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No es de extrañar que en un territorio como Campeche, donde la historia se ha tejido entre colonos, comerciantes, piratas e insurgentes, la estabilidad política haya sido una virtud digna de admiración. Allí donde en otras tierras los cambios de gobierno desembocaban en revueltas violentas y enfrentamientos sangrientos, los campechanos optaban por una estrategia más sutil, el mimetismo. Las gentes adaptaban sus lealtades según la dirección en que soplaba el viento del poder. Durante la colonia, se inclinaban hacia la monarquía española y se decía que hasta los caballos pertenecían al partido español; en los albores de la independencia, coqueteaban con la rebeldía; bajo la República, eran fervientes republicanos; y cuando el fugaz imperio de Iturbide tomó forma, abrazaron el monarquismo. Incluso cuando se enteraron de que la estrella del futuro de su Alteza Serenísima empezaba a brillar, los ciudadanos, siempre pragmáticos, no tardaron en declararse satanistas.
Dentro de esta peculiar situación política, en el año de 1830, la ciudad se encontraba bajo la influencia del comandante militar de la plaza, el coronel Francisco de Paula Toro, que no era ni mas ni menos que cuñado del futuro caudillo Antonio López de Santa Anna. Francisco era un hombre de carácter fuerte y una firme visión progresista, compartía la autoridad con el gobernador José Segundo Carvajal, quien prefería dejar la administración en manos de su colega, reconociendo en él un espíritu emprendedor y una capacidad de decisión inquebrantable.
En medio de estos tiempos de cambios políticos, el coronel Francisco tomó una decisión que marcaría la historia de la ciudad, la construcción de un puente sobre el canal de desagüe del suburbio de Santa Ana. Este proyecto, sin embargo, no nació únicamente de la necesidad de mejorar la infraestructura urbana del lugar, sino de un deseo personal. Se contaba que su esposa, la distinguida Doña Mercedes López de Santa Anna, deseaba poder pasear por la campiña sin dificultad, y la construcción del puente facilitaría su acceso a un rincón apacible donde pudiera disfrutar de la naturaleza.
Para llevar a cabo la obra, se encomendó la tarea al renombrado arquitecto José de la Luz Solís, quien con diligencia y maestría supervisó los trabajos hasta que la estructura estuvo casi lista. Durante una de sus visitas de inspección, Doña Mercedes se mostró entusiasmada con el avance de la construcción. Fue entonces cuando, mientras observaba los cuatro extremos del puente, preguntó al maestro de obras que función tendrían los remates del puente.
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El arquitecto, tras hacer una pequeña reverencia, respondió que había sido el coronel quien había dispuesto que, en los 4 remates de los extremos del puente, se colocasen cuatro majestuosos pebeteros. Estos habían sido encargados a la ciudad de México, y serian un símbolo del fuego eterno de la ciencia, el arte, el pensamiento y el amor.
Doña Mercedes asintió en señal de conformidad, pero quedó pensativa durante un tiempo. Algo en la idea de los pebeteros no terminaba de convencerla. Pasaron los días y la inquietud continuaba en la mente de doña Mercedes, hasta que una tarde, acompañada de su aya, llegó nuevamente al puente en construcción. Se bajó doña Mercedes del carruaje y tras ella lo hizo su escolta, un joven robusto que sostenía con esfuerzo una traílla, y sujetos a esta, se encontraban dos imponentes mastines de pelaje lustroso y presencia imponente.
Se acercó de nuevo la dama a don José, y tras darle los buenos días, le dijo con un tono decidido que había estando dándole vueltas al tema de los remates del puente, y quizá sería mejor colocar unas estatuas en lugar de pebeteros.
El arquitecto, con el respeto que le merecía la esposa del comandante, asintió con cortesía. y le dijo que aquello sería un cambio significativo pero muy acertado. lleno de curiosidad le preguntó a la dama si tenia en mente algún personaje ilustre de la historia, como pudieran ser Aníbal o Alejandro.
Doña Mercedes esbozó una sonrisa picara y respondió con convicción que efectivamente asi era, Aníbal y Alejandro, pero no los conquistadores que el maestro de obra imaginaba, si no los magníficos mastines que la acompañaban
Don José, sorprendido por la sugerencia, intentó razonar con la dama, diciéndole que aunque su propuesta era muy interesante, el coronel habia sido muy claro en cuanto a los pebeteros, pues estos representan las aspiraciones más elevadas del pueblo de Campeche, la cultura y el progreso.
Pero doña Mercedes no se dejó intimidar y le dijo que aunque respetaba mucho a su marido, sentía un gran amor por sus perros y pensaba que eran dignos de pasar a la posteridad y velar eternamente por la ciudad. Continuo pidiéndole a Don José que esculpiera cuatro figuras de Aníbal y Alejandro en actitud de ladrar y para evitar otra negativa del maestro le dijo estar segura de que de sus manos saldrán esculturas tan bellas que nadie podrá resistirse a su majestuosidad.
El arquitecto, halagado por la confianza depositada en su talento, no pudo negarse. Por lo que la decisión ya estaba tomada.
Pero aún quedaba convencer al coronel Toro. Con la astucia propia de una mujer influyente, Doña Mercedes se dirigió a su esposo y, después de colmarlo de cariño y besos, le comentó que había recibido una carta de su hermano, Antonio López de Santa Anna. En la misiva, su hermano mencionaba su inminente ascenso al poder sustituyendo al general Bustamante, y de paso, expresaba su deseo de que las estatuas de los mastines adornaran el puente en construcción.
El coronel Toro, al escuchar el nombre de Santa Anna, supo que no podía ignorar la solicitud. La familia política tenía un peso considerable en su carrera y, además, no tenia ningún interés en negarle un deseo a su amada esposa.
Y así fue como los pebeteros fueron descartados y en su lugar se erigieron las esculturas de Aníbal y Alejandro, eternamente apostados en el puente. Sin embargo, al finalizar la obra, los ciudadanos no vieron en las figuras de los mastines la imagen de guardianes imponentes, sino de animales con una actitud de lamento. Se dice que sus posturas reflejaban la tristeza de un alma en pena y, desde entonces, el puente fue bautizado popularmente como «El Puente de los Perros».
Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!







