
En la antigua ciudad de Granada, donde cada callejón y cada templo guarda un secreto de tiempos remotos, se encuentra un cuadro que pocos conocen y cuya leyenda quizás hoy pocos recuerden. En la sacristía del convento de Santa Cruz, hoy parroquia de Santa Escolástica, colgaba un lienzo oscuro y algo deteriorado, cuya imagen parecía vigilar con una profunda intensidad a todo aquel que se atrevía a mirarlo. Aquel no era un retrato cualquiera. Representaba a un anciano fraile de la orden de San Francisco, un hombre de semblante austero y ojos humildes, cuyas facciones transmitían una dulzura inexplicable, como si su mirada contuviera el peso de una increíble historia que aún hoy pocos conocen, esta es la leyenda del guardián de San Francisco.
A principios del siglo XVIII, en una casona de gran apariencia ubicada entre la plazuela del Realejo y el convento de Santa Cruz, vivía don Guillén de Acuña, un anciano caballero que había servido con honor en la corte del rey Carlos II. Tras la muerte del monarca, Guillén de Acuña decidió retirarse a Granada, su tierra natal,, para dedicarse a la tarea de educar a su único hijo Andrés, con la esperanza de convertirlo en un digno heredero de su linaje y su fortuna. Sin embargo, aquellos años de esfuerzos resultaron en vano.
Andrés de Acuña creció convertido en uno de los jóvenes más libertinos de la ciudad. Su vida estaba marcada por las disputas, las juergas interminables y la impetuosa costumbre de resolver cualquier encontronazo con la espada. Era conocido en toda Granada por sus excesos y su arrogancia, y su padre, incapaz de contenerlo, no hacía más que pagar sus deudas y tratar de reparar los conflictos que su hijo provocaba. Raro era el día que Don Guillén no tuviera que enderezar algún entuerto o deshacer algún agravio provocado por la arrogancia de su hijo, mientras que este continuaba gastando el oro a manos llenas en orgias y bacanales con otros jóvenes de su misma calaña.
Pero un día, la suerte de Andrés cambió de manera trágica. En la calle de Elvira, cerca del pilar del Toro, vivía una joven viuda, pero de belleza inigualable, de la que el joven se encaprichó perdidamente. Desconociendo o quizás ignorando el hecho de que la dama tenía un amante, insistió en cortejarla. El joven paseaba continuamente por su calle para forzar encuentros, esto hizo que se desatase la furia de su rival, don Juan de Maldonado, a quien no le gustaba que otros cortejasen con su dama.
Una noche la rivalidad llegó a su limite, los dos hombres se encontraron frente a la casa de la viuda y cansados el uno del otro desenvainaron sus espadas. El duelo fue feroz, pero finalmente Andrés cayó al suelo gravemente herido. Fue llevado de urgencia a su casa, donde todos pensaban que no viviría debido a la gravedad de sus heridas. Sin embargo, contra todo pronóstico, el joven no murió de sus heridas, sino que se recuperó lentamente. Hasta que pasados unos meses, el joven pudo al fin ponerse en pie y preparase para nuevas aventuras.
Fue entonces cuando empezaron los temores, la gente sentía pena por Maldonado, pues sabían que tarde o temprano Andrés buscaría venganza. Conocedor de esto Maldonado decidió tomar precauciones y se hizo guardar las espaldas cuando iba a ver a su amada.
Cuando finalmente estuvo Andrés lo suficientemente fuerte, no esperó más tiempo para cumplir su venganza. Desoyendo las súplicas de su padre y las advertencias de sus amigos, espero a que se hiciera de noche, se armó con su espada y salió en busca de Maldonado. Era una noche oscura y silenciosa. Caminó con paso firme por la plaza del Realejo, cruzó la calle de Santa Escolástica y, al pasar frente al convento de San Francisco, una figura emergió de las sombras del pórtico.
Su silueta se recortaba con la penumbra de la calle y sus ojos despedían un brillo fosforescente, casi irreal. Andrés sintió como un escalofrío le recorría la espalda. Pensó en apartarse y seguir su camino, pero aquella silueta avanzó lentamente, situándose en su camino, como si le impidiera el paso.
