo el recuerdo de esta leyenda fuera testigo de lo acontecido. Pero con el pasar de los años, algunos afirmaron que, en noches de luna llena, dos figuras fantasmales podían verse caminando sobre las almenas del castillo. Sus siluetas, envueltas en una tenue luz rojiza, parecían flotar sobre las piedras, eternamente juntas. Los más ancianos del lugar decían que eran los espíritus de doña Elvira y el fraile, condenados a vagar por la eternidad, unidos en la muerte de una manera que jamás pudieron estarlo en vida.

Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!

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