
El 20 de febrero de 1936 no fue un día de celebración para Manuel Azaña. Fue, más bien, el despertar accidentado de una realidad que ya no admitía errores. Apenas unas horas después de asumir el poder, lo que tenía delante no era un Gobierno consolidado que manejase la situación, sino un país en tensión, con disturbios en las calles, cárceles en rebelión y una maquinaria política que apenas comenzaba a funcionar. Aquel día no era posible gobernar desde la calma, sino desde la urgencia y las precipitaciones de los acontecimientos.
A las once de la mañana, estando ya en la presidencia, se celebró el primer Consejo de ministros. Era el inicio formal del nuevo Gobierno, pero lejos de ceremonias o solemnidades, la reunión estuvo marcada por la necesidad inmediata de actuar. Azaña comenzó organizando el trabajo de los ministerios clave como eran Obras Públicas, Agricultura y Hacienda. Había que poner en marcha el Estado y dar dirección a una estructura que había quedado vacía el día anterior. Pero pronto, la teoría chocó de frente con la realidad.
Las noticias que llegaban desde distintos puntos del país eran inquietantes. En Andalucía y en el Levante aumentaban los disturbios. No eran incidentes aislados, sino una cadena de tensiones acumuladas que ahora estallaban sin control. Pero el caso más grave llegaba desde Valencia. «En Valencia hay un lío tremendo por la sublevación de los presos de San Miguel de los Reyes. Han quemado parte del penal. Están revueltos los presos comunes y los políticos, que han caído como en rehenes de aquellos.»
El incendio de parte de la prisión no era solo un acto de violencia, sino el síntoma de la ruptura del orden. Los presos comunes y los políticos se habían mezclado en el caos, convirtiéndose unos en rehenes de los otros. La autoridad había desaparecido incluso dentro de los muros de la cárcel y Azaña lo observaba con preocupación, consciente de que aquello podía extenderse.
Alicante tampoco ofrecía mejores noticias. Allí, la tensión había tomado otro rumbo y ya se había confirmado la noticia de que algunas iglesias habían sido incendiadas. «En Alicante han quemado alguna iglesia. Esto me fastidia. La irritación de las gentes va a desfogarse en iglesias y conventos, y resulta que el Gobierno republicano nace, como el 31, con chamusquinas.»
La comparación con 1931 no era casual. Azaña veía repetirse el mismo patrón, un cambio político acompañado de estallidos anticlericales que, lejos de fortalecer al Gobierno, lo debilitaban desde el primer momento. «El resultado es deplorable. Parecen pagados por nuestros enemigos.»
No era solo desorden. Era, en su visión, un error estratégico que podía volverse contra ellos.
Mientras tanto, en el interior del Gobierno, los problemas eran distintos, pero igual de graves. Tras analizar la situación del país, el Consejo se centró en los nombramientos. Había que llenar cargos, designar gobernadores, construir una estructura de poder que, en realidad, apenas existía. Y ahí apareció otro problema de fondo: la falta de personal preparado.
«He colocado a la mejor gente del partido, en el que hay un personal de segunda fila muy lucido y capaz, y muy honesto. De él podía salir un buen puñado de gobernantes, si nos dan tiempo para que hagan el aprendizaje y se formen. Este es uno de los mayores obstáculos: la falta de gente apta para gobernar. No existe el centenar de personas que se necesita para los puestos de mando. Así ha salido eso de los gobernadores..»
Pese a ello, intentó rodearse de gente de confianza. Había ofrecido la subsecretaría de la presidencia a Esplá, miembro de Izquierda Republicana y alguien con experiencia y habilidad política. Pero este rechazó el cargo. Prefería seguir en el periódico y dedicarse a la propaganda si el Gobierno organizaba ese servicio, porque la política real, la gestión diaria del poder, no le atraía.
Finalmente, Azaña nombró a Fernández Clérigo. Confiaba en él, aunque reconocía que le faltaba experiencia. Era, en cierto modo, un ejemplo del problema general, había gente válida, pero sin rodaje.
Para Azaña, el nivel de los cargos había descendido tanto que algunos rechazaban puestos importantes. «La talla ha bajado tanto, que hombres muy modestos se ofenden si se les ofrece un Gobierno Civil.» El caso de Lezama fue significativo. Se le ofreció el puesto de gobernador civil de Valladolid, y este consideró la oferta como una ofensa. «se le consultó por teléfono y rehusó, haciendo saber al intermediario que la oferta le molestaba como una vejación. Aspirará a una embajada, como todo periodista que se respete.»
