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Cuenta la historia que, en el siglo XVII, en la Villa de la Asunción de las Aguascalientes, existía un mesón conocido como las Agapitas, este lugar recibía ese nombre por su dueña doña Agapita y su hija que tenia el mismo nombre. Allí, junto a sus hijos José, Antonio y Salvador, ofrecían descanso a los viajeros que cruzaban la región. Aunque la clientela nunca les faltaba, las ganancias eran más bien escasas, tenían para ir sobreviviendo, pero a cambio de un trabajo que resultaba demasiado duro.
Una noche, un extraño de avanzada edad y aspecto singular se presentó en el mesón. Debía tener unos setenta años, era alto y de piel oscura, con cabellos rizados y canos, tenia los pómulos pronunciados y una nariz bastante chata. Parecía haber llegado de tierras lejanas, su atuendo era humilde, propio de un trabajador del campo, consigo llevaba varias bolsas de tela, unos rollos de papel y una talega de cuero que colgaba cruzando en su pecho.
Doña Agapita lo vio con cierto temor, era extraño ver a un hombre de color andando por aquella region, el hombre solo pedía alojamiento, no hablaba más de lo necesario y aunque su presencia infundía un temor inexplicable, doña Agapita acabó aceptándolo en el hostal.
Su hijo José llevó el asno del hombre al corral y lo acomodó en una de las habitaciones. Desde entonces, el forastero fue llamado como «el Silencioso», pues apenas si se dejaba ver, únicamente lo más indispensable. Su rutina era repetitiva: salía solo para alimentarse y ver a su burro, le daba de comer y de beber, lo acariciaba y luego regresaba a su habitación sin pronunciar una palabra.
Pasaron los meses y el Silencioso continuó su vida en el mesón. No molestaba a nadie y siempre pagaba con monedas de oro. Cada semana, puntualmente, entregaba su renta, esto era algo que llenaba de alegría, pero también de sospecha, a doña Agapita, y es que nadie sabía de dónde sacaba tal riqueza, ni qué motivos lo habían llevado a permanecer tanto tiempo en aquel lugar.
Sin embargo, una mañana algo cambió. El Silencioso no bajó a desayunar. Esto era algo bastante extraño, era un hombre de costumbres y siempre bajaba a por su desayuno a la misma hora. Doña Agapita, preocupada por su ausencia, envió a su hijo José a revisar su habitación. Al entrar, lo encontró postrado en su cama, con el rostro pálido y el aliento entrecortado. Se quejaba de un terrible dolor en el estómago que apenas si le permitía respirar.
Alarmados, intentaron todo tipo de remedios caseros, pero nada parecía aliviarlo. José, conmovido por su sufrimiento, se convirtió en su enfermero, cuidándolo con esmero día tras día. Y fue tras una noche toledana de dolor, cuando en un momento de lucidez, el Silencioso decidió revelar su secreto.
Tomando la mano de José con las pocas fuerzas que le quedaban, le contó su historia:
Resultaba que en su juventud, había servido a un poderoso hacendado español en Zacatecas, un hombre que había acumulado una inmensa fortuna gracias a la explotación de las minas. Su amo soñaba con regresar a España y vivir como un gran noble rodeado de riquezas. Pero la mala suerte le jugó una mala pasada: su esposa falleció repentinamente y su único hijo había sido enviado a estudiar a la península. Desolado y sin deseos de seguir con su vida, decidió abandonarlo todo y retirarse a algún lugar apartado.
Pero tenía tal cantidad de oro y de plata que no podían ser trasladados fácilmente. Por lo que el señor pensó que era mejor volver a España en busca de unos parientes, para que entre todos pudieran transportar el tesoro. Construyó un escondite en lo más recóndito del Cerro de los Gallos, un lugar que solo él y su fiel sirviente conocían. Durante noches enteras, cavaron un túnel, levantaron muros de piedra y ocultaron el tesoro en una cámara subterránea.
