
«En Londres habíamos tenido un día despejado y caluroso. Pero no sabíamos que aquélla iba a ser una noche que cambiaría el curso de la historia. Era el sábado 10 de mayo de 1941.»
La ciudad de Londres parecía ya acostumbrada al sonido de las alarmas, Habían sufrido numerosos ataques alemanes durante las semanas anteriores los cuales habían dejado una estela de muerte y destrucción. Cada vez que las sirenas sonaban, miles de ciudadanos corrían a esconderse en el metro y en los refugios, rezando por que su casa siguiera en pie cuando pasase la noche. La guerra era algo muy presente en la ciudad, se sentía en cada ladrillo, en cada fachada a medio caer y en cada escaparate cubierto de tablas.
Aquellos ataques a Londres estaban siendo seguidos alrededor del mundo con gran interés, los corresponsales norteamericanos, que eran cerca de cincuenta en total, vivían en una rutina alterada por el humo, los informes urgentes y las noches sin dormir. Muchos de ellos se alojaban en el Hotel Savoy, un edificio de concreto y acero que se alzaba aún, como una isla en medio del desastre. Entre ellos se encontraba Quentin Reynolds, autor de este relato, quien entre reportes y transmisiones telegráficas, intentaba mantener una cierta apariencia de normalidad. Pero el ánimo general era sombrío. La ofensiva alemana avanzaba implacable por Europa, y el cerco sobre Inglaterra parecía cerrarse con cada jornada. En solo un mes, los submarinos alemanes habían hundido medio millón de toneladas de la Marina aliada, Grecia y Yugoslavia se habían perdido, el ejército británico retrocedía en Egipto y se esperaba que el Canal de Suez fuera el próximo en caer.
En los puertos del sur de la ciudad, las llamas habían arrasado Portsmouth, Southampton y Liverpool, además, otros puertos habían sido heridos casi de muerte. Los astilleros escoceses del Clyde estaban en ruinas y más de 43.000 civiles habían muerto desde el inicio de los bombardeos. «Pero Londres resistía aún, y el pueblo, aunque cansado, mostraba la firme determinación de seguir resistiendo.»
La noche del 10 de mayo la luna llena y el cielo despejado ofrecían a los bombarderos alemanes el escenario perfecto. Los corresponsales estaban acostumbrados a las alarmas, tanto que apenas alzaron la mirada cuando las sirenas comenzaron a sonar. Pero en el transcurso de la primera hora quedó claro que no era un ataque más. «nos dimos cuenta de que no se trataba simplemente de un asalto aéreo como los anteriores; esa noche la Luftwaffe nos atacaba con todo lo que tenia» Desde la habitación que compartían como sala de prensa en el hotel, empezaron a escucharse explosiones constantes, una tras otra, como un martilleo constante.
Aquella sala, improvisadamente equipada, era conocida entre ellos como la cantina de Titch, en honor al hombre que la mantenía en orden y ofrecía refugio. Pero el sonido era cada vez mas atronador, y al poco tiempo comenzó a escucharse el sonido crepitante del fuego. «Salí afuera. El rugido era más fuerte allí. Al otro lado del Támesis se extendía una sólida sábana de fuego sobre los almacenes y los muelles.»
El fuego se propagaba con una velocidad aterradora, y las bombas incendiarias convertían los almacenes en antorchas gigantescas. Las embarcaciones de emergencia parecían juguetes que lanzaban chorros de agua que eran inmediatamente devorados por las llamas. El río se convirtió en un espejo del infierno.
Los edificios temblaban. Una explosión cercana estremeció la estructura del edificio donde se encontraban. El aire se volvió denso. El polvo flotaba como una bruma dentro de la sala. Afuera, el cielo brillaba con un centenar de reflectores intentando capturar la silueta invisible de los aviones enemigos.
A lo largo de la noche, se confirmó lo que muchos temían: esta vez, la Luftwaffe lanzaba su mayor ofensiva sobre la capital. «La Real Fuerza Aérea dice que esta noche hay más de cuatrocientos atacándonos.» El fuego antiaéreo apenas alcanzaba esas alturas. La ciudad parecía encontrarse ante su mayor desafío.
Las comunicaciones estaban interrumpidas. El teléfono del edificio de prensa dejó de funcionar. Aislados del mundo, los corresponsales dependían exclusivamente del receptor telegráfico que no cesaba de emitir noticias fragmentadas.
