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Los Huérfanos de la Guerra

Los Huérfanos de la Guerra

«Llevo haciéndome la misma pregunta una y otra vez; una y otra vez, desde hace más de 80 años: ¿Por qué, por qué, por qué? Siempre lo mismo, pero no hay respuestas». La voz de Luis Antonio Azcoitia Argüelles se quebraba al recordar el pasado. Nuestro protagonista de hoy, era solo un niño de 12 años cuando su madre fue fusilada por los republicanos en Ribadesella, un suceso que era incomprensible para un niño, y a día de hoy sigue siendo igual de incompresible para este hombre. Es uno de los momentos más dolorosos de su vida, pero no puede evitar añadirle una dosis de inocencia y emoción. Recuerda los combates aéreos, las aventuras en busca de comida e incluso la alegría que sintió con «la liberación de Gijón» como él la llamaba. Y es que hablamos de la guerra y de Asturias, una de las regiones más castigadas, pero también hablamos de un niño. Acosado, perseguido, pero un Jovencito al fin y al cabo para quien la llegada de los nacionales a la región significaba «volver a casa».

Luis Antonio pertenecía a una familia de derechas, «conservadores, monárquicos y muy políticos» no era para menos, ya que esta familia eran primos de Manuel Argüelles, ministro con Alfonso XIII y con Primo de Rivera, Luis Antonio rememora los primeros momentos de aquellos 14 largos meses de batalla en los que su familia fue perseguida y gran parte asesinada. En total esta familia perdió a cinco miembros, incluida la madre de Luis Antonio, Hortensia Argüelles. «Cuando estalló la guerra aquí, en Infiesto, mi abuelo y sus hermanos tuvieron que huir de inmediato. Venían en su busca. Les tirotearon, pero en ese momento pudieron escapar. Más tarde, uno de ellos, José Argüelles y Argüelles, fue asesinado en la playa de Gijón con otros 18».. Antonio relata cómo a partir de ese momento comenzaron los registros en la casa: «Se llevaban todo lo que podían, desde colchones, sillas, hasta la ropa…». Luego llegaron las detenciones de sus padres y más tarde, el batallón Somoza con una orden de desalojo. Este Batallón echó a su familia de su casa para convertirla en un hospital republicano.

El primer domingo de septiembre de 1936 amaneció diferente. Nada volvió a ser como antes. Antonio y sus dos hermanos, de 13 y tres años, se preparaban para visitar a su madre en la cárcel pero no pudieron verla. «No entendíamos nada y mandamos a un empleado a investigar». La verdad no tardó en llegar.«El 6 de septiembre de 1936 mi madre, que estaba en estado, fue fusilada junto a cuatro personas más en Ribadesella. Luego lanzaron los cuerpos al agua».

Luis Antonio ha perdonado a sus verdugos, pero esa herida nunca ha dejado de sangrar. «A ella le gustaba la política, pero la política de pueblo. Era partidaria de Gil Robles, incluso en una ocasión estuvo de interventora en una mesa, pero no me parece suficiente para darle ese final», lamentaba Luis Antonio. Unos pescadores recuperaron su cuerpo y la enterraron. «Luego la trajimos al pueblo. Fue muy duro, a nosotros nos lo dijo mi tía, pero a mi abuela se lo ocultamos hasta que entraron los nacionales, el 21 de octubre de 1937. En casa nunca se pudo hablar del tema. Cada uno cargaba lo suyo»..

Tras este doloroso capítulo, la situación empeoró. «Tuvimos que huir a Gijón porque la vida de mi tía corría peligro». UIna vez instalados allí el día a día fue más tranquilo, pasaban desapercibidos y, salvo algún que otro sobresalto, podían respirar. Su abuela, que se encontraba en Infiesto, cubría con los gastos, incluidos los del comité que repartía el suministro, esto era posible para la abuela ya que se trataba de una familia adinerada, poseían una central eléctrica, vacas, tierras… «Los últimos días de la contienda me tocaba ir a por la comida y recuerdo mucho griterío y malestar entre la gente. No era para menos, el suministro era una botella de lejía y una escoba». Pero no podían cruzarse de brazos,  «nosotros salíamos todos los días a los alrededores de Gijón e incluso llegábamos hasta Llanera. Allí había un túnel —de un lado estaban los nacionales y del otro los rojos—. Allí conseguíamos patatas, algo de harina, leche…»..

Conseguir alimentos, ese era siempre el principal objetivo. Pero entre carrera y carrera, también había tiempo para bañarse en la playa y «jugar como cualquier ‘guaje’, Lo mejor de aquella época era que no teníamos que ir al colegio», bromeaba Luis Antonio. Tambien confesaba que se escondían para ver los combates aéreos y con la inocencia propia de aquella edad recrea uno de ellos:«Una vez, durante un combate, un avión nacional rodeó al republicano, lo ametralló y vi caer el avión echando humo. Aunque lo más impresionante fue ver cómo bajaba algo más. ¡Era el piloto en paracaídas! Cayó al mar y se salvó. Increíble» Tampoco olvida los bombardeos en El Musel en Gijón, «eran de película». Como de película también fueron los de la toma de Santander, pero en aquella ocasión no le dejaron el mismo sabor de boca: «Horroroso, tremendo. A lo mejor no fueron para tanto, pero yo lo viví con verdadero pánico».

Junto a sus hermanos y al cuidado de su tía, Luis Antonio pasó los meses en Gijón, aunque no tardó en regresar su padre, que habia sido detenido antes del asesinato de su madre. Lo sometieron a juicio y le dejaron en libertad con la condición de que se pusiera a trabajar de inmediato. Le destinaron a la sección de divorcios en un juzgado.  «Sí, las milicianas querían divorciarse. Mi padre vivía asombrado durante el mes que trabajó allí. Después, lo mandaron a fortificar a Lugo de Llanera». Aunque allí tampoco aguantó mucho tiempo, el miedo a que lo mataran por la espalda era cada vez mayor, esto lo llevó a huir y un buen día se presentó en su casa, donde estuvo escondido hasta «el día de la toma de Gijón».

«Cuando los nacionales llegaron, la entrada en Gijón fue emocionante. Bueno, para mí. Porque de estar perseguidos, acosados… pues volvíamos a Infiesto. Venían de la zona de Villaviciosa, con unos capotes preciosos. Aquello fue tremendo, aplausos, abrazos…» Un mes después consiguieron regresar a su pueblo, tuvieron que arreglar la vivienda porque estaba totalmente destrozada, tanto por el frente como por un lateral, pero no importaba: «Estábamos en casa».

El testimonio de Luis Antonio, nos pone en la piel de aquellos niños de la guerra, que perdieron a sus padres y madres sin entender el motivo, una vida de huérfanos llena de sufrimiento a causa de la terrible guerra civil.

Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.

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Fuentes:

El Mundo: Especiales Guerra Civil

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