
En lo profundo de la sierra de Guadarrama, allí donde los caminos se retuercen y se pierden en la espesura del bosque, se encuentran unas ruinas que ya no aparecen en los mapas modernos. En estas ruinas, consumidas por el silencio y maleza, yacen los restos del convento de Casarás, un edificio del cual apenas quedan unas pocas piedras y un arco apuntado como resultado del abandono y el paso del tiempo. Pero no siempre fue así.
Cuentan los viejos del lugar que, cuando cae la niebla y los vientos descienden por las laderas, una figura cabalga por los pasos de montaña, cruzando sin descanso entre Fuenfría y Valsaín. Es un jinete solitario, envuelto en un oscuro manto que parece demasiado pesado. Su montura no deja huella alguna, y su paso, aunque acelerado, no agita las ramas de los arboles ni deja marcas en la nieve. Algunos lo llaman Hugo de Marignac, aunque otros prefieren no nombrarlo.
Este jinete fue, siglos atrás, senescal de la Orden del Temple. Se contaba que pertenecía a un oscuro linaje y que su mirada era tan amenazante como la de las fieras. A este caballero le fue confiado un encargo que pocos templarios hubieran aceptado: custodiar los tesoros de su orden en aquellos últimos días antes de la disolución. Hugo había llegado al corazón de Castilla en tiempos de incertidumbre, cuando los reyes miraban con sospecha a los monjes guerreros, y el trono de Francia tejía su traición.
Se dice que Casarás no fue solo un refugio monástico, sino que también ocultaba numerosos secretos. Bajo sus cámaras, entre los corredores ocultos y las criptas tapiadas, se escondieron cofres, documentos y reliquias de poder. En los registros de Valsaín se hace breve mención a la llegada de aquel templario extranjero y a la extraña actividad que durante años realizo en aquel convento.
El caballero no solo guardaba el oro y las reliquias. También ocultaba una pasión prohibida. Se había enamorado, con una intensidad que desbordaba los votos de su orden, de una dama de la corte real, una condesa joven al servicio de la reina de Castilla. La pasión creció en secreto, pero para su desgracia jamás fue correspondida. La dama, fiel a su prometido y a sus principios, rechazó con firmeza cualquier insinuación del caballero. Hugo, humillado y obsesionado, no aceptaba aquellos desprecios de la joven.
Entonces buscó caminos que solo se encuentran en la desesperación. En una gruta cercana a los bosques de Peñalara, conocida más tarde como la Cueva del Monje, vivía un ermitaño cuyo rostro no era muy conocido, un ser anciano, desgastado por los años de encierro en la cueva y por las prácticas de magia negra aprendidas en Oriente. Nadie se atrevía a acercarse a su guarida. Lo consideraban hechicero, maestro en las artes negras, invocador de demonios y esclavo del dios Baphomet. Sin embargo, su magia era utilizada por muy altos personajes que, creyendo en su eficacia, acudían en muchas ocasiones al hogar del monje buscando remedios para males de amor no correspondidos.
Allí acudió Hugo de Marignac, buscando en la magia lo que no había logrado con la razón ni con el deseo. Llevaba consigo a víctimas inocentes, niños, muchachas y mozos del campo que habían sido secuestrados bajo la noche, envueltos en mantos oscuros para que sus gritos no llegaran a oídos de nadie. Con ellos pagaba los ritos del monje que según se decía necesitaba sangre de adolescente y bajo la luz verde de las hogueras alquímicas, asistía a ceremonias en las que el aire olía a azufre, sangre y ruina. Presidiendo cada conjuro, se encontraba el rostro pétreo de una estatua de Baphomet que contemplaba aquellos actos con aire de satisfacción. El caballero buscaba encontrar la forma de enamorar a la joven con aquella magia, y sabia que el monje, a quien llamaba hermano, pronto le enseñaría lo necesario para conseguir sus deseos.
