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A lo largo de la amplia y rica historia de España, pocas cosas habrán cambiado tanto como la visión que tenemos sobre las brujas y la magia. Hoy en día, ser tachada de bruja o de practicar la magia no solo no tiene ninguna consecuencia, sino que hasta parece haberse convertido en un fenómeno de entretenimiento. Las brujas y hechiceras han pasado de ser temidas y perseguidas a protagonizar programas de televisión. Sin embargo, en el siglo XV la realidad era muy diferente. En aquel entonces, ser acusada de brujería era un destino al que muchas temían, ya que no solo implicaba la humillación pública, sino que en muchos casos conducía al destierro o incluso a la hoguera. Una de estas personas que tuvo un final trágico fue María Mola, una mujer que sería conocida por todos como «La Agorera».
La vida de María Mola se desarrollo principalmente en Burgos, una ciudad medieval en el corazón de Castilla. Sin familia ni un oficio estable del que pudiera vivir, María se ganaba la vida practicando el arte de la adivinación y la brujería, dos actividades que en aquellos tiempos estaban muy cerca de ser consideradas como herejía. Era una época en la que la superstición y el miedo a lo desconocido dominaba la mentalidad de la gente, y debido a eso las adivinadoras solían estar perseguidas por la justicia. María siempre intentaba tener cuidado, y pedía a sus clientes que no revelasen las visitas que le hacían, durante mucho tiempo los clientes le fueron fieles, y no revelaron su siniestro negocio, pero finalmente, la suerte de María se agoto.
Un día, y sin previo aviso, fue arrestada e inmediatamente sometida a un juicio en el que fue acusada de brujería. Según parecía, uno de sus clientes se acabó yendo de la lengua, y aunque logró salvar la vida, el castigo que le impusieron fue muy severo: la vergüenza pública. María fue condenada a un escarmiento público el cual consistía en ser emplumada, primero la cubrieron de brea y luego de plumas, mientras ponían un gorro puntiagudo que simbolizaba su siniestro «trabajo» como bruja. Con este atuendo, María fue obligada a recorrer las calles de Burgos acompañada por los guardias, mientras los habitantes de la ciudad la insultaban, escupían y le lanzaban objetos de todo tipo.
Aunque habia sido humillada y vapuleada, María sobrevivió a la experiencia. Sin embargo su castigo no acabó ahí, ya que no pudo seguir viviendo en Burgos. La sentencia incluía el destierro, por lo que tuvo que marcharse y buscar un nuevo lugar donde reconstruir su vida. Decidió dirigirse a Madrid, que ya era una ciudad más grande, y parecía el lugar perfecto donde empezar de nuevo y poder vivir en el anonimato. No obstante, al llegar a la ciudad no se le permitió asentarse dentro de sus límites debido a la condena que le impusieron en Burgos. Así que María se instaló en un pequeño poblado en las afueras de la Villa y de la Corte, esperando que la distancia de las autoridades y la superstición natural de la gente, le permitieran retomar su antiguo oficio.
En aquel nuevo entorno, María Mola logró reanudar su práctica de adivinadora y a medida que pasaba el tiempo, comenzó a ganar fama en el lugar donde vivía. Las gentes de allí acudían a ella para consultar sobre sus problemas y preocupaciones, buscando una respuesta en su habilidad para leer el futuro. María echaba las cartas con destreza y soltura, y solía ofrecer a sus clientes las respuestas que querían oír, lo que aseguraba que volvieran en busca de más predicciones. Su fama creció tanto que su clientela no se limitaba solo a los habitantes más pobres de los alrededores, sino que también incluía a personas de mayor posición social que buscaban soluciones a sus inquietudes.
Las gentes de aquel arrabal, que se encontraba en lo que hoy sería la Plaza de Santa Ana, en el famoso barrio de Las Letras, empezaron a conocerla como «María La Agorera». En aquellos días, este lugar no era el centro vibrante que es ahora, sino más bien un suburbio de Madrid formado por pequeñas casas y personas humildes. María habia ampliado el negocio, y ahora ofrecía una amplia gama de engaños: desde remedios caseros para curar enfermedades hasta brebajes de amor y maleficios para curar el mal de ojo. También realizaba sortilegios y rituales para atraer la buena fortuna y deshacerse de los malos espíritus. Pronto, la fama de María como bruja y adivinadora se extendió más allá de su entorno, y su casa se convirtió en un lugar de peregrinación para todos aquellos que buscaban respuestas a lo desconocido.
Aquella nueva vida en Madrid llena de prosperidad, parecía alejar a María de los horrores que había vivido en Burgos. O eso creía ella, ya que su suerte, una vez más, estaba a punto de cambiar. Todo comenzó cuando un día apareció un joven fraile en la puerta de su casa. Este fraile era un hombre muy devoto pero que se encontraba plagado de dudas espirituales. Había sido enviado a consultar a María por recomendación de otro fraile del cercano convento de San Francisco. Este último, agradecido por las donaciones de harina que María solía hacer regularmente al convento, creyó que ella podría ayudar a su compañero a encontrar la paz interior.
