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La Bella Susona y la Calle de La Muerte

la Calle de La Muerte
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En el barrio de la judería de Sevilla, dos calles surgen desde la Plaza de Doña Elvira, un rincón emblemático que aún conserva la esencia del pasado. Lo curioso es que estas dos calles corren paralelas, una de ellas se llama la calle Vida y la otra lleva el nombre de la protagonista de este relato, se trata de la calle Susona, aunque no siempre se llamo así, antiguamente era conocida como la calle de La Muerte, y en esta historia entenderán por que se llamaba así. Este lugar ha sido y sigue siendo uno de los lugares que tiene más misterios y leyendas de toda la ciudad. Entre sus antiguos muros, sus recónditas casas y sus estrechas y laberínticas calles, surge una de las historias más conocidas de todo Sevilla, se trata de la leyenda de la Bella Susona, una joven judía que protagonizó una de las leyendas más trágicas y fascinantes de la época medieval.

Corría el siglo XIV, y los judíos de Sevilla, a pesar de haber sufrido duras persecuciones durante años, parecía que habían logrado obtener la protección de la Autoridad Real. Pero lo cierto era que aunque esto les proporcionaba ciertas garantías, no se sentían del todo seguros, pues continuaban sufriendo abusos por parte de la sociedad cristiana. Este constante maltrato fue sembrando el resentimiento y el odio en algunos sectores de la comunidad judía, y ya había quienes empezaron a albergar deseos de venganza. Entre ellos, había un hombre destacado que se llamaba Diego Susón, un judío converso que había logrado acumular cierta riqueza y poder, y que arto de la situación que sufrían sus vecinos, comenzó a idear un plan que pondría en jaque a la ciudad de Sevilla. Su objetivo era sembrar el terror en la ciudad y, tal vez, con suerte, iniciar un levantamiento judío en todo el reino de