Antes de partir, el hacendado le confió a su fiel mozo la misión de vigilar la fortuna hasta su regreso, habían pasado tanto tiempo juntos que el señor lo consideraba como un hijo, y sabia que podía confiar en él. Con un abrazo, se despidieron, y el español desapareció en el horizonte, prometiendo volver con refuerzos para llevarse su caudal. Pero pasaron los años y nunca regresó. El Silencioso se quedó solo, como un ermitaño, viviendo a la sombra del tesoro, vigilando que nadie lo descubriera, y tomando únicamente lo indispensable para vivir.
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Pero ahora, el silencioso sabia que la muerte le acechaba, sentía que su guardia había llegado a su fin. Viendo como José lo había tratado tan bien durante su enfermedad, decidió que fuera él quien continuase con su misión. Le entregó un plano idéntico al que su patrón se había llevado, señalando el camino al escondite del oro, también le dejo su asno y todas sus pertenencias y le hizo jurar que no tomaría más de lo necesario del tesoro y que, cuando el verdadero dueño regresase, le entregase todo intacto. También le pidió, con lagrimas en los ojos, que le dijera a su antiguo señor que lo había servido con lealtad hasta el final y que siempre había hecho lo necesario para guardar aquel tesoro.
Poco antes de la medianoche, el Silencioso exhaló su último suspiro. Fue enterrado con respeto, y durante días se habló de su paso por el mesón, recordándolo con cariño.
José guardó el secreto durante mucho tiempo. Pero la curiosidad lo consumía. No tardó en estudiar el plano con detenimiento y, finalmente, se decidió a comprobar si la historia era cierta con sus propios ojos.
Se dirigió al Cerro de los Gallos con el burro que le había dejado el Silencioso. Siguió detalladamente las instrucciones del mapa, debía de encontrarse con una maleza y una hilera de nopales y al terminar estos daría con la entrada del escondite cubierta bajo una gran tapa con un tornillo de fierro. Tras levantarla descendió por el túnel y, al encender una lámpara, vio más de lo que podía imaginar: monedas de oro y plata amontonadas hasta el techo, y lingotes de metales preciosos resplandeciendo en la penumbra, aquel tesoro era real y era algo increíble de ver.
José casi se volvió loco, comenzó a coger todas las monedas y lingotes que podía llevar, cargó tanto a su asno que apenas si podía caminar y a paso lento, lleno de riqueza, regresó al mesón. Gracias a ese tesoro, su familia dejó la pobreza atrás, el mesón se transformo en un hotel de lujo, la familia dejo de trabajar y se dedicó a su vida social, y sus nuevos criados se encargaban de dirigirles el negocio, aquel tesoro les cambio la vida, era como si les hubiera tocado la lotería, pero aquello no duraría demasiado, ya que el destino tenía otros planes.
En una noche de embriaguez, José que se encontraba eufórico y trastocado por el alcohol, reveló el secreto del silencioso a sus hermanos Antonio y Salvador. La avaricia se apoderó inmediatamente de ellos, y sin dudarlo, aprovechando que José se encontraba borracho, le robaron el mapa y partieron con sus mulas rumbo al cerro de los Gallos.
Al despertarse José pensaba que habia tenido un mal sueño, pero al buscar el mapa se percató de que sus hermanos lo habían traicionado. Pasaron los días y los jóvenes no regresaban, nadie sabia nada de ellos, hasta que una mañana aparecieron las mulas solitarias, sin rastro de sus dueños. Los hermanos habían desaparecido sin dejar huella.
José intentó buscar el escondite nuevamente, pero sin la ayuda del mapa nunca pudo encontrarlo. El tesoro parecía haberse desvanecido junto con sus hermanos.
Aquella tragedia destruyó a la familia. José acabó perdiendo la cordura buscando el tesoro y vivió sus últimos días vagando como un espectro sin alma. Doña Agapita y su hija, incapaces de soportar el dolor, abandonaron la villa sin decir adónde se dirigían.
Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!







