
La mañana del 19 de febrero de 1936 comenzó con más sospechas que certezas. Madrid aún estaba dormido cuando Manuel Azaña recibió una llamada que parecía indicar una conspiración mal contada: «Ha empezado lo de Cuatro Vientos». Aquello no era una afirmación cualquiera, Cuatro Vientos era uno de los principales aeródromos militares de Madrid, y un objetivo a vigilar en aquellos días en los que se hablaba de un posible levantamiento del ejército para frenar la victoria del Frente Popular. Desde hacía semanas circulaban informes sobre una conspiración en la que podían estar implicados altos mandos, entre ellos Francisco Franco, entonces figura clave dentro del Estado Mayor.
Sin embargo, Azaña no reaccionó con miedo, sino con desconfianza. No era la primera vez que escuchaba esa misma frase. La noche anterior, un joven de su partido lo había llamado con idénticas palabras y no había pasado nada. Por eso, más que alarma, sintió irritación. Madrid llevaba dos años viviendo entre rumores, conspiraciones y amenazas. Él mismo lo tenía claro «Pasar de la murmuración y de las fantasías a la acción no es tan fácil». Aun así, el contexto inquietaba. Sabía por Diego Martínez Barrio, una de las figuras centrales del republicanismo, que el Gobierno creía en la existencia de un plan real de rebelión. Como también sabia que el general Sebastián Pozas había recibido una invitación para sumarse a un eventual movimiento militar. «El general Pozas, inspector general de la Guardia Civil, había revelado al Gobierno que el general Franco, jefe del Estado Mayor Central, y en realidad dueño del ministerio de la Guerra por nulidad del ministro, le había enviado un emisario invitándole a sumarse, con la Guardia Civil, a las determinaciones que hubiera de tomarse en defensa del orden y en bien de España.»
Y, pese a todos los indicios y sospechas, el Gobierno no había actuado con decisión. En lugar de detener a los implicados, se limitaba a vigilar y a improvisar, sumido cada vez más en su propio caos. Esa pasividad del Gobierno reforzaba la sensación de que algo podía ocurrir en cualquier momento. Pero la realidad, al menos esa mañana, fue que no había sucedido nada. Cuando Azaña se asomó al balcón y vio a la gente caminar hacia el trabajo por la calle de Serrano, comprendió que no había ninguna insurrección en marcha. «Volvió a llamar Esplá. Muy confuso, me dijo que la noticia era falsa. Pedía mil perdones por haberme molestado sin motivo. Lo eché a broma. Vinieron a poco Saravia, Ramos y Santos Martínez por la misma alarma. A las siete se fueron y me acosté.»
Pero horas después, la verdadera crisis se desató desde dentro del propio Gobierno. A media mañana, Azaña recibió una llamada en la que Diego Martínez Barrio le informaba de que el presidente del Gobierno, Manuel Portela Valladares, estaba decidido a dimitir de inmediato. La noticia resultaba tan sorprendente como irresponsable. Las elecciones se habían celebrado apenas unos días antes y ni siquiera se conocían aún todos los resultados definitivos. Lo lógico habría sido esperar a la reunión de las Cortes, confirmar la mayoría parlamentaria y organizar una transición ordenada. Pero Portela no quería esperar. «Todos estábamos en la creencia de que, aún ganando, no entraríamos en el Gobierno hasta dentro de unas semanas y no tengo nada preparado respecto del personal.»
Para Añaza, el motivo de la pronto dimisión de Portela no era político, sino emocional. Tenía miedo, miedo a la reacción de las masas tras la victoria de la izquierda, miedo a los disturbios en pueblos donde los ayuntamientos habían sido suspendidos, miedo a perder el control de una situación que él mismo había contribuido a desordenar. Según Azaña, el Gobierno estaba derrumbado, y su presidente solo pensaba en marcharse cuanto antes. En lugar de gestionar la transición, optaba por abandonar apresuradamente el poder. Era, en palabras implícitas de Azaña, una huida. «Al tropezar hoy con esta realidad, lo único que se le ocurre es darse a la fuga.»
