
En Extremadura, a orillas del río Tajo, hubo hace siglos, una fortaleza templaria donde según la tradición, se custodió uno de los objetos más sagrados y enigmáticos del cristianismo, el supuesto mantel utilizado por Jesucristo durante la Última Cena. Esta tela antigua, desgarrada por los siglos, habría pasado por manos de emperadores, templarios y obispos, hasta quedar oculta en este antiguo lugar. Pero lo más inquietante no era su origen… sino lo que, según se cuenta, ocurría cuando los templarios la desplegaban dentro del castillo de Alconétar.
Hoy apenas quedan restos de aquella fortaleza. La mayor parte del antiguo castillo yace sumergida bajo las aguas del embalse de Alcántara, emergiendo solo en épocas de sequía como el esqueleto de un lugar condenado a desaparecer. La torre del homenaje, aislada y erosionada por el tiempo, es casi lo único que sobrevive de un enclave que durante siglos dominó uno de los pasos más importantes del oeste peninsular. Pero mucho antes de convertirse en ruina, Alconétar fue uno de los bastiones templarios más poderosos de la región.
El lugar había sido ocupado desde tiempos remotos. Su posición estratégica, cercana a la Vía de la Plata y al curso del Tajo, lo convirtió desde la antigüedad en un punto clave para controlar las rutas comerciales y los movimientos militares. Los musulmanes levantaron allí una fortaleza defensiva que posteriormente fue conquistada por Fernando II de León en el siglo XII, y ya en 1166, el monarca entregó Alconétar a la Orden del Temple, quienes transformaron el enclave en una de sus encomiendas más importantes de Extremadura.
La tradición asegura que los templarios no solo se encargaban de proteger la región y la fortaleza, pues según parece, en aquel castillo se encontraba una reliquia extraordinaria, un objeto cuya existencia continúa generando debate hasta nuestros días: el llamado Mantel de la Última Cena. Según la creencia popular, aquella tela había cubierto la mesa en la que Jesucristo compartió la cena pascual con los doce apóstoles la noche anterior a su crucifixión.
La reliquia era descrita como una larga pieza de lino blanco, adornada con discretas franjas azules y una trama geométrica apenas visible bajo la luz. Una tela aparentemente sencilla, pero cuya importancia habría sido inmensa. Porque para muchos no se trataba únicamente de un objeto sagrado, sino de una pieza vinculada directamente a uno de los momentos más importantes del cristianismo.
Sin embargo, nadie sabe con certeza cómo llegó aquella reliquia hasta Extremadura.
Algunas versiones afirman que la reliquia llegó al Castillo tras la conquista cristiana de Coria, posiblemente transportada por miembros del clero vinculados a Roma o Francia. Pero la versión más extendida, dice que fue Santa Elena, madre del emperador Constantino, quien trasladó el mantel desde Jerusalén hasta Roma en el siglo III, junto a otras reliquias relacionadas con la Pasión de Cristo. Con el paso del tiempo, la tela habría pasado a formar parte de los tesoros custodiados por distintos reinos cristianos hasta terminar en manos de Carlomagno, quien la transportaba en sus campañas militares contra los musulmanes en la península.
Según el relato medieval, el emperador franco habría llegado a Extremadura durante estas campañas acompañado por uno de sus caballeros más importantes: Guido de Borgoña. Este caballero junto a sus tropas conquistaron la fortaleza de Alconétar que hasta entonces había estado en poder del Musulmán Fierabrás. Don Guido entregó la fortaleza a Carlomagno y se reservó para sí mismo a la bella Floripés, quien era hermana de Fierabrás.
Tras la toma del castillo, Carlomagno decidió celebrar la victoria con un gran banquete, pero surgió un problema que truncaría aquella celebración. El ejército no disponía de alimentos suficientes para celebrar un gran festejo y los soldados estaban demasiado cansados como para trasladarse a otro lugar.
Fue entonces cuando Carlomagno ordenó traer el mantel.
El mantel fue puesto sobre una mesa preparada con antelación, y entonces Carlomagno comenzó a pronunciar una serie de palabras frente al mantel. Aquellas palabras no han llegado hasta nuestros días, pero se cuenta que nada más terminar aquella especie de oracion, comenzaron a aparecer toda clase de alimentos y bebidas deliciosas sobre la mesa. Con ellas Carlomagno se dio por satisfecho y pudo por fin organizar una gran cena para festejar su victoria.
Existen otras versiones que aseguran que un cautivo musulmán habría revelado la existencia de unos manteles mágicos ocultos bajo la torre de Floripés, unos objetos capaces de generar comida de manera sobrenatural mediante antiguos conjuros.
Sea cual fuera la verdad, la leyenda coincide en que aquella noche, sobre la mesa comenzaron a aparecer manjares suficientes para alimentar a todos los presentes y a partir de ahí, el supuesto mantel de la última cena quedó unido para siempre al castillo de Alconétar.
Siglos después, cuando los templarios tomaron posesión de la fortaleza, encontraron la reliquia oculta entre las dependencias del castillo. Y lejos de tratarla como un simple objeto sagrado, comenzaron a custodiarla con una veneración absoluta. Los caballeros templarios no eran únicamente guerreros, eran monjes soldados profundamente ligados al simbolismo religioso, a las reliquias y a ciertos conocimientos envueltos siempre en un aura de misterio.
Entre las muchas adoraciones y ceremonias que los caballeros hacían al mantel se encontraba una muy peculiar. Cada Jueves Santo organizaban una ceremonia en el patio principal del castillo y sobre una gran mesa de piedra extendían cuidadosamente el mantel mientras decenas de pobres y peregrinos aguardaban en silencio a su alrededor.
