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En la penumbra de la Noche de Difuntos, cuando las campanas redoblan y el viento recorre las calles de Soria, el cercano Monte de las Ánimas queda envuelto por un inquietante ambiente sombrío. Entre sus piedras y árboles solitarios, se oculta una antigua leyenda de muerte y orgullo, una historia que se forjó hace muchos siglos, cuando templarios y nobles se enfrentaron en una lucha sin sentido y que aún hoy, sigue causando terror en aquellos que se acercan al monte en la noche de los Difuntos.
Esta leyenda, cuenta como hace mucho tiempo, al finalizar el Día de Todos los Santos, un grupo de cazadores se reunió en el monte cercano a la ciudad. Allí, entre los riscos del bosque profundo, los cazadores recogían sus pertenencias y se preparaban para regresar a la ciudad. El sol ya estaba a punto de ocultarse y sus últimos rayos daban un tinte anaranjado a las colinas cercanas, dando por finalizada la jornada de caza, entre los cazadores presentes se encontraba un joven noble llamado Alonso, que apremiaba al resto a abandonar el monte antes de que llegase la noche.
Aquel no era un día de caza cualquiera, era el día de los difuntos, una noche en la que, según la creencia popular, las almas de los muertos vuelven al mundo de los vivos, pero especialmente, hacen su presencia en el Monte de las Ánimas, por eso ninguno de los asistentes a la cacería quería quedarse en aquel sombrío lugar cuando cayese la noche.
Beatriz, una prima de Alonso que había llegado a Soria desde tierras francesas, observaba a los cazadores con una mezcla de incredulidad y diversión. Para ella, todas aquellas advertencias no eran más que cuentos de niños, invenciones de las gentes mayores del lugar para asustar al pueblo. Al ver que su prima no parecía tomar en serio el peligro, Alonso decidió compartir con ella la historia que conocía desde niño, ese relato que había escuchado contar a sus familiares y a la gente del pueblo cada día de Todos los Santos.
Mientras tomaban el camino de regreso, Alonso iba relatando la leyenda del Monte de las Ánimas, Beatriz cabalgaba a su lado, escuchando con atención, pero sin poder evitar una ligera sonrisa en su rostro.
Según contaban los relatos, aquel monte perteneció antaño a los Templarios, quienes habían construido un monasterio en medio del monte donde se asentaron. Los Templarios fueron caballeros religiosos que luchaban y defendían la fe, pero también protegían el territorio y sus propios intereses. Cuando la ciudad de Soria fue conquistada a los árabes, el rey trajo a los Templarios desde lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente. Pero esta decisión generó un profundo malestar entre los nobles castellanos, que consideraban que ellos solos habrían podido defender la ciudad de la misma forma en que la habían conquistado.
En aquel momento Beatriz observo en el monte el convento medio derruido de los templarios, con las piedras oscuras y cubiertas de musgo, como si aquel edificio hubiera absorbido el mismo horror de la leyenda.
Alonso, que no se había dado cuenta de la distracción de su prima, continuo contándole el relato. Según se se decía, con el tiempo el rencor entre templarios y nobles iba en aumento. Los templarios habían acotado el monte, guardando la caza para ellos y prohibiendo que los nobles accedieran a él, lo que aumentó su enemistad. Llegó un día en que los nobles, a pesar de las prohibiciones, decidieron organizar una batida de caza, a esa cacería acudieron una gran cantidad de nobles, cansados de los templarios y dispuestos a recuperar su coto, del mismo modo los templarios escucharon el rumor de la cacería, por lo que no les pillaría desprevenidos. Finalmente llego el día de la batida, pero lo que ocurrió no fue ninguna cacería, sino un enfrentamiento terrible, un auténtico baño de sangre que dejó el monte cubierto de cadáveres.
Las fieras no se olvidaron de aquella masacre, y tampoco las familias de los caídos, que tuvieron que arrastrar el luto por sus hijos y maridos muertos. Después de aquella matanza intervino el rey, quien declaro el monte como abandonado, y la capilla que se encontraba en su cima, donde fueron enterrados juntos amigos y enemigos, empezó a caer en ruinas. Se dice que desde aquel día, cada Noche de Difuntos, se oyen redoblar las campanas de la capilla y las almas de los caídos, envueltas en ropas hechas jirones, vuelven para recorrer el monte, como en una nueva cacería. Los lobos aúllan, los ciervos corren espantados y las serpientes dan horribles silbidos, incluso al día siguiente, pueden verse huellas de esqueletos impresas en la nieve y es por eso que en Soria es conocido como el monte de las animas.
Tras escuchar toda la historia, Beatriz le dijo a su primo que no se creía nada de aquella leyenda, le comento que aquello solo eran cuentos que se habían inventado para hacer más interesante aquella desolada tierra, pero ella era una mujer culta que no creía en historias de fantasmas.
Alonso, un poco apenado por la frialdad de su prima, guardó silencio durante el resto del camino. Sin embargo, cuando volvieron a casa, Alonso se atrevió a romper su silencio en el salón del castillo, mientras la noche se cerraba fuera y los primos se calentaban cerca del fuego.
Con un tono melancólico, Alonso indicó a Beatriz lo cerca que estaba el día en el que se separarían, quizá para siempre, pero él no quería que Beatriz se olvidase de él ni de la tierra de castilla, por lo que acto seguido saco un broche de su bolsillo, dispuesto a entregárselo. Alonso recordó como el día en que fueron a dar gracias a Dios por la recuperación de la salud de Beatriz, esta se había fijado en el boche que sujetaba una de las plumas de su gorro y en lo mucho que le había gustado, por lo que ahora quería regalárselo, indicándole lo bien que le quedaría recogiendo su bella cabellera negra.
