
Es el verano de 1558 y en la iglesia del monasterio de Yuste se celebra un funeral digno de un emperador. Los muros han sido cubiertos con paños negros, decenas de cirios iluminan un gran túmulo levantado frente al altar y los monjes jerónimos entonan lentamente el oficio de difuntos mientras criados y servidores, vestidos de luto, permanecen en absoluto silencio. Todo parece preparado para despedir a uno de los hombres más poderosos de Europa. Sin embargo, hay algo imposible en aquella ceremonia: el ataúd permanece vacío y, entre quienes escuchan las oraciones por el descanso de su alma, se encuentra el propio Carlos V.
Carlos de Habsburgo había nacido en la ciudad de Gante en 1500 y durante décadas gobernó un conjunto de territorios tan extenso que pocos soberanos europeos pudieron compararse con él. Fue rey de Castilla y Aragón junto a su madre Juana, señor de los Países Bajos y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Sus ejércitos combatieron contra Francia, contra los príncipes protestantes alemanes y contra el Imperio otomano, mientras al otro lado del Atlántico los dominios de la monarquía continuaban expandiéndose. Durante buena parte de su vida, Carlos había sido uno de los hombres más poderosos del mundo.
Pero aquel poder no pudo impedir que su cuerpo comenzara a deteriorarse. Desde que tenia aproximadamente los veintiocho años sufría terribles ataques de gota que, con el paso del tiempo, fueron haciéndose cada vez más frecuentes y dolorosos, hasta el punto de impedirle caminar en varias ocasiones. El hombre que había recorrido Europa a caballo y acompañado a sus ejércitos en campaña comenzó a necesitar ayuda incluso para desplazarse de una habitación a otra. Aquel deterioro se sumaba al desencanto de sus últimos años de poder, y es que su sueño de mantener unida la cristiandad se había desmoronado con el avance de la Reforma protestante y las décadas dedicadas al gobierno de sus territorios comenzaban a pesar sobre él. Por ellos, tras envejecer prematuramente y cada vez más preocupado por la salvación de su alma, Carlos comenzó a aceptar que había llegado el momento de abandonar el poder y prepararse para la muerte.
El 25 de octubre de 1555 inició en Bruselas el complejo proceso de abdicación, parte de su herencia terminaría en manos de su hijo Felipe y los territorios austríacos y la dignidad imperial pasarían a su hermano Fernando. Cuando hubo resuelto aquellos asuntos, Carlos decidió abandonar definitivamente los grandes centros de poder y regresar a Castilla. Había elegido un lugar apartado en Extremadura para pasar el tiempo que todavía le quedara de vida, un lugar donde descansar y encontrar la paz que necesitaba su alma: el monasterio jerónimo de Yuste.
El viaje hasta Yuste, sin embargo, estuvo muy lejos de ser sencillo. Carlos abandonó los Países Bajos en 1556 y, tras cruzar el mar, desembarcó en Laredo a finales de septiembre. Desde allí debía atravesar buena parte de Castilla hasta alcanzar Extremadura, pero su estado de salud obligó a realizar el trayecto con enorme lentitud. Los ataques de gota apenas le permitían caminar y durante buena parte del camino tuvo que ser transportado en litera o silla de manos, realizando frecuentes paradas para descansar. La comitiva pasó por Medina de Pomar, Burgos y Valladolid antes de continuar hacia el sur, mientras el otoño y el empeoramiento del tiempo hacían cada vez más difícil el avance.
Cuando finalmente alcanzaron la comarca de La Vera, el monasterio todavía no estaba preparado para recibirlo. Carlos había ordenado construir junto al edificio una pequeña residencia adaptada a sus necesidades, pero las obras no habían terminado, por lo que tuvo que instalarse durante varias semanas en el castillo de los condes de Oropesa, en Jarandilla de la Vera. Allí permaneció esperando mientras albañiles y carpinteros daban los últimos retoques a las habitaciones que debían convertirse en su última residencia.
Finalmente, el 3 de febrero de 1557, Carlos llegó al monasterio de Yuste. Junto al convento de los jerónimos se había levantado para él un pequeño palacio de dos plantas, mucho más modesto que las grandes residencias imperiales que había conocido durante su vida, pero cuidadosamente preparado para un hombre enfermo. Sus aposentos se encontraban comunicados con la iglesia y desde su habitación podía seguir los oficios religiosos a través de una abertura cuando los ataques de gota le impedían desplazarse. También disponía de terrazas y jardines donde podía descansar contemplando el paisaje de La Vera.
Ya instalado, Carlos continuó recibiendo correspondencia política, aconsejando a Felipe II e interesándose por guerras, dinero y asuntos de gobierno. Los documentos conservados muestran que desde Yuste seguía escribiendo sobre Francia, Italia, las remesas llegadas de América y hasta sobre la persecución de los primeros grupos protestantes descubiertos en Castilla. Tampoco vivía rodeado únicamente de austeridad, ya que contaba con numerosos sirvientes, disfrutaba de la comida en abundancia y seguía entregándose a algunos placeres que sus médicos consideraban desastrosos para su salud, ya que según se decía, era capaz de ingerir varios litros de cerveza durante una sola comida.
Sin embargo, había algo que ocupaba cada vez más su pensamiento, la cercanía de la muerte.
