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Hombres Sin Pasado: El Nacimiento de la Legión

Hombres Sin Pasado: El Nacimiento de la Legión


Octubre de 1920 no fue, para Francisco Franco, el inicio de una simple operación militar, sino el momento en que empezó a tomar forma una idea mucho más ambiciosa, la de reunir a hombres sin pasado y convertirlos en una fuerza nueva, unida no por lo que habían sido, sino por lo que estaban dispuestos a ser. Desde el embarque en Algeciras, mientras observaba a aquel centenar de hombres que se apiñaban en las barcazas, comprendía que no estaba ante soldados convencionales, sino ante una mezcla extraña de destinos rotos y voluntades errantes que, sin saberlo del todo, estaban cruzando una frontera definitiva en sus vidas.

Aquellos hombres no respondían a un molde único. Entre ellos se mezclaban los trajes de mahón con sombreros de paja, los rostros curtidos por el sol con otros más pálidos y extranjeros, jóvenes inquietos junto a hombres ya castigados por la vida. Subían al barco en silencio, con una expresión difícil de descifrar, como si intuyeran que aquel viaje no tenía regreso. Sin embargo, una vez en cubierta, la tensión inicial pareció disiparse momentáneamente. Surgieron bromas, juegos, risas espontáneas, como si quisieran aferrarse a los últimos restos de una normalidad que ya se desvanecía. «Parece que vuelven a ser niños», pensaba Franco, observando aquella escena con una mezcla de distancia y comprensión. Pero el mar, con sus movimientos, se encargó de devolverlos a la realidad, obligándolos a guardar silencio por momentos, a mirar hacia la costa que se aproximaba y asumir que aquello era el comienzo de una nueva vida.

Cuando finalmente llegaron a Ceuta, el ambiente cambió de inmediato. La figura de José Millán-Astray dominaba la escena desde la pequeña embarcación que se acercaba al muelle, agitando su gorro con energía, como si estuviera recibiendo no a un grupo de hombres, sino a los primeros integrantes de algo que aún estaba por definirse. El encuentro fue breve, casi abrupto, pero para Franco, estaba cargado de significado. «¡Ya estamos juntos! Allí está el Jefe, y en el barco llega el material para la obra» En pocos minutos, los hombres fueron desembarcando y se unieron en formacion. Aquellos hombres que hasta hacía un instante eran una masa desordenada adoptaron la postura rígida de quienes comienzan a comprender dónde están. «Se alejan en silencio profundo, con las cabezas erguidas y el paso firme, como aquellos que están poseídos de lo que significa ser soldado. Presenciando el desfile, la emoción nubla nuestros ojos, ¡es nuestro sentimiento legionario que alborea!»

Fue entonces cuando escucharon por primera vez lo que realmente significaba su decisión de entrar en la Legión. En el patio del cuartel, bajo la mirada firme del jefe, se les habló sin rodeos, no se les ocultó nada, pero tampoco se suavizó la verdad. «la Legión les abre sus puertas, les ofrece olvido, honores, Gloria; se enorgullecerán de ser legionarios; recibirán
sus cuotas y percibirán los haberes prometidos; podrán ganar galones, alcanzar estrellas; pero a cambio de esto, los sacrificios han de ser constantes, los puestos más duros y de más peligro serán para ellos, combatirán siempre, morirán muchos, quizá todos…»

Aquellas palabras no provocaron desbandada ni dudas visibles. Al contrario, parecían asentarse en el ánimo de aquellos hombres con naturalidad. Franco observaba aquella reacción con atención, consciente de que aquellos hombres estaban aceptando su nuevo destino, pero también conocedor de que aún tenían la posibilidad de retirarse. Bastaba una excusa, un dolor mínimo ante el reconocimiento médico, una sola palabra y serían devueltos a su vida anterior. Pero esa posibilidad no fue utilizada. «No es necesario; en forma solemne y con las gorras y sombreros en alto, juran morir por la Legión.»

Entre ellos había hombres de distintas nacionalidades como alemanes, franceses, italianos y portugueses, también hay antiguos militares, hombres aventureros y algunos individuos sin rumbo claro. Sin embargo, en ese instante, todas esas diferencias quedaban absorbidas por esa única identidad que comenzaba a formarse.

Pese a su entusiasmo no todos pudieron formar parte de ella. El reconocimiento médico dejó fuera a varios hombres, y la escena que siguió dejó en Franco una profunda impresión. «Entre ellos se distingue, por su interés en quedarse, un joven de aspecto enfermizo cuyos ojos lloran: -¡Señor, déjeme ser legionario! -dice suplicante-, que yo le prometo ser muy buen soldado. Mire usted que es una penitencia.» Ese joven había abandonado su convento en el pasado para conocer mundo, pero arrepentido pasado un tiempo, quiso volver para hacer sus votos, sin embargo, el Prior le puso como penitencia servir durante cuatro años en la Legión y si pasado ese tiempo seguía pensando en lo mismo, podría reingresar en el convento. Pero ni siquiera ese deseo bastaba, la dureza de la vida que les esperaba no admitía excepciones. Fue rechazado, no por falta de voluntad, sino por incapacidad física, y tuvo que marcharse junto a otros que no podrían soportar lo que vendría.

