
En julio de 1936, la sublevación del Cuartel de la Montaña había sido sofocada con sangre y fuego. La capital, aún temblorosa por el estruendo de las ametralladoras y el aullido de los proyectiles, se había convertido en un lugar de sospechas y acusaciones donde algunos, celebraban su triunfo en el Cuartel con una mezcla de júbilo y paranoia.
En las calles, los vítores pasaban a ser acusaciones. Cualquier gesto, una cara mal recordada o una palabra dicha a destiempo, podía ser el comienzo de una detención. El fracaso del golpe militar en el cuartel no trajo calma, más bien todo lo contrario, pues dio comienzo a una vigilancia más estricta, una red de espionaje donde cualquier militar era sospechoso, un estado de alerta donde incluso los leales al gobierno eran «leales provisionales», y los traidores acababan más pronto que tarde en estado desaparecido.
Fue en esa atmósfera densa como el humo de un fusil, donde se tejió una de las historias más brutales y desgarradoras de aquella tragedia. En el número 5 de la Puerta del Sol, donde los escaparates aún brillaban como si la guerra no hubiera llegado, se escondía un hombre. Su nombre era Néstor Renedo López, capitán de zapadores. Había participado en la rebelión del Cuartel de la Montaña. Y había logrado escapar.
Salió disfrazado de soldado, entre la confusión de los heridos y los vencidos. No huyó lejos. Fue a esconderse donde el corazón lo llamaba, a casa de su prometida, Luz Álvarez Villanueva, una joven de 26 años que lo esperaba con la ansiedad de quien presiente un desastre.
Allí, entre cortinas cerradas y relojes que parecían no avanzar, se refugió durante días. Pero el escondite era frágil, como todo en Madrid por aquellos días. Con ayuda, logró llegar a la embajada de Guatemala y más tarde, cruzaría las líneas hacia la zona nacional. Lo que dejó atrás, sin embargo, no fue solo su uniforme, sino a todos aquellos que lo amaban.
El 30 de noviembre de 1936, milicianos armados llamaron a la puerta del número 5 de la Puerta del Sol. Allí detuvieron a Luz y a Salvador Renedo López, hermano de Néstor, un muchacho de diecinueve años que también se había refugiado en aquel piso. Un día antes, habían arrestado a su madre, Laura López Jáuregui, y a su hermana Isabel en su vivienda de Guzmán el Bueno, número 17. Dos días después, irían por la más pequeña, Laura, de apenas quince años y que era sordomuda, conocida en su casa como la «Cuca».
La niña más pequeña había quedado al cuidado de la portera, Isabel Olivera Gordillo. Pero la mujer, enfrentada a su propio miedo, decidió entregarla a las milicias. Quizá pensó que protegerla era imposible, o tal vez simplemente temió por su vida. Pero lo cierto es que cuando los hombres llegaron, abrió la puerta y la dejó marchar con ellos.
Aquel grupo roto de madre, hijas, hijos y la prometida de Néstor, fue recluido en los sótanos del Palacio Nacional, que era como se le conocía al Palacio Real rebautizado como una checa. Según los informes de la Cruz Roja Internacional, hasta ochocientas personas estuvieron allí encerradas en condiciones miserables. Un abismo bajo los salones de la monarquía, donde las paredes oían gritos que nadie más debía escuchar.
El Palacio albergaba también la columna Mangada, un batallón de milicias republicanas con cuartel general allí mismo. Fue ante su tribunal revolucionario que los familiares de Néstor Renedo fueron presentados y juzgados en la penumbra por un crimen absurdo, el de ser sangre y amor, de un oficial insurrecto.
La sentencia no tardó. Todos ellos debían morir. Y así ocurrió, días después todos los seres queridos del capitán Renedo fueron asesinados. Tiempo más tarde, un testimonio espeluznante confirmaría que Luz Álvarez fue violada antes de ser ejecutada.
Pero el origen de aquella detención había nacido dentro de casa. Salvador Párraga González, ferroviario, militante de UGT y cuñado de Néstor, fue señalado como el delator. Estaba casado con Conchita Renedo, hermana del capitán y fue arrestado en abril de 1939 y procesado por su presunta participación en aquella denuncia.
En su defensa, Párraga dijo que no había delatado a nadie. Que se había unido al Partido Comunista en octubre del 36, y que sirvió como voluntario en la columna Mangada con sus hermanos Juan y Manuel. Aseguró que, cuando las tropas nacionales se aproximaron, huyó de la Casa de Campo como tantos otros. Que fue entonces destinado al Palacio Nacional, donde empezó a servir como camarero del comedor de oficiales.
