
Desde su sillón en un piso alto de Málaga, Joaquín Moreno Miranda contemplaba el horizonte del mar como si la brisa pudiera refrescarle los recuerdos. Era ya mayor cuando recibió a la prensa y aunque a veces no recordaba lo que había hecho hace un minuto, había una parte de su memoria que permanecía intacta, afilada como la metralla. Lo ocurrido en Belchite, en el Ebro, en Teruel… no se fue jamás de sus recuerdos. «No se la deseo a nadie», comentaba cuando alguien le mencionaba la Guerra Civil.
Nació en 1916 en Aldeanueva del Ebro, que era el pueblo de su madre, aunque su infancia se dividió entre ese rincón riojano y el barrio zaragozano de San José, donde el humo del ferrocarril y las ideas anarquistas eran el pan de cada día. Su padre, Narciso, era ferroviario y católico por lo que Joaquín, que era el segundo de varios hermanos, creció entre la misa, el trabajo precoz y el rumor incesante de una España que se desgarraba. A los doce años, comenzó a trabajar en una tienda usando el nombre falso de su hermano mayor, mientras que de noche estudiaba Comercio.
Cuando estalló la guerra, Joaquín que tenía 20 años no lo dudó: se alistó voluntario en la 2ª Bandera de la Falange en Zaragoza. Era católico, patriota y creía estar defendiendo un orden moral y social. En cambio su hermano Luis, que hacía el servicio militar en Barcelona, fue movilizado por el ejército republicano. Y así su familia quedó dividida en distintos bandos, en un enfrentamiento en el cual podrían haberse matado sin saberlo «La Guerra Civil es terrible, inhumana, porque ahí se matan hermanos contra hermanos»
Joaquín describía con tono contenido los primeros días en el frente de Aragón donde había largas horas de espera, mucha camaradería, y una ingenua esperanza de salir ileso de la contienda. «Esperando ilusionados en este maldito juego de la contienda salir incólumes y poder contar algún día a los nietos que habíamos estado en una guerra».
Pero la calma terminó con la ofensiva republicana hacia Zaragoza. El ejército republicano cercó Belchite, y Joaquín quedó atrapado allí durante dos semanas, del 25 de agosto al 7 de septiembre de 1937 donde se calcula que murieron casi cinco mil personas entre ambos bandos. Él fue uno de los pocos que escaparon. De los 3.000 soldados nacionales y 2.000 civiles, apenas sobrevivieron unos centenares.
En Belchite, el infierno tuvo nombre propio. Durante catorce días, el pueblo fue escenario de uno de los enfrentamientos más cruentos de la Guerra Civil. La ofensiva republicana, iniciada el 24 de agosto de 1937, tenía como objetivo principal tomar Zaragoza, y al mismo tiempo forzar a los nacionales a desviar tropas del frente norte, donde avanzaban sobre Santander. En el sector de Belchite, los republicanos concentraron entre 8.000 y 25.000 hombres, apoyados por tanques soviéticos T‑26 y una escuadrilla de aviación. Frente a ellos, la defensa nacional —compuesta por unos 2.300 soldados y cerca de 2.600 civiles— resistía precariamente, aislada en el centro del pueblo, sin refuerzos, con municiones escasas y el agua racionada hasta la última gota.
Apenas llevaban 2 días de combate cuando los alimentos ya escaseaban, algunos soldados se desmayaban por deshidratación. El hedor de los cadáveres que se pudrían bajo el sol era insoportable. En muchas casas, combatían cuerpo a cuerpo, mientras las ametralladoras republicanas barrían las estrechas calles.
Fue el 29 de agosto cuando su amigo Dionisio se presento como voluntario para recoger unos víveres lanzados por un avión nacional. «Dionisio llega hasta uno de los bultos e intenta enseguida regresar con él. Al incorporarse un poco, una ráfaga de ametralladoras le hiere y a pesar de ello, se arrastra sin soltar su presa. Avanza lentamente, pero unos pasos más adelante, queda inerte junto al envase que traía. Unas ráfagas posteriores hacen rebotar su cuerpo, pero ya al bueno de Dionisio no le importa ninguna”.
Ese mismo día, Joaquín fue herido en la mano izquierda, en la espalda y en la pierna derecha. «El enemigo se había infiltrado lentamente entre las ruinas e intentaba ocupar lo que restaba de una casa medio derruida, cerca de la calle Mayor, pero que por su situación podía batir fácilmente el edificio donde se hallaba la Comandancia. Había que ir a desalojarlos. Y allí iba yo con dos compañeros. Entrando por la parte trasera los atacamos con bombas de mano. Pero la sorpresa y las bajas que nos produjeron nos obligaron a desalojar a toda prisa las ruinas.» Pero siguió luchando. El 1 de septiembre, tras recuperarse, recuerda cuando encontró a su amigo Fernando: «En una pared, milagrosamente en pie y en el hueco de lo que fue un balcón, allí, colgado como una piltrafa, con la cara desprendida, los ojos fuera de las órbitas, estaba lo que quedaba de mi buen amigo Fernando. Lo reconocí pero a pesar de todo tenia que seguir, no era posible detenerse para recoger los restos de mi buen compañero».
