
Desde hacía semanas, en toda España se respiraba un aire espeso, hecho de rabia y odio, pero sobre todo, cargado de miedo. Las noticias de enfrentamientos en las calles llegaban cada mañana como parte del boletín habitual. Se decía que los grupos más radicales tenían hechas, desde hacia varios meses, unas listas negras, en las cuales un nombre podía significar una sentencia de muerte. Entre ellos, uno destacaba por encima del resto: José Calvo Sotelo, diputado monárquico, opositor declarado al Frente Popular y símbolo de una España que algunos querían ver desaparecer.
En las semanas previas al estallido de la Guerra, en el Congreso, el ambiente era irrespirable. El 16 de junio, el propio Calvo Sotelo se había dirigido al Gobierno con una dureza inusual. Desde su escaño, lanzó un discurso demoledor contra el ejecutivo de Casares Quiroga, al que acusó de haber convertido el estado de excepción en una herramienta de represión política. «Habéis ejercido el poder con arbitrariedad, pero además, con absoluta y total ineficacia.» y añadió «En vuestras manos, el estado de excepción ha sido un medio de opresión. Muchas veces, un simple instrumento de venganza».
José María Gil-Robles, líder de la CEDA, reforzó aquella crítica enumerando las iglesias incendiadas, las huelgas salvajes, los tiroteos, los asaltos a periódicos y los asesinatos en las calles. Aquello era un catálogo del caos. Calvo Sotelo continuó su intervención en la misma linea, esta vez defendiendo al ejercito de las insinuaciones de Casares de un posible golpe de estado por parte de los militares «No creo que exista actualmente en el ejército español un solo militar dispuesto a sublevarse a favor de la monarquía y en contra de la República. Si lo hubiera sería un loco, lo digo con toda claridad, aunque considero que también sería loco el militar que, al frente de su destino, no estuviera dispuesto a sublevarse a favor de España y en contra de la anarquía, si esta se produjera» alego Calvo Sotelo.
La respuesta del presidente fue igual de contundente «Me es lícito decir que después de lo que ha hecho su señoría hoy ante el Parlamento, en vista de lo que pudiera ocurrir y que no ocurrirá, le haré responsable ante el país». A lo que Calvo Sotelo replicó: «Me doy por notificado de la amenaza de su señoría. Me acaba de convertir en el sujeto responsable de no sé qué hechos». La tensión fue tal que Josep Tarradellas, quien años más tarde sería presidente de la Generalitat, recordó haber escuchado a Dolores Ibárruri pronunciar una frase lapidaria: «Este hombre ha hablado por última vez». No quedó registrada en las actas. Pero muchos la creyeron profética.
En los días siguientes, el propio Calvo Sotelo solicitó que le cambiaran a su escolta ya que sospechaba que lo vigilaban más que protegerlo. Según el historiador Stanley Payne, tenía razones fundadas para creer que su vida estaba en peligro. Había recibido confidencias y algunas advertencias y no era el único. Su miedo se basaba en que tanto él como Gil-Robles, se habían convertido en lideres de la derecha española, además de los máximos críticos contra el Gobierno de la Republica.
En esta tensión creciente se llego a la noche del 12 de julio, en la que el teniente José del Castillo, oficial de la Guardia de Asalto, fue asesinado a balazos por un grupo de pistoleros. Del Castillo formaba parte del cuerpo creado por la republica en 1932 y se dice que el mismo día de su muerte fue advertido por una militante socialista de que su vida corría peligro. El teniente no hizo caso, y salió a dar un paseo junto a su esposa, a eso de las 22:00 horas como cada noche, antes de incorporarse a su puesto. A la altura de la calle Fuencarral, cuatro pistoleros de extrema derecha lo interceptaron y le dispararon a quemarropa, los disparos le sorprendieron y no le dio tiempo a sacar su arma reglamentaría. Murió poco después, en una casa de socorro.