Allí, según relató, el capitán Felipe Marcos García-Redondo —uno de los mandos de los «Linces de la República», que era un grupo encargado de «limpiar» la retaguardia— le preguntó por su familia política y le permitió ver a los prisioneros. Visitó a su suegra, a sus cuñados y a Luz. Pero dijo que no podía hacer nada. Que su posición era débil, que se la estaba jugando y que su influencia era nula.
La justicia franquista no creyó en su inocencia. Su propia esposa juró que su marido no tuvo culpa, pero las cartas recuperadas tras la guerra tuvieron mucho peso en el juicio. En una, Salvador calificaba a sus parientes como «fascistas». En otra, confesaba que lo de denunciar «lo haría hasta con mi padre». «Yo creo que primero es la causa, aunque la causa creáis que no merece sacrificios familiares».
El capitán García-Redondo ofreció dos versiones: en una, admitió haber sido él quien los delató; en otra, acusó a Salvador de haberlo hecho. Según esta última, Salvador lo visitó mientras convalecía de una herida y le insistió en que denunciara a los Renedo, diciendo que su familia lo despreciaba por ser el único de izquierdas.
Fuera como fuese, los denunciaron y los mandaron ante Juan Tomás Estelrich, líder de los Linces y a los pocos días, los prisioneros estaban muertos.
Ambos fueron condenados a muerte. García-Redondo fue fusilado el 21 de enero de 1944. A Salvador le conmutaron la pena por treinta años y salió en libertad condicional en 1951.
Sus hermanos Juan y Manuel también fueron condenados. Juan a treinta años; Manuel, a doce pero poco después ingresaría en un hospital psiquiátrico. Isabel Olivera, la portera que entregó a Cuca, recibió una condena de doce años y un día. Nunca olvidó el momento en que la puerta se cerró detrás de la niña.
Pero la historia de esta familia aún tenía más sangre escrita. El 25 de septiembre de 1936, Fernando Renedo, otro de los hermanos, fue detenido en su casa de Guzmán el Bueno. Cuatro milicianos llegaron acompañados del portero de la calle Andrés Mellado, conocido como «el Porterín». Lo llevaron a la checa del Partido Comunista, luego a la de Fomento. Allí, una madrugada, seis milicianos lo metieron en un coche y lo condujeron hasta la carretera de Puerta de Hierro. Le dispararon cinco veces, pero no murió.
Un guarda del Parque del Oeste lo encontró y lo llevó al centro médico de la calle Navas de Tolosa. Después fue internado en la Cárcel Modelo, trasladado después a Porlier y finalmente liberado. Logró refugiarse también en la embajada de Guatemala, donde permaneció hasta el final de la guerra.
Florentina Villanueva Viejo, madre de Luz y suegra del capitán Renedo, señaló en 1939 a su criada, María Cruz Téllez García, como otra posible delatora. Dijo que la muchacha los había amenazado, que los llamó «fascistas a los que había que fusilar» y aseguró que fue ella quien abrió la puerta a los milicianos. Además se despidió sin causa justificada dos o tres días después, llevándose sin permiso ropa de cama y de vestir.
La joven criada lo negó todo. Dijo no conocer a los hombres armados. Que no sabía que su novio, Pedro Vázquez Escolano, era jefe de una checa. Que no robó nada en cuanto se marchó. Que se afilió a la UGT solo por «ser requisito para poder trabajar para vivir» y que estuvo trabajando después como sastra en un taller «porque debía alimentar a seis hermanos».
Fue condenada, no por las muertes, sino por «exaltación marxista» y «excitación a la rebelión». Le cayeron seis años y un día. En 1943, la pena fue reducida a tres.
La historia de los Renedo López no sobrevivió en los libros de historia, pero sí en los registros judiciales, en los informes diplomáticos y en la memoria de quienes vieron cómo Madrid se convertía en un lugar de resistencia y a la vez de crimen.
La ciudad seguía llena de muertos que no estaban bajo tierra. Estaban en las ventanas, en los porteros que sabían demasiado, en las criadas que abrían las puertas, en los silencios de los que prefirieron no saber. La historia de los Renedo López no fue la excepción. Fue el reflejo fiel de una ciudad que se desangraba por dentro, una ciudad donde las paredes ya no daban sombra, sino solemne sepultura.
Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.
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