Las relaciones con el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, tampoco empezaban con buen pie, Azaña le preguntó cuándo podría presentar oficialmente al Gobierno y su respuesta lo descolocó «Ha contestado que «la costumbre es que el Gobierno se presente en el primer Consejo que se celebre en Palacio». Esa costumbre es nueva para mí. En mi otra etapa de Gobierno, recibió a los ministros al constituirse el Gabinete. Es un síntoma del aprecio en que nos tiene.»
Por la tarde, con intención de calmar los ánimos, Azaña decidió dirigirse al país. Desde el Ministerio de la Gobernación, tomó el micrófono para enviar un mensaje claro, había que frenar la agitación, el Gobierno necesitaba tiempo, necesitaba orden y el pais debía de permanecer en calma.
Aquella intervención se había acordado en el Consejo como una medida urgente para contener el impulso descontrolado del Frente Popular en la calle. No se trataba de reprimir, sino de calmar a la población, pero incluso en ese intento de estabilización, la política se colaba en cada rincón.
En el despacho de Amós Salvador, ministro de la Gobernación, Azaña se encontró con Manuel Giménez Fernández, una figura destacada de la CEDA. Su presencia allí era significativa: la derecha buscaba ahora acercamiento, diálogo… incluso protección. «Asegura que no le separa de mí más que la política religiosa. Nunca le he oído hablar, ni leído nada suyo. Ignoro si vale para algo. Es hombre joven, de aspecto tosco, como de señoritón, y, por lo que hasta mí llega de sus ideas políticas, me parece un conservador utópico, para discursos en los juegos florales, formado en academias escolares, con el aditamento de querer ser «moderno» y avanzado y no «asustarse de nada».»
Giménez Fernández representaba una corriente más moderada dentro de la derecha, distinta de la línea más dura de José María Gil-Robles. Defendía un “cristianismo social” que Azaña veía con escepticismo. Para él, esa postura era contradictoria en el contexto español. «Estos cristianos sociales reeditan la posición de Ossorio hace veinte años. Rigurosamente fracasada. En España lo «cristiano» es específicamente católico. Lo social, en cuanto sale de academias y ateneos (a veces, sin salir) y abarca intereses vivos de las clases, es anticatólico. Y el catolicismo militante es acérrimo defensor del orden establecido. No sé cómo pueden conciliarse en una política ambas tendencias. Quien la mantenga de buena fe y con miras de conservación social está destinado al fracaso y la soledad, sobre todo entre las clases conservadoras. Porque las otras, ni siquiera lo oyen.»
Pero lo más revelador no fueron sus ideas, sino su actitud y es que Giménez Fernández, había venido a hablar con Azaña para ofrecerle su apoyo en la amnistía. El mismo sector que para Azaña, meses antes había endurecido la represión, ahora hablaba de “pacificación social”. Azaña interpretó el cambio con claridad: no era convicción, era miedo. «Tienen
un miedo horrible. Ahora quieren pacificar, para que las gentes irritadas se calmen y no los hagan pupa. Si hubiesen ganado las elecciones, no se habrían cuidado de pacificar y, lejos de dar la amnistía, habrían metido a la cárcel a los que aún andan sueltos.»
Y así se lo hizo saber a Giménez Fernández, con una mezcla de ironia. «Me aseguraba Giménez y Fernández que confían en mí. «Tienen ustedes que convencerse —le dije riendo— que la derecha de la República soy yo y ustedes unos aprendices extraviados»»
Era una frase provocadora, pero que también revelaba su visión: él se veía como el punto de equilibrio frente a una derecha desorientada y una izquierda desbordada.
La cuestión de la amnistía se convirtió en uno de los temas centrales del día. Muchos consideraban urgente aprobarla cuanto antes. Algunos como Miguel Maura, una de las principales figuras de la derecha republicana, sugerían hacerlo por decreto si surgía algún obstáculo parlamentario, pero Azaña se negó. «Le contesté que de ningún modo lo haría. Si creen que la amnistía es necesaria y urgente, que la voten en la Diputación. El decreto sería ilegal y me lo echarían en cara.»
Sabía que un decreto debilitaría al propio Gobierno y prefería forzar a sus adversarios para votar la medida en las Cortes. Era una jugada política calculada, sabía que tenían miedo, y confiaba en que ese miedo los empujara a apoyar la amnistía.
Así el día avanzaba entre decisiones, tensiones y señales contradictorias. Por un lado, un Gobierno que intentaba organizarse. Por otro, un país que parecía ir por delante, desbordando cualquier intento de control.
Y Azaña no se engañaba, sabía que aquello no era solo el inicio de un mandato. Era el inicio de una etapa peligrosa, donde cada decisión tendría consecuencias inmediatas. Y aunque no lo dijera en voz alta, su diario lo dejaba entrever: gobernar en esas condiciones no era ejercer el poder… era contener el derrumbe.
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