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Entonces el capellán templario comenzaba a recitar unas misteriosas palabras y de igual forma que había hecho Carlomagno, tras pronunciar aquellas palabras, la mesa comenzaba a llenarse de comida. Pan, vino, frutas y carnes aparecían en cantidades imposibles para una fortaleza tan aislada. Los alimentos eran repartidos entre los necesitados de la comarca, mientras la fama del milagro se extendía por toda Extremadura. Con el tiempo, el castillo de Alconétar comenzó a ser visto no solo como una fortaleza militar, sino como un lugar marcado como sagrado.
Pero como ocurrió con tantos otros secretos templarios, su final llego en 1312, cuando el papa Clemente V decretó la disolución oficial de la Orden del Temple. Acusados de herejía, idolatría y prácticas oscuras, muchos templarios fueron arrestados, ejecutados o forzados a desaparecer. Y junto con ellos, también se desvanecieron numerosos objetos y reliquias cuya localización jamás volvió a conocerse.
El castillo de Alconétar cayó lentamente en el abandono y durante décadas, nadie volvió a hablar del mantel, Hasta que ocurrió algo inesperado.
Siglos después, entre finales del siglo XIV y comienzos del XV, durante unas obras realizadas en la antigua catedral de Coria, los trabajadores descubrieron un arca oculta bajo el suelo del presbiterio. En su interior apareció una larga tela de lino cuidadosamente plegada. Esta tela pronto se identificó como el mantel de la ultima cena, que quizá habría llegado a la catedral desde el castillo de Alconétar con el objetivo de protegerlo ante la desaparición de los templarios.
En 1404, una bula firmada por Benedicto XIII —el conocido Papa Luna— reconocía la autenticidad de la reliquia. Y a partir de ese momento, el llamado Santo Mantel de Coria comenzó a venerarse públicamente y su fama se extendió rápidamente.
El papa permitió que cada 3 de mayo, la reliquia fuera mostrada y venerada ante el publico y pronto aquella celebración se lleno de multitud de peregrinos. Aquel día el mantel se desplegaba desde el llamado Balcón de las Reliquias de la catedral y descendía sobre la plaza para que los fieles pudieran tocarlo y besarlo. La devoción llegó a ser tan intensa que la tela terminó sufriendo numerosos desgarros provocados por las aglomeraciones y es que todo el mundo quería estar cerca del mantel, rezarle, besarlo y tocarlo. Y con el tiempo, comenzaron también a atribuírsele ciertos milagros.
Se hablaba de lluvias que llegaban tras realizarse procesiones con la reliquia, de sequías que terminaban después de ser venerada y de cosechas salvadas gracias a su intervención. El fervor popular creció tanto y el mantel comenzó a sufrir tantos daños y desgarros que, finalmente, las autoridades eclesiásticas decidieron restringir su exposición al publico para evitar nuevos daños.
Pero aun así, el misterio nunca desapareció y la gente continuo venerando aquella reliquia.
En 1960, la ciencia intervino para dar o no autenticidad a la tela. Varios especialistas del Museo de Ciencias Naturales de Madrid estudiaron el tejido junto a varios historiadores y expertos textiles, tras meses de estudio, los análisis concluyeron que la tela estaba elaborada con lino puro y que su estructura coincidía con tejidos utilizados en la Palestina del siglo I, coincidiendo con la era de Jesucristo. Además, las franjas teñidas con índigo resultaban especialmente llamativas, ya que ese tipo de decoración no fue común en Europa hasta muchos siglos después. Incluso algunos investigadores y defensores de la reliquia sostienen que varios fragmentos conservados en Viena, en alemana y en el monasterio de las Clarisas de Monforte de Lemos, en Lugo, podrían proceder de antiguos desgarros sufridos por el mantel a lo largo de siglos de veneración popular.
En 2007, investigadores vinculados al estudio de la Sábana Santa de Turín volvieron a analizar el mantel de Coria. El equipo encabezado por John Jackson, antiguo miembro de la NASA y uno de los mayores especialistas mundiales en la Sábana Santa de Turín, analizó nuevamente la reliquia de Coria. Los investigadores reafirmaron que el tejido era perfectamente coherente con los tipos de lino utilizados en Palestina durante el siglo I. Pero lo más sorprendente fue la comparación con la Sábana de Turín. Según contaron, la Sábana Santa y el mantel extremeño fueron utilizados conjuntamente en la Última Cena, ya que para los judíos, en las grandes celebraciones como la Pascua, era común utilizar dos manteles de manera ritual, para recordar la travesía por el desierto tras abandonar Egipto. Según esta hipótesis, el mantel pudo ponerse sobre la mesa en primer lugar, y sobre este se pondría la Sabana de Turín que estaba mejor adornada. Después, con el arresto y la posterior crucifixión, es posible que los apóstoles hubieran cogido la sabana a toda prisa para cubrir el cuerpo de cristo, quedando el mantel aún sobre la mesa.
Aun así la Iglesia jamás ha confirmado oficialmente que aquella tela perteneciera realmente a la Última Cena, aunque tampoco ha declarado que sea falsa, quedando el mantel en ese extraño territorio donde la historia, la fe y la leyenda se confunden hasta resultar inseparables.
Hoy el mantel puede contemplarse en el museo catedralicio de Coria, protegido dentro de una arqueta de plata parcialmente abierta. El tejido aparece desgastado, roto por el tiempo y por siglos de veneración. A simple vista parece solo una antigua pieza de lino. Pero quienes conocen su historia saben que durante siglos fue considerada mucho más que eso.
Quizá lo más inquietante de esta leyenda no sea preguntarse si aquel mantel perteneció realmente a Jesucristo… sino pensar que durante generaciones hubo hombres capaces de cualquier cosa para protegerlo.
Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!
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