A Beatriz, aquella propuesta no pareció gustarle demasiado, ya que de donde ella venia, aceptar regalos así de especiales solo podía hacerse en una ceremonia, sin embargo, tras la insistencia de Alonso, decidió aceptar su regalo. Después de eso Alonso le dijo que le gustaría tener algo de ella como recuerdo y le preguntó si ella estaría dispuesta a hacerle un regalo. Fue entonces cuando Beatriz se echo su mano al hombro como para buscar alguna prenda entre los pliegues de su ropa, pero tras no encontrar lo que buscaba, con cara de pena, le dijo a Alonso que había perdido la banda azul que llevaba puesta esa misma mañana, y que quería que ese fuera su regalo.
Alonso en ese momento se incorporó de su asiento, y le pregunto a su prima que donde la había perdido, pero su respuesta hizo que le cambiase la cara, ya que le dijo que quizá la habría perdido en el monte durante la cacería.
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Aquellas palabras cayeron sobre Alonso como una losa. El color se esfumó de su cara, y por un instante permaneció inmóvil. Acto seguido comenzó a decirle a Beatriz lo valiente que se consideraba, ella había sido testigo en más de una ocasión de su destreza, y que no por nada le llamaban el rey de los cazadores, sin embargo, acudir al monte de las animas en plena noche de todos los santos, era algo que a él le superaba y le causaba autentico terror. Al escuchar esto Beatriz comenzó a hablar en un tono irónico sobre los fantasmas del monte, para terminar riéndose de su primo y de su legendaria valentía. Finalmente, y sin decir una palabra, Alonso montó en su caballo y partió hacia el monte para recuperar la prenda de su prima. La oscuridad ya cubría el monte, y las campanas comenzaron a doblar en la lejanía cuando Alonso desapareció en la noche.
Beatriz lo observó partir desde la ventana, con una radiante expresión de orgullo al haber conseguido que su primo se marchase con simples burlas. Pero la noche avanzaba deprisa, ya casi era media noche, y Alonso aun no regresaba.
Las horas pasaron, y finalmente Beatriz, algo inquieta, decidió retirarse a su habitación. Intentó convencerse de que Alonso habría tenido miedo y se habría escondido, asique lo mejor sería dormir para que la noche pasase rápidamente. Pero al cerrar los ojos, comenzó a escuchar extraños ruidos en la noche. El viento soplaba con fuerza y parecía susurrarle su nombre desde fuera de la habitación, muy a lo lejos.. Las puertas crujían suavemente, como si alguien las abriera desde el exterior, y las pisadas, primero lejanas, y luego cercanas, la hicieron estremecer.
Beatriz intentó convencerse de que era solo su imaginación, pero los ruidos no paraban y las pisadas cada vez estaban más cerca. Abrió los ojos y vio sombras extrañas en la habitación. Una presencia inexplicable parecía acercarse, y el miedo empezó a apoderarse de ella. De repente, le pareció ver una figura avanzando lentamente hacia su lecho. Intentó convencerse de que solo era una ilusión, pero el crujido de las pisadas era demasiado real.
Con un grito de terror, Beatriz se cubrió la cabeza con las sábanas, intentando esconderse de lo que la acechaba fuera. Permaneció así, escondida, temblando, mientras los perros aullaban y las campanas de la ciudad continuaban sonando a lo lejos. La noche se hizo interminable, y el terror de Beatriz crecía con cada momento.
Pero finalmente, los primeros rayos del sol entraron en la habitación. Beatriz se atrevió a levantarse y se acercó a la ventana para ver la hermosa luz del sol. Sin embargo, al darse la vuelta para comenzar con el día, vio algo que la llenó de un terror inimaginable: sobre el reclinatorio, junto a su lecho, se encontraba la banda azul que Alonso había ido a buscar al monte.
Justo un momento después, los sirvientes entraron al cuarto corriendo para anunciar una terrible noticia: Alonso había sido encontrado muerto en el Monte de las Ánimas, devorado por lobos. Pero cuando vieron a Beatriz ya estaba inmóvil, aferrada a una de las columnas de su cama, con los ojos desencajados, la boca entreabierta y una expresión de horror en el rostro. Había muerto de miedo.
El relato de aquella noche y del destino de Alonso y Beatriz comenzó a circular entre los habitantes de Soria y a esto se le sumo la versión de un cazador extraviado que paso una noche de los difuntos sin poder salir del monte. Se contaba que antes de morir el cazador contó las cosas horribles que habia visto en el monte, vio a los esqueletos de los nobles y templarios resucitados de sus tumbas, cabalgando sobre caballos huesudos mientras perseguían a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos y arrojando gritos de horror, daba vueltas sobre la tumba de Alonso.
Este relato es una adaptación de uno de los cuentos más conocidos de Gustavo Adolfo Bécquer, titulado «El Monte de las Ánimas», que forma parte de su colección de relatos llamada Soria. Esta obra, publicada originalmente el 7 de noviembre de 1861 en el periódico El Contemporáneo, es una de las diecisiete leyendas que Bécquer escribió y que luego se agruparían bajo el título general de «Leyendas». La historia, ambientada en la provincia de Soria, es una de las más populares y es representativa del estilo romántico de Bécquer, donde la muerte, lo sobrenatural y las emociones profundas tienen un papel protagonista.
Este capitulo quiere ser un humilde homenaje al escritor sevillano, cuyo estilo sencillo y evocador continúa despertando la imaginación y el interés por las tradiciones, mitos y leyendas de España.
Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!
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