Según parecía, el joven fraile estaba siendo atormentado por la duda y el miedo, pues sentía que había cometido un pecado al dudar de la veracidad del milagro de la Santa Misa. Además, para empeorar su situación, el hecho de acudir a una adivinadora solo servía para hacer crecer su culpa. No obstante, desesperado por encontrar una solución acudió a María buscando respuestas. María, astuta como siempre y aprovechando la fragilidad del fraile, organizó un elaborado ritual que pretendía ser una conexión con el más allá. Durante este teatro, fingió entrar en un trance, sufriendo algunos espasmos repentinos que dejaron al fraile sin palabras. Cuando termino el ritual, María le aseguró al fraile que al día siguiente, durante la misa, vería una señal que despejaría sus dudas: «Vete y mañana en la primera misa verás un Ángel o un Diablo y tus dudas estarán resueltas».
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El fraile apenas pudo dormir aquella noche, ya que se encontraba aterrorizado por lo que pudiera suceder al día siguiente. Cuando por fin llegó el momento de oficiar la misa, antes de que saliera el sol, el joven franciscano se dirigió a la parroquia, y mientras recitaba las oraciones en la oscura y desierta iglesia, una extraña sombra empezó a moverse sobre una de las lámparas. Esta figura se movía angustiosamente, mientras batía sus oscuras alas y emitía agudos chillidos. Creyendo que estaba viendo al mismísimo demonio, el fraile perdió el conocimiento y cayó al suelo, desmayado por el terror. Lo que no sabía el fraile era que la figura que había visto no era más que una simple lechuza, que se había enredado en las cadenas de la lámpara y trataba de liberarse, y cuando lo hizo, se marchó volando plácidamente.
Cuando el fraile recuperó el sentido, estaba convencido de que había presenciado una manifestación demoníaca, tal y como María le había predicho. En su estado de pánico, confesó a toda la congregación lo que había sucedido, relatando con detalles cómo había visto los terribles ojos del mismísimo Belcebú. También terminó confesando como había sido la Agorera quien le había asegurado que vería el fondo de su alma, ya fuera a través de un ángel o de un demonio.
La historia del fraile y su supuesta aparición no tardó en llegar a oídos de las autoridades eclesiásticas, quienes ya habían oído hablar de la fama de María Mola como bruja. Decidieron actuar rápidamente para frenar las actividades de la Agorera, ya que la consideraban como una amenaza para la fe y el orden. Cuando los guardias llegaron a su puerta, María no tuvo escapatoria. Tras un interrogatorio confesó que había sido ella quien había colocado la lechuza en la iglesia para así asustar al fraile, pero colaborar con la justicia no le sirvió de nada. María fue juzgada de nuevo, pero esta vez bajo la estricta ley de Juan II de Castilla, que condenaba severamente las prácticas de brujería.
María fue condenada a morir en la horca, un destino que se llevó a cabo en público para que sirviera de ejemplo a otras hechiceras. La ejecución fue un evento que atrajo a muchas de las personas que alguna vez habían sido sus clientes. Solo que ahora, esas mismas personas la insultaban, la escupían y le lanzaban piedras mientras la soga se ceñia al cuello de la Agorera. Finalmente la sentencia se ejecutó puntual, y el cuerpo de María quedó inerte de la soga. La mujer que había engañado y manipulado a tantos, terminó su vida de la manera más humillante posible.
Se cuenta que mientras su cuerpo se mecía en el extremo de la soga, el espíritu de María salió arrastrándose de su cuerpo, para finalmente esconderse en los rincones de su arrabal. Cuando hubo pasado algún tiempo, comenzó a extenderse el rumor de que lo vecinos habían visto al fantasma de la Agorera rondando su calle, quizá en busca de venganza contra aquellos que se habían burlado de ella en su muerte, atormentando asi el sueño de los vecinos poco a poco.
El miedo se extendió rápidamente, y cada vez eran más las personas que intentaban evitar pasar por delante de su casa, algunos ni siquiera pasaban por su calle si podían evitarlo, y quienes tenían que cruzarla sin más remedio, lo hacían apretando el paso a la vez que recitaban una oración, como si de esa forma evitasen que la Agorera siguiera sus pasos. «No pases, no entres a la calle de la Agorera» se decían, y de tanto repetirlo, asi quedó el nombre, como el de la calle de la Agorera.
Durante muchos años fue conocida con ese nombre, aunque como muchas personas no conseguían pronunciarlo bien, acabó siendo conocida como Gorguera, por lo que cambió de nombre. Finalmente a principios del siglo XX la calle cambio de nuevo de nombre y actualmente se llama «Calle de Núñez de Arce», pero muchos no han olvidado a María, por lo que aún hoy en día hay personas que no se atreven a pasar por allí, temerosos del espíritu de la Agorera.
Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!
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