El 2 de septiembre, en busca desesperada de agua, se enfrento a una situación contraria cuando encontró a un enemigo herido que emitía unos tenues quejidos. Parecía querer agua, por lo que le dio de beber las pocas gotas que le quedaban en la cantimplora. Pero segundos después, el soldado inclino la cabeza y murió allí mismo. «Se me humedecieron los ojos, deje el cuerpo suavemente en el suelo y salí al exterior donde continuaba el combate fratricida». Al día siguiente, otro amigo suyo, un gallego simpático, quedó «como un pelele clavado en la pared, sujeto por un grueso trozo de metralla del tubo del mortero que le habia atravesado la cabeza» Alrededor había varios cadáveres más, entre los que se encontraba el alcalde, Ramon Alfonso Trallero.
El 5 de septiembre, recibieron por radio la orden de romper el cerco. Unos 550 supervivientes entre mujeres, civiles y militares se reagruparon en la plaza de la Comandancia. Intentaron huir cuatro veces, sin tener éxito. Finalmente, se lanzaron por el camino de la vieja cárcel «Íbamos como posesos, lanzando las bombas de mano de las que nos quedaban suministradas por la aviación» Así lograron asaltar el primer parapeto y consiguieron llegar a la calle San Juan. Joaquín no se separo de su comandante Joaquín de Santa Pau, quien, mientras iba corriendo le lanzó un grito «Cuidado!», le dijo Santa Pau justo antes de caer por el fuego de la ametralladora. Joaquín sintió el frío de una ráfaga pasarle por el rostro y corrió hacia los olivos sin mirar atrás. De toda su cuadrilla, solo su compañero Álvaro y él sobrevivieron.
Caminaron durante horas en busca de sus líneas, iban sedientos, heridos y sin fuerzas. Álvaro le prestó un monedero a Joaquín que usó como recipiente para mear y poder beber algo. «El sabor es desagradable pero sirve para aliviar un poco la sequedad». Al alba encontraron un pozo de agua corrompida y pestilente que aun así, les supo a vida. De repente, se vieron rodeados de soldados «No sabía si eran rojos o azules. Le dije a uno que se acercaba, ¿de dónde eres?, y él dice, «¡De Burgos!». No se me olvida».
Franco glorificó a los resistentes de Belchite. Joaquín y su amigo escribieron al Estado Mayor pidiendo acceso a la academia militar. «Con mucha cara», recuerda. A los 15 días, los recogió un coche oficial. Joaquín ingresó en la academia de Jerez. Sacó el número uno y su amigo, el dos.
Combatió luego en Teruel, el Ebro y Gandesa, ya como teniente del Grupo de Fuerzas Regulares de Melilla. Una bala le atravesó la muñeca izquierda. Una esquirla le hirió el ojo izquierdo, que le lagrimea durante el resto de su vida. Finalmente en Valencia escuchó el parte final de la guerra. Tenía 23 años y había sobrevivido a un infierno.
En la posguerra, sirvió como oficial en Melilla. Allí conoció a Isabel, cerca del cuartel. Se casaron. Tuvieron tres hijos y vivieron juntos durante 74 años hasta la muerte de Isabel «Eso me ha matado. la añoro, me he quedado vacío»
A su hermano Luis lo encontró gracias a la Cruz Roja Internacional. Lo recibió en la estación de Vitoria, vestido de uniforme. Luis volvía de Francia, vencido pero sin sufrir represalias. Seguramente había ayudado que quien fuera a recogerlo llevase el uniforme de oficial del bando vencedor.
Joaquín volvió a Belchite tras la guerra a recoger algunos objetos que había dejado escondidos. Más tarde, en los años 60, llevó a sus hijos. Franco había ordenado dejar el pueblo en ruinas como recuerdo de la ferocidad de las «hordas rojas». El nuevo Belchite, construido por presos republicanos, se levantó al lado del viejo.
Joaquín dedicó sus memorias a todos los muertos de Belchite, sin distinguir ideologías. Su conciencia estaba tranquila «He disparado mucho, pero tengo la satisfacción de no haber cazado a nadie». Recuerda a un brigadista belga al que alimentó o a varios maquis que dejó escapar. con un «Anda, vete, vete, vete a tu pueblo». Se definía como «un militar demócrata, liberal» y aseguraba haber tenido más amigos de izquierdas que de derechas. «He sido un hombre de paz. Me ha gustado ser hombre antes que militar».
Sobre quienes aún buscan a los desaparecidos, Joaquín lo tenia claro: «Hay que facilitarles saber el final de sus familiares. Que sepan donde están»