Su muerte desató una cadena de decisiones que condenarían al país. En el cuartel de Pontejos, donde se concentraron compañeros y oficiales, ya se hablaba de venganza. Para algunos aquella muerte era la gota que colmó el vaso, ya que pocas semanas antes, a principios de mayo, otro grupo también de extrema derecha, había acabado con la vida del capitán Carlos Faraudo. Muchos pedían permiso para salir de inmediato a detener a varios falangistas clandestinos y al parece el Ministro de Gobernación, Juan Moles, accedió con la condición de que fueran entregados a las autoridades.
Lo que ocurrió después parecía ser un acto de venganza, pero para muchos como el embajador de la santa sede Francisco José Vázquez, todo estaba previsto desde hacía meses.
Sea como fuere, varias camionetas salieron esa misma noche con aquellas listas negras. En ellas subieron guardias y milicianos, algunos uniformados y otros de paisano. Cuando llegaron al primero de la lista resulto que la dirección era falsa, entonces alguien propuso arrestar a Goicoechea, pero no se encontraba en casa. Fueron en búsqueda de Gil-Robles, pero se encontraba fuera de Madrid y en ese momento. con los nervios en aumento, alguien propuso detenerse en el número 89 de la calle Velázquez. Allí vivía Calvo Sotelo.
Cuando la camioneta llegó al domicilio, era casi de madrugada. Tocaron el timbre y despertaron a toda la familia. Dijeron que venían a realizar un registro y poco después le exigieron que les acompañase a la sede de la Dirección General de Seguridad. Según la hija de Calvo Sotelo, estos hombres no mostraron orden alguna y en el interior, el diputado, con gesto incrédulo, preguntó: «¿Detenido? ¿Por qué motivo? ¿Y mi inmunidad parlamentaria? ¿Y la inviolabilidad de domicilio? ¡Soy diputado y me protege la Constitución!». Uno de los milicianos, que decía ser guardia civil, lo convenció de que era solo un trámite.
A pesar de las dudas, Calvo Sotelo accedió a acompañarlos. Su esposa intentó detenerlo. Él se despidió con una media sonrisa y un poco de ironía. «Te llamaré, a no ser que estos señores me lleven para darme cuatro tiros» Nunca volvieron a saber de él.
La camioneta apenas recorrió unos metros. En su interior, se dice que Luis Cuenca, militante socialista y guardaespaldas de Indalecio Prieto, se giró y le disparó dos veces en la nuca. Según los forenses, una de las balas le salió por el ojo izquierdo y se produjo la perdida de masa encefálica. Murió al instante. Tenía 43 años.
El crimen se produjo en la camioneta número 17 de la Guardia de Asalto y el cuerpo de Calvo Sotelo fue abandonado junto al cementerio del Este poco después. Nadie avisó. Nadie dio explicaciones y al amanecer, Madrid despertó con un cadáver más y con una certeza nueva: el límite se había cruzado.
La reacción fue inmediata. La portada del periódico ABC del 14 de julio no necesitó grandes titulares. Solo aparecía un nombre, «Don José Calvo Sotelo», y su retrato ocupando toda la página. No hacía falta más. En la redacción de El Socialista, el periodista y dirigente Julián Zugazagoitia escribió, todavía atónito: «Este atentado es la guerra». No era una exageración. Era el diagnóstico preciso de un país que acababa de saltar al vacío.
Años después, unos nuevos documentos parecían confirmar unas sospechas largamente mantenidas y es que en 2018, el embajador ante la Santa Sede reveló una declaración judicial de Blas Estebarán, chófer de la famosa camioneta número 17. Afirmaba que fue él quien condujo el vehículo con el cadáver. Y que, tres meses antes del crimen, el dirigente Jesús Hernández, ministro de Instrucción Pública, Bellas Artes y Sanidad durante la Guerra Civil, le dijo a un tal Antonio López «que contaban con él para llevar a cabo un servicio con su camioneta-ambulancia» Esta declaración abría la puerta a pensar que pudo haber una conspiración organizada con antelación por ciertos sectores dirigentes de la izquierda.
Aquella madrugada del 13 de julio no solo mataron a un hombre. Mataron a un símbolo político de la Segunda República. Y con él, se rompió el último dique y el destino del país quedó sellado.
Días después comenzó el levantamiento militar y la guerra se convirtió en una realidad.





