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Corría una sofocante tarde de julio cuando el rey Pedro y su séquito cabalgaban hacia Sevilla. Aquel día se percibía extrañamente agradable para el monarca, quien acostumbraba a llevar en su rostro un semblante severo y sombrío. Sin embargo, ese día parecía estar buen humor, quizás porque lo esperaba su amada, María de Padilla, cuya compañía parecía aliviarle de sus continuas preocupaciones políticas. La perspectiva de descansar tras duras campañas militares era suficiente para iluminar momentáneamente su serio semblante.
Pedro no era un rey dado a los lujos ni a los caprichos de la corte. Solía despreciar los privilegios que su rango le otorgaba y prefería una vida austera, dura y cercana a la de sus soldados. Dormía al raso o en el suelo de su tienda de campaña, soportando sin quejarse tanto el abrasador calor del verano como el gélido frío de las noches invernales. Su alimentación era igualmente humilde, con una dieta constituida a base de pan negro y agua, y no le resultaba extraño pasar días enteros sin probar bocado, demostrando una resistencia que inspiraba tanto admiración como temor.
Sin embargo, su rígida moral y desprecio por los lujos no se extendían a todos sus súbditos. A mitad de camino hacia Sevilla, en un polvoriento cruce de caminos, apareció un personaje que contrastaba enormemente con la figura del rey. Un abad de un cercano monasterio, un hombre gordo y sonrosado que era la viva imagen de la comodidad y el bienestar. Y por si eso fuera poco, para protegerlo del sol abrasador, dos monjes sostenían sobre su cabeza un palio bordado con hilos dorados.
Al verlo acercarse, Pedro no pudo evitar mostrar una expresión de ironía. El contraste entre su propia austeridad y la opulencia del clérigo era demasiado evidente como para pasarlo por alto. Cuando el abad se inclinó para besar la mano real, el monarca, con tono mordaz y severo, comentó lo bien que le sentaban los «ayunos, oraciones y disciplinas» que supuestamente practicaban los monjes. Incluso llego a preguntarle con un tono de burla y desprecio, que como era posible que él estuviera tan gordo cuando el propio rey estaba tan seco.
El abad, sin dejarse intimidar, respondió con una sonrisa llena de falsa humildad. Atribuyó su excelente salud a la paz espiritual que disfrutaba gracias a una vida libre de preocupaciones terrenales, dedicada únicamente a la salvación de las almas. Llegó a decirle que los cuidados del alma eran algo tranquilos y no desgastaban el cuerpo como ocurría con los asuntos del reino.
El rey Pedro, siempre alerta ante cualquier señal de hipocresía, decidió poner a prueba la inteligencia del abad y si era posible imponerle un severo castigo por su insolencia. Sin previo aviso y con tono burlón, le planteó tres enigmas que debía resolver en el plazo de tres meses. El castigo por fallar sería terrible: sería destituido de su cargo, encarcelado en una oscura torre y alimentado únicamente con pan y agua hasta el fin de sus días.
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Las preguntas eran tan complejas como enigmáticas:
La primera decía: «Dime cuánto valgo, hasta el último maravedí, cuando estoy sentado en mi trono dictando leyes, soberano de cien pueblos que obedecen mis mandatos como si fueran leyes divinas.»
En la segunda le dijo: «Calcula en cuánto tiempo podría dar la vuelta al mundo a caballo, sin equivocarte ni en un solo minuto.»
Y para finalizar y así asegurarse de que el monje fallaría le dijo: «Adivina cuál es mi pensamiento, asegurándote de que sea completamente falso.»
Tras estas preguntas el rey continuo su camino a Sevilla, mientras que el abad, acostumbrado a lidiar con problemas mundanos pero no con semejantes acertijos, quedó estupefacto. Desde aquel momento, su vida se convirtió en una pesadilla de insomnio y desasosiego. Consultó a las principales universidades del reino, envió mensajeros a las facultades más prestigiosas y gastó una fortuna en sueldos y derechos de consulta, pero ningún doctor ni erudito pudo resolver tales cuestiones.
Los días pasaban, y su desesperación crecía. El abatido abad se volvió irreconocible: su cuerpo, antes rollizo, adelgazó hasta parecer una sombra de lo que fue. Sus mejillas se hundieron, sus ojos perdieron el brillo y sus pensamientos lo consumían día y noche. Asumiendo su condenado destino.
Dos días antes de que expirara el plazo, desesperado y sin esperanzas, el monje se encontraba paseando cabizbajo por un sendero cercano al monasterio cuando se cruzó con Bartolo Pérez, un pastor que cuidaba los rebaños del convento. Bartolo, al verlo en tan lamentable estado, se acercó intrigado y le preguntó la causa de su tristeza. Sin poder contener su angustia, el abad relató con lujo de detalles los tres desafíos que el rey le había propuesto, y el terrible destino que le aguardaba.
Bartolo, tras escuchar atentamente, estalló en carcajadas. mientras que le preguntaba al monje que si eso era todo, tras confírmale el monje, el pastor le dijo que no se preocupase más, pues él mismo respondería las preguntas del rey.
El abad, incrédulo ante tanta seguridad, no vio otra salida. Sin nada que perder, aceptó la insólita propuesta del pastor, quien le pidió que le prestara sus hábitos y sus símbolos religiosos para presentarse ante el rey. Si fracasaba, el castigo recaería sobre él, y el verdadero abad podría escapar a su destino.
Llegado el día señalado, Bartolo, vestido como abad, entró con paso solemne en la corte del rey Pedro I. La sala estaba iluminada con candelabros dorados y la presencia de los nobles de Castilla llenaba el ambiente de expectación.
Tras darle la bienvenida y sin muchos rodeos, el rey le planteó la primera pregunta. Bartolo, con calma y determinación, respondió:
—»Alteza, Cristo fue vendido por Judas en 30 dineros. Ningún hombre puede valer más que él. Por lo tanto, vos valéis 29 dineros, uno menos que el Salvador.»
La corte guardó un silencio sepulcral mientras el rey asentía con seriedad, reconociendo la buena respuesta y que nunca se hubiera imaginado valer tanto. Inmediatamente después el rey le dijo que le respondiera a la segunda pregunta, a lo que el falso abad dijo:
—»Si salís al amanecer junto con el sol y cabalgáis a su misma velocidad, sin deteneros jamás, podréis dar la vuelta al mundo en exactamente 24 horas», replicó Bartolo con seguridad.
El rey, impresionado por la respuesta, lanzó la última pregunta con un aire desafiante, sabiendo que esta vez el monje fallaría
—»Decidme, ¿qué estoy pensando ahora mismo que sea falso?»
Bartolo sonrió astutamente y declaró:
—»Pensáis que yo soy el abad de San Onofre.»
Pedro quedó atónito, pues no entendía a que se refería. Pero al revelarse el monje como un humilde pastor, el rey pasó del asombro a una carcajada sonora. Fascinado por su ingenio, ofreció a Bartolo el cargo de abad, le dijo que sería investido de inmediato con el santo habito, el báculo y el anillo, mientras que su predecesor sería encerrado en una torre, alimentándose de agua y de pan durante el resto de sus días.
Pero el pastor, humilde y práctico, rechazó la oferta, le dijo al rey que él no sabia leer ni escribir, ni si quiera sabia contar y mucho menos latín u otras lenguas vidas o muertas, por lo que prefería continuar con su humilde vida, aunque lo que si le pidió a cambio fue el perdón del verdadero abad.