Esa decisión lo cambiaba todo. De repente, el poder quedaba vacante. Y ese vacío no podía durar.
Azaña comprendió inmediatamente las consecuencias. No tenía preparado un Gobierno, no tenía cerrada una lista de ministros y, lo más importante, no contaba aún con el respaldo del Parlamento, que ni siquiera se había constituido. Entrar en el poder en esas condiciones era asumir un riesgo enorme. Aun así, sabía que no había alternativa. «Siempre he temido que volviésemos al Gobierno en malas condiciones. No pueden ser peores. Una vez más hay que segar el trigo en verde.»
Y para empeorar la situación, Azaña se sentía presionado a gobernar «La gente quiere que gobierne yo. Y los que tal vez podían gobernar se quitan de delante. Conocen lo mismo que yo las dificultades de la situación, y otra vez, como en 1931, me tocará afrontar lo que a todos les asusta.»
A partir de ese momento, el día se convirtió en una cadena de decisiones urgentes. Mientras el país aún digeria los resultados electorales, Azaña empezaba a construir un Gobierno casi desde cero. Y lo hacia en condiciones caóticas. Muchos de los posibles ministros ni siquiera estaban en Madrid, tenía que localizarlos por teléfono: unos en Mallorca, otros en Murcia, en Tortosa o en Logroño. La escena era casi irónica: la de un Gobierno formándose mientras sus miembros estaban dispersos por toda España.
Al mismo tiempo, debía acudir al Palacio Nacional para entrevistarse con el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora. Cuando llegó, encontró una situación extrañamente fría. «Por mi gusto, hubiera preferido encontrar ya el Palacio desalquilado, o con otro inquilino; pero se cumple lo que hace pocos días anuncié en un discurso: «A donde se ha salido dando portazos, solamente se vuelve hundiendo las puertas. La elección las ha hundido».» Alcalá-Zamora evitaba el choque directo con Azaña y comenzó la conversación con preguntas triviales, como si quisiera retrasar el momento de abordar lo inevitable. «Está envejecido. Hundido en la butaca donde le dejé hace casi dos años, guiña los ojos y habla con volubilidad un poco forzada» Finalmente, entró en materia: Portela habia abandonado, el poder estaba vacante y alguien debía asumir la responsabilidad y ese alguien era Azaña.
No hubo negociación real. Ni alternativa posible. Incluso Martínez Barrio lo confirmó a su llegada a Palacio, debía ser Azaña quien formase Gobierno. Él lo aceptó, con una mezcla de resignación y lucidez. Mientras Martinez Barrio hablaba con el presidente, Azaña conversaba con Sánchez Guerra y un amigo, en ese momento salieron a la luz ciertos desordenes en algunos pueblos de Andalucía, especialmente en Jumilla, donde se habían producido algunas violaciones «—La noticia es falsa —dice Sánchez Guerra—. Se me ha olvidado comunicárselo al señor Presidente.
—Pues dígaselo, porque está asustado. Ya me figuraba yo que sería falso. ¿Qué tiene que ver el triunfo electoral de las izquierdas con el virgo de las mozas de Jumilla?»
Al salir del Palacio, la situación exterior contrastaba con la institucional. Madrid ya había entendido lo que estaba pasando. Había gente en las calles, grupos que observaban, que comentaban, que esperaban. Frente al Palacio se habian reunido una multitud y no era casualidad. Durante meses, el nombre de Azaña había estado en el centro del debate político y su regreso generaba entusiasmo en unos y temor en otros.
Pero lo más revelador vino después, cuando acudió a ver al presidente saliente, Manuel Portela Valladares. El encuentro confirmaba todas sus sospechas. No estaba ante un dirigente derrotado, sino ante un hombre ausente. Cuando Azaña intentó hablar de la situación, recibió respuestas vagas y evasivas. No había informes, no había advertencias ni tareas urgentes que le trasladase, no había continuidad de gobierno y la sensación es que el Estado ha quedado en suspenso. «Produce la impresión de un fantasma, no de un jefe de Gobierno. Todo en su actitud y en sus palabras corrobora la impresión de que es un transeúnte, un intruso desorientado.»