Algunos de los corresponsales subieron a la azotea. Desde allí, Londres parecía una ciudad sumergida en lava. La cúpula de San Pablo brillaba como un faro, rodeada por el resplandor de los incendios. En el centro, la zona financiera era ya una antorcha. Las bombas iluminadoras descendían en paracaídas como bengalas, trazando líneas de luz sobre las ruinas, marcando blancos para la siguiente oleada. «han hecho blanco en la Cámara de los Comunes» dijo uno de los periodistas mientras otro argumentaba con tristeza «Esta es una fecha que nunca olvidaremos»
El humo invadía los espacios cerrados. En la sala del hotel, los rostros ennegrecidos de la gente hacia que apenas pudieran reconocerse y cada nueva cifra que se conocía era un nuevo puñal en su animo «El Ministerio de Información decía que los alemanes habían causado por lo menos 3.000 incendios y que el número de bajas entre los bomberos y los vigilantes aéreos era muy crecido. Dos mil personas, por lo bajo, habían perecido y setenta almacenes y fábricas estaban reducidos a cenizas…»
Entonces, sin previo aviso, llegó la señal que anunciaba el fin del ataque. Era el amanecer. El enemigo del bombardero nocturno. «Nos miramos unos a otros, incrédulos… Todo había pasado.» Pero aquel día el amanecer tenía sabor a derrota.
Salieron a caminar. El Strand estaba cubierto por una niebla espesa de humo y ceniza. Hombres y mujeres salían de los refugios con el rostro tenso y los labios apretados. Muchos iban cargando niños, algunos todavía dormidos y cubiertos con mantas. Caminaban en silencio, como si la tragedia ya no sorprendiera a nadie. Las casas seguían ardiendo. El olor a madera quemada se mezclaba con el de la pólvora y el metal fundido. «Las llamas de las casas incendiadas se alzaban aún y pudimos ver que, evidentemente, éste había sido el peor ataque aéreo de la guerra.»
Siguieron caminando y llegaron hasta la Cámara de los Comunes que aún estaba ardiendo. El humo salía en espirales por las ventanas rotas. Pasados unos momentos, llego un coche que se detuvo en la entrada. Descendió de él un hombre reconocible por su figura, tenia un gesto con el ceño fruncido y llevaba un gran puro en la boca. El hombre entro en la cámara y pasados unos minutos volvió a salir con una expresión de colera en el rostro «Los ojos de Churchill parecían mirar sin ver cuando regresó al automóvil.»
Más tarde llegaron al Ministerio de información, donde las cifras preliminares hablaban de al menos 45 aviones enemigos derribados. Un 10% del total. Un vigilante aéreo entro en la habitación, pero no parecía estar desanimado, más bien estaba sonriente. «Qué noche hemos tenido. Hicieron mucho daño. No le acertaron a la estación de energía de Battersea, pero volaron casi todo lo demás». El vigilante les comento que el agua había fallado por lo que los bomberos estaban tratando de sacar agua del Támesis para apagar el fuego, pero se estimaba que necesitarían al menos 24 hora para poder dominar los incendios. «Probablemente a ustedes les pareció esto malo, caballeros, y fue muy malo en verdad, el peor «blitz» que hemos tenido, pero, caballeros, yo creo que esta noche ganamos la guerra.»
Aquella afirmación dejo a todos los corresponsales boquiabiertos, con todo el caos que acaban de presenciar les parecía imposible que aquello fuera un éxito. Entonces les comentó que esa noche habían conseguido alcanzar al menos el 10% de daños a los alemanes y aquello era muy importante ya que ninguna fuerza aérea podría resistir aquel desgaste por mucho tiempo. «Es la primera vez que hemos podido causar daño de tales proporciones en un ataque de esta clase. Lo cual significa que nuestros cazas nocturnos, con sus nuevos aparatos de detección, han sido un éxito completo.»
Desde hacia semanas los técnicos hablaban de los nuevos dispositivos de detección y de los cazas nocturnos, los cuales contaban con una tecnología que al fin parecía estar dando sus frutos. «Alemania no puede permitirse perder 45 tripulaciones adiestradas en un solo ataque.». La RAF, por primera vez, podía decir que había respondido con contundencia.
Al volver al Savoy, el sol asomaba con una claridad desconcertante. Algunos taxis ya circulaban. Las cuadrillas de reparación trabajaban en las tuberías, los postes eléctricos y en los sistemas de agua. La noticia del ministerio se empezaba a conocer por la ciudad y los ciudadanos parecían tener otro animo.
En la sala se encontraron con dos muchachos de la fuerza real aérea, quienes les afirmaron que la cifra de 45 aviones derribados era muy contenida, ya que probablemente habían logrado tumbar 60, además, afirmaban que si los alemanes tenían sentido común, no volvería a volar sobre Londres. Y así fue, ya que ese fue el ultimo ataque importante que sufrió la Ciudad.
El 10 de mayo de 1941 no fue solo una noche de fuego. Fue la noche en que la marea cambio, la noche en que para muchos Inglaterra fue salvada «No se desplomó, como los pesimistas habían estado anunciando desde hacía meses. La golpearon cruelmente y sufrió unas cuantas heridas superficiales, pero fue más fuerte de lo que había sido nunca.»
Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.
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