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Carlos asistía con frecuencia a oficios religiosos, encargaba misas por sus familiares fallecidos y dedicaba largas horas a preparar su alma para lo que consideraba inevitable. Había sobrevivido a batallas, enfermedades y viajes por media Europa, pero ahora contemplaba cómo su cuerpo se deterioraba día tras día. Según la tradición, en cierta ocasión después de ordenar exequias por sus padres y por su esposa Isabel de Portugal, fallecida muchos años antes, se le ocurrió la idea de escuchar también las oraciones que algún día se pronunciarían en su funeral.
Poco a poco aquella idea fue creciendo, y en poco tiempo ya no era solo escuchar las oraciones, sino que decidió hacer un ensayo completo de todo el funeral. Según parece la ceremonia habría tenido lugar a finales de agosto de 1558, apenas unas semanas antes de su muerte, y para celebrarla la iglesia de Yuste fue preparada como si el emperador realmente hubiera fallecido.
En el interior del templo se levantó un gran túmulo funerario rodeado de cirios y los miembros de su casa, criados y servidores acudieron vestidos de riguroso luto. Los monjes jerónimos ocuparon sus lugares y comenzaron a entonar las oraciones y cantos propios de los difuntos, mientras el sonido del oficio resonaba entre los muros de la iglesia. Todo estaba dispuesto para despedir a Carlos como si su vida hubiese terminado, con una única y desconcertante diferencia: el hombre por cuya alma estaban rezando permanecía allí, todavía vivo, contemplando anticipadamente la ceremonia que muy pronto habría de celebrarse de verdad.
Carlos asistió al oficio sosteniendo una vela encendida entre las manos y escuchó las plegarias pronunciadas por su propia salvación. Cuando llegó el momento de la ofrenda, Carlos avanzó hasta el sacerdote y depositó el cirio en sus manos, un gesto que posteriormente sería interpretado como la entrega simbólica de su propia alma a Dios.
Con el paso del tiempo, sin embargo, aquella ceremonia adquirió detalles mucho más inquietantes. Algunos autores aseguraron que Carlos no se limitó a contemplar sus exequias, sino que ordenó colocar un ataúd en medio de la iglesia y llegó a introducirse en él para escuchar desde su interior las oraciones por su alma. Según se cuenta, permaneció inmóvil mientras los monjes celebraban el oficio como si realmente hubiera muerto se dice que vistió una mortaja, que el féretro fue rociado con agua bendita y que al terminar el emperador permaneció solo en el templo cuando todos los presentes se habían marchado.
Durante mucho tiempo aquella escena fue repetida como un hecho histórico. Sin embargo, la investigación moderna ha obligado a separar la ceremonia religiosa de las añadiduras posteriores. Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla estudió las fuentes relacionadas con las exequias y concluyó que existe fundamento para aceptar una ceremonia de réquiem o unas exequias privadas en vida, pero no para la versión teatral en la que Carlos se introduce en un ataúd y representa literalmente su propio entierro. Según parece la tradición fue amplificada especialmente por historiadores posteriores, hasta convertir una práctica piadosa del siglo XVI en una escena casi legendaria.
Sea como fuere, lo cierto es que apenas unos días después Carlos cayó gravemente enfermo. Durante mucho tiempo se afirmó que la impresión causada por sus propios funerales había desencadenado la fiebre que terminaría matándolo, pero la realidad parece haber sido muy diferente. A finales de agosto de 1558, tras la picadura de un mosquito infectado en los alrededores de Yuste, el emperador comenzó a sufrir fuertes escalofríos y episodios de fiebre intermitente. En una región como La Vera, donde abundaban las zonas húmedas y encharcadas, el paludismo era todavía una enfermedad bastante frecuente. Durante las semanas siguientes su estado empeoró rápidamente y las fiebres se sumaron a un organismo ya debilitado por años de enfermedades.
Carlos comprendió pronto que aquella vez no se recuperaría, ordenó terminar sus últimas disposiciones y pidió recibir los sacramentos. Durante su agonía mantuvo junto a él objetos religiosos relacionados con Isabel de Portugal y, según los testimonios de quienes asistieron a sus últimos momentos, permaneció consciente casi hasta el final con un crucifijo entre las manos y pronunciando sus últimas plegarias. A las dos de la madrugada del 21 de septiembre de 1558, el hombre que había gobernado media Europa, el hombre que había sido conocido como Cesar, murió en su pequeña residencia de Yuste.
Carlos Había pedido ser enterrado junto al altar mayor del monasterio, en una posición que expresara su sometimiento ante Dios y aunque allí permaneció inicialmente, años después Felipe II ordenó trasladar sus restos al monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde todavía descansan.
Así nació una de las historias más inquietantes de los últimos días de Carlos V. Quizá el emperador nunca llegó a introducirse en un ataúd para escuchar las oraciones por su propia alma, pero todo indica que sí quiso contemplar en vida una ceremonia destinada a celebrarse cuando él ya no estuviera. Lo más extraordinario es que apenas unas semanas después, en aquella madrugada de septiembre de 1558, el hombre que había gobernado territorios repartidos por Europa y América murió en su retiro de Yuste. Esta vez el túmulo ya no formaba parte de ningún ensayo, los paños negros no eran una representación y las oraciones de los jerónimos se pronunciaban verdaderamente por el alma del gran Emperador.
Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!
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