Y ese vacío obligaba a actuar con rapidez extrema.
De vuelta en casa, junto a Martínez Barrio, Azaña tomaba una decisión que define el momento: la de formar el Gobierno en apenas unos minutos. No hay margen para debates largos ni para equilibrios perfectos. Todo se hace por teléfono, con prisas, incluso con cierto humor forzado para aliviar la tensión. A uno de los futuros ministros le dice: «Venga usted, que le voy a hacer la pascua». Pero la realidad es mucho más seria: están construyendo un Ejecutivo en tiempo récord, en medio de una crisis institucional y con el país en plena agitación.
La improvisación es tal que comete un error significativo: al comunicar la lista de ministros al presidente, se olvida de uno de ellos. Solo se da cuenta cuando le preguntan directamente quién ocupará una de las carteras. «Se lo dije de memoria, y se me olvidó uno: precisamente Casares. A los pocos minutos me llamó: «¿Quién es el ministro de Obras Públicas?», preguntó. Entonces caí en la cuenta del olvido y le di el nombre. Seguramente habrá querido ver alguna malicia en la
omisión. » Quizá podría parecer un detalle menor, pero es una muestra del nivel de presión bajo el que estaba trabajando.
Cuando cae la noche, Azaña acude al Ministerio de la Gobernación y lo que encontró era una imagen bastante preocupante. Muchas autoridades han abandonado sus puestos. Gobernadores civiles han huido de sus provincias. En algunos lugares, simplemente no hay Estado. Al mismo tiempo, llegaban noticias de disturbios y de tensión social, incluso en las cárceles donde los presos comunes se amotinaban al ver que los políticos iban a ser amnistiados. «En los penales hay motines. Los promueven los presos por delitos comunes, que se alborotan porque los presos políticos van a salir y ellos no. En Burgos, los presos comunes han estado a punto de asesinar a González Peña, y, en Cartagena, los consejeros de la Generalidad han corrido serio peligro. Esta noche, se han sublevado los penados de Chinchilla, San Miguel de los Reyes, Santoña y algún otro penal más. Es urgente conceder la amnistía»
Pero el símbolo más potente de ese día no está en los despachos, sino en la calle.
La Puerta del Sol está llena. Miles de personas celebran, gritan, esperan. Algunos miembros del nuevo Gobierno se inquietan. «La Puerta del Sol, mientras estábamos en el despacho del ministro, ha ido llenándose de gente. No cabía una persona más, gritaban, aplaudían. Algunos novatos estaban muy impresionados, pero yo recordaba la noche del 14 de abril del 31 y la de mayo que precedió a la quema de los conventos, y todo esto de hoy me parecía una verbena.»
Cuando le propusieron dispersar a la multitud con la policía, Azaña se negó a fomentar la violencia, por lo que finalmente, decidió salir al balcón. El ruido era ensordecedor. Pero entonces hizo un gesto simple para pedir silencio y poco a poco, la multitud callaba. «En efecto, a la una, como arreciaban los clamores, salí al balcón. Gran estruendo. Conseguí, con el ademán, que se callaran. Llevándome un dedo a los labios, les hice guardar silencio, y hasta que no cesó el último grito, no hablé. No se oía una voz, no se movía nadie. Como si la plaza, atestada, se hubiese quedado vacía. Les dije unas cuantas palabras y les invité a disolverse pacíficamente. Aplaudieron. Media hora después, no quedaba en la Puerta del Sol más que la circulación normal a tales horas.»
Ese momento resume todo el día. Un país al borde del desorden, un poder que cambia de manos sin transición, un ejército inquieto en la sombra… y un hombre que, sin buscarlo del todo, vuelve al centro de la historia porque no hay nadie más dispuesto a ocupar ese lugar. Y al final del día, ya de madrugada, Azaña lo resumía con una mezcla de cansancio y lucidez: «Vuelvo a casa a las cuatro de la madrugada. ¡Qué jornada! ¡Y qué sueño!»
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