Pero una de esas noches, cansado de tantas visitas y de no obtener aún los conocimientos necesarios, el caballero llegó cabalgando desde Valsaín, atravesando el arroyo de las Dos Hermanas, cruzando las sombras de Peñalara hasta alcanzar el hogar del ermitaño. El monje, que conocía la impaciencia del caballero lo esperaba. Junto a un altar de piedra había una hoguera reluciente con llamas verdes. Allí, el templario le entregó al infante que había traído en la grupa del caballo. El monje le dijo que aquella noche por fin le daría el poder que el caballero tanto ansiaba, y que después de aquel sacrificio la joven caería rendida a sus pies. El sacrificio fue rápido, el cuchillo del monje descendió como la noche sobre la víctima y su sangre se mezcló con la ceniza y las rocas húmedas. Sobre una vasija de agua negra apareció, lentamente, el reflejo de la dama que Hugo tanto amaba. Su imagen era fantasmal pero hermosa que emergió del fondo del agua como una bella flor.
El hechicero alzó los brazos y pronunció las palabras finales del conjuro. Entonces le hizo la señal a Hugo, quien embriagado por la visión de su amada, tomó su espada y atravesó el corazón de la figura. De inmediato la imagen se desvaneció y el agua se tiñó de rojo. De esta forma, el alma de la mujer había sido herida por la espada del caballero y sufrirá un amor irresistible al cual tendría que sucumbir
Creyéndose vencedor, Hugo se dispuso a marcharse. Pero el monje, con voz envenenada, le reclamó lo que él consideraba un pago justo: el escondite secreto del tesoro templario. Hugo, aún poseído por la fiebre del ritual, se negó, entonces el anciano sonrió. Ya lo había previsto.
Le reveló al caballero una verdad devastadora: el rito no había sido un conjuro de amor, sino una condena. Al clavar su espada, Hugo había destruido la posibilidad de que la joven lo amase. El alma de la dama jamás sería suya y nunca recibiría de ella ni una simple caricia, solo odio y sufrimiento.
Encolerizado, el templario desenvainó su espada. El monje, pese a su edad, hizo lo mismo y desató una lucha feroz. Pelearon como bestias, rodeados de llamas y sangre, aquel anciano era mejor luchador de lo que parecía, pero al final, fue el templario quien venció. La espada atravesó el cuerpo del nigromante y lo clavó contra la roca, donde, según algunos, aún permanece su silueta.
Hugo, intranquilo y sin fiarse del todo del monje cabalgó a toda prisa de regreso al convento, pero nadie volvió a verle como hombre. Su cuerpo mortal desapareció, pero su alma quedó atrapada entre los riscos y las ruinas, condenada a errar entre las sendas del Guadarrama, buscando una expiación de sus pecados y temerosa de que la del monje nigromante pueda descubrir el escondite del tesoro templario. Su figura sigue apareciendo, sobre todo en las noches sin luna. Cabalga a gran velocidad, envuelto en un manto que oculta los gritos de quienes lleva consigo. Aquellos que lo han visto dicen que, cuando el viento agita su capa, se revela sobre su pecho una horripilante cabeza bordada en rojo que cubre el peto de su hábito guerrero.
Las ruinas del convento de Casarás siguen allí, ocultas entre pinos, zarzales y ortigas. La vegetación ha reclamado lo que alguna vez fue suyo, y apenas se distinguen los restos de lo que fue un edificio imponente. En otros tiempos, sirvió de residencia para los reyes Felipe II, Felipe III y Carlos II, quienes, en sus viajes hacia el Palacio del Bosque en Valsaín, se detenían allí a descansar acompañados de su séquito. El lugar fue también un convento, una casa de postas, y, según ciertas crónicas, una prisión de caballeros templarios caídos en desgracia.
No hay certeza sobre los cofres ocultos que Hugo protegía. Tampoco sobre los nombres de las víctimas que se llevó consigo. Pero hay noches en las que el eco de cascos invisibles resuena entre los árboles, y entonces, los que conocen la historia no dudan: el templario vuelve a cabalgar.







