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Cuentan, que esta calle fue en su día uno de los rincones menos agraciados y más desaliñados de la ciudad. Eran pocas las viviendas nobles y de buenas familias que se encontraban en aquel lugar, pero si abundaban las casas endebles, malolientes y habitadas por gentes que tenían fama de trapicheos y maleantes. Aquella era una combinación pintoresca de gentes humildes con otras de la peor calaña en un arrabal lleno de murmullos, sospechas y malas intenciones.
En una de aquellas viviendas desastradas vivía, hacia finales del siglo XV, una anciana a quien los vecinos tenían por una mujer sobrenatural. Se contaba que la anciana tenia dones de hechicería, pues decían que practicaba la magia negra con total naturalidad. Su aspecto, era de lo más siniestro: un rostro ajado, con gesto de pocos amigos, ropas andrajosas y un aura de misterio que parecía envolverla allí donde iba. Esta mujer, tachada de bruja, se dedicaba a la elaboración de filtros y brebajes, vendiendo pomadas y pócimas que prometían amores imposibles o curaciones milagrosas. También echaba las cartas, con las que adivinaba el porvenir y resolvía las dudas de su clientela.
Esta supuesta bruja frecuentaba la compañía de otras mujeres de su misma calaña, con las que solía reunirse por la noche, tal vez para celebrar ceremonias y rituales oscuros. Estas reuniones daban mucho de que hablar entre los curiosos vecinos, que aseguraban haber visto sombras moverse por las ventanas de su casa. Otros contaban, que en ciertas ocasiones, se escuchaban susurros y ruidos que resonaban como unos cánticos prohibidos. Todo esto alimentaba la reputación de aquella casa como un lugar maldito, cargado de fuerzas tenebrosas.
La bruja, por si fuera poco, tenía un hijo, según cuchicheaba la gente, de padre incierto y que reunía todas las características de un bribón: era un mozo tosco, descreído, parrandero y de mano rápida para la espada. Corrían rumores de que, con demasiada frecuencia, se enzarzaba en peleas de taberna; Estando muy a menudo envuelto en numerosos escándalos. En muchas ocasiones, llegaba a casa a altas horas, acompañado de mujerzuelas o gente de la peor calaña con las que compartía una vida ociosa y degradada. Se cuenta que la anciana bruja se valía de él para cierto tipo de encargos o para hacer ridículas faenas, pues de poco más servía aquel joven.
Pero llegó una noche en la que el muchacho, tras una de sus habituales salidas nocturnas, regresó a casa completamente ebrio, con tan mala suerte que encontró la puerta cerrada a cal y canto. Se puso a golpear la puerta con todas sus fuerzas, pero por más que la aporrease no consiguió que nadie le abriera. La madre, junto con las demás brujas, se encontraba en aquel instante en el sótano, celebrando alguno de sus rituales y “ceremonias misteriosas”. Estaban tan ensimismadas en sus conjuros y cánticos oscuros, que no escucharon los gritos ni los golpes del mozo.
El muchacho insistió un tiempo, hasta que aburrido, empezó a sentir el ardor en la garganta y la cabeza pesada por la borrachera. El frío de la noche no ayudaba; era una velada particularmente desapacible, con corrientes de aire que helaban hasta los huesos. En vista de que la puerta permanecía cerrada, buscó un refugio alternativo y, medio a tientas, encontró un horno adosado al muro exterior de la vivienda. En realidad, ese horno formaba parte del negocio de la anciana, ya que por las mañanas lo encendía para que los vecinos pudieran cocer allí su pan, pagando a cambio unos pocos maravedíes.
El mozo, incapaz de sostenerse en pie por más tiempo, decidió meterse dentro del horno y en cuanto se acomodó, cayó en un profundo sueño. Acurrucado entre la ceniza y los restos de leña, no tardó en roncar con la despreocupación de quien vuelve de una borrachera. Pasó la noche y salió el sol, pero el muchacho seguía roncando como si estuviera en una cama de plumas blandas. Ni la claridad del día ni los ruidos de la calle lograban despertarlo. Continuaba allí, ajeno a todo, ajeno incluso a su propia desgracia.
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Mientras tanto, la anciana, ignorante del paradero de su hijo, decidió encender el horno como cualquier otra mañana. Tras encenderlo comenzó a avivar el fuego echando cada vez más troncos para hacer una buena llama. A medida que arrojaba troncos y avivaba las brasas, empezaron a oírse gritos desgarradores en el interior, pidiendo socorro con desesperación. La pobre anciana reconoció al instante la voz de su propio hijo, al que había prendido fuego sin darse cuenta.
La sorpresa y el horror cayeron sobre ella: por más que intentó retirar la leña o apagar las llamas, el calor del horno ya era insoportable. En cuestión de segundos, se vieron envueltos en un trágico espectáculo: el humo ascendía, el fuego crecía, y el mozo gritaba sin poder escapar. La madre, tras inútiles esfuerzos, cayó de rodillas, cruzó las manos y se puso a rezar a toda prisa cuantas oraciones se le vinieron a la memoria.
Varios vecinos se acercaran al lugar del suceso, y aunque algunos intentaron contener las llamas, ningún esfuerzo podía frenar el fuego que, era ya tan intenso que amenazaba con propagarse por el resto del edificio. La mayoría de las personas que acudió contemplaba la escena con horror, murmurando que aquello era un castigo divino por la vida de pecado del hijo y las hechicerías de la madre.
Justo en ese momento, en medio del caos, un fraile franciscano pasó por la calle. La gente lo identificó de inmediato: se trataba de Fray Diego de Alcalá, un hombre muy respetado y a quien se le atribuían varios milagros. Al ver las llamas y escuchar los gritos, el fraile comprendió de inmediato la gravedad de la situación. Para él, aquella situación podía arreglarse, por lo que corrió a la catedral, que no quedaba demasiado lejos, y rezó con fervor un par de Salves a la Virgen de la Antigua. Los testigos de la época juraban que, en el instante en que Fray Diego suplicaba a la Virgen, las llamas se extinguieron de forma repentina.
Todavía con el asombro pintado en sus caras, los allí presentes vieron cómo el fuego se sofocaba y el mozo salía del horno, tosiendo y aturdido, pero sin ninguna quemadura.
Entre lágrimas y temblores, la bruja abrazó a su hijo, dando gracias a la intervención divina. Ante el milagro, la mujer abandonó sus prácticas de hechicería y adoptó una vida de ferviente devota, dedicándose al rezo y a las buenas acciones. El muchacho también aprendió la lección: renunció a su vida de lujuria y tomo la buena senda, llegando con el tiempo a ser prior de un convento de franciscanos en Granada.