Los que permanecieron comenzaron de inmediato su transformación. En la Posición A, a pocos kilómetros de Ceuta, empezó la organización real de las primeras unidades. Recibieron sus primeras pagas y las gastaron con una mezcla de entusiasmo y despedida, como si supieran que aquellos momentos eran los últimos vestigios de una vida anterior que ya no volvería. En pocos días, la disciplina sustituyó a la improvisación que hasta entonces había marcado sus vidas. La instrucción comenzó con intensidad, los ejercicios de tiro se sucedieron y cada día estaba orientado hacia un objetivo claro: prepararlos para el combate.

«El 16 de octubre se ordena marchen a Riffien las tres primeras compañías organizadas, que pasan a constituir la primera Bandera de la Legión. Este lugar ha de ser en lo sucesivo cuartel de legionarios» A partir de ese momento, todo adquirió una dirección más concreta. Algunos hombres recibieron misiones iniciales, como el grupo enviado como acemileros a las operaciones de Xauen. No era el combate directo que muchos deseaban, pero aun así lo asumieron con orgullo. «los compañeros les ven marchar con sana envidia; todos ansían la ocasión de demostrar sus entusiasmos; y aquéllos, felices, alcanzan el honor.»

Con el paso de los días, la vida en el cuartel empezó a revelar historias que daban forma al espíritu de la Legión. No eran relatos heroicos en el sentido tradicional, sino fragmentos de vidas que se entrelazaban de manera inesperada. Franco recordaba a un legionario de edad avanzada que se cruzó con un oficial, se miraron unos segundos y terminaron abrazándose con gran emoción. Era su hijo. Aquella escena, aparentemente simple, resumía la esencia de aquel lugar: hombres separados por la vida que se reencontraban bajo una misma bandera. «La novela de la Legión empieza a tejerse. La vida ha reunido en sus filas hombres tan distintos que, perdidas en el mundo sus vidas, hoy se relacionan y unen; aquí se encuentran hermanos separados desde hace muchos años; cada día que pasa salen a la luz más detalles de su interesante historia.»

También había momentos extraños, casi absurdos, que sin embargo contribuían a construir una identidad común. Algunos legionarios olvidaban el nombre con el que se habían alistado y tenían que consultarlo en un papel. Otros reaccionaban con orgullo ante situaciones triviales, como aquel que, al preguntarle si quería las sobras, que era como se conocía al dinero que recibían diariamente los soldados en mano, respondió con la dignidad herida: «Lo que deseo es lo lícito, no quiero sobras.» Eran detalles pequeños, pero revelaban una transformación interna, una reconstrucción de la identidad bajo nuevas reglas. «Así se van sucediendo mil episodios de la vida de estos hombres que bajo las Banderas de la Legión se sienten caballeros.»

Con el tiempo, la cohesión de la unidad comenzó a hacerse visible en actos más formales, como la visita de un general inglés que supuso para ellos una prueba importante. Los legionarios, aún con escasos días de instrucción, formaron con una disciplina sorprendente. «Es la primera vez que marchan reunidos; contados fueron sus días de instrucción; pero sus espíritus despiertos lo hacen todo, y poniendo sobre el hombro las armas, marchan con la gallardía y soltura de viejos soldados.» La impresión que causaron fue inmediata y el general ingles se marchó tan satisfecho que hasta los lleno de elogios en la prensa Inglesa.

Poco después, en el llano del Tarajal, se celebró la jura de bandera, para Franco, fue un momento solemne, cargado de simbolismo. «el Teniente Coronel les dirige breves palabras y les toma el juramento de fidelidad; a sus frases responden los
legionarios con el gorro en alto jurando morir por la Legión, y besando la sagrada enseña desfilan marciales oficiales y soldados.»

Cuando la Bandera a la que habían prestado juramento se alejó por la carretera, no hubo tristeza en quienes la observaban. Había emoción, pero también la certeza de que aquello no era un final, sino el comienzo de algo que aún debía ganarse. Franco lo percibía con claridad y lo expresaba en una reflexión que resumía todo el proceso vivido hasta entonces: «No es nuestra propia Bandera… que aún tenemos que ganar.» Franco sabia que la Legión no era todavía lo que aspiraba a ser, pero ya había iniciado el camino para convertirse en ello, construida no sobre la experiencia previa de sus hombres, sino sobre su decisión de entregarse por completo a un destino mayor.

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