Al acercarse la silueta pudo observar Andrés que se trataba de un fraile franciscano, pero con un rostro y una mirada que desprendía una terrible oscuridad. El joven, cuya valentía nunca había sido puesta en duda, desenvainó su espada con la intención de seguir adelante, pero algo lo detuvo. Había algo en la presencia del fraile que lo aterraba de una manera inexplicable. El miedo se apoderó de él y, sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y corrió de regreso a su casa, donde se encerró en su habitación, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho.
Más allá del podcast
Sopa de letras para Adultos.
Sopa de Letras con letra Grande, Cada leyenda contada en las soluciones, Relájate y aprende el Folklore Español
Libro de Colorear para Niños
Diviértete y Aprende increíbles Historias del Folklore Español, Varias Leyendas Ilustradas en 100 Dibujos.
Pero una vez allí y con la calma recobrada empezó a reflexionar ¿Había huido de un truco, o de un simple monje que quizás solo caminaba por la calle? ¿Qué se diría al día siguiente cuando se supiera que había huido de una sola persona? Pensó además como en ese momento estaría su dama reunida con Maldonado y la furia lleno de nuevo su espíritu. Decidido a recuperar su honor, bajó las escaleras a toda prisa, cruzó el patio, el portal y abrió la puerta.
Andrés sintió como se le ponían los pelos de punta, y hasta parecía helársele la sangre. En la plazuela, a muy corta distancia se encontraba el mismo fraile, dirigiéndose hacia él a paso lento pero decidido. Cerró de nuevo la puerta lleno de espanto, y subiendo como un loco a su habitación se dejó caer en el sillón. ¿Quién sería aquel monje que lo perseguía y que querría de él?
Pero pasados unos minutos de nuevo comenzó a pensar, aquello debía ser algún disfraz, tal vez de algún amigo o algún conocido que se burlaba de él, ¿Cómo podría soportar la vergüenza al día siguiente? era preciso conocer la identidad de aquel fraile, por lo que de nuevo se decidió a salir a la calle. Andrés abrió la puerta de su cuarto y dio unos pocos pasos, pero al mirar al final del corredor vio que la misma figura estaba allí. El fraile avanzaba hacia él sin hacer el menor ruido, sin mover un solo pliegue de su habito pero con la misma lentitud implacable.
Andrés no pudo soportar aquella tercera visión, lanzó un grito desgarrador y cayó desmayado en el suelo.
Cuando despertó, la luz del amanecer entraba por la ventana de su habitación. Se encontraba en su lecho, rodeado de sus amigos. Uno de ellos le dijo que lo habían encontrado inconsciente en el pasillo y lo habían llevado a su habitación. Otro le reprochaba que se hubiera atrevido a levantarse cuando aun no había recuperado todas las fuerzas y otro le dijo que habia tenido suerte, pues resultaba que Maldonado había descubierto su plan de venganza y le había tendido una emboscada. Cuatro hombres lo esperaban en la plaza nueva y de haber salido a la calle, habría sido asesinado a traición.
Andrés no dijo nada. Se quedó en silencio, con la mirada perdida en el techo mientras escuchaba asombrado. Sus amigos creyeron que todavía estaba presa de la fiebre, pero pronto vieron como Andrés cerraba los ojos, sus labios empezaron a moverse como murmurando una plegaria y de sus parpados corrían abundantes lagrimas. También pudieron ver un fenómeno muy extraño, en su frente, que hace un momento era tensa y juvenil, comenzaron a aparecer pequeñas arrugas y en sus cabellos, antes negros y brillantes, aparecieron algunas hebras plateadas.
Un mes después, Andrés de Acuña ingresó al convento de San Francisco y tomó los hábitos. Comprendió que aquel misterioso fraile le habia salvado la vida y quiso dedicar el resto de sus días a servir a Dios. Se convirtió en un hombre piadoso, dedicado al servicio y la oración. Con el tiempo, llegó a ser guardián del convento, conocido por su sabiduría y humildad. Murió en la mejor reputación a mediados del siglo, dejando tras de sí una historia que aún hoy se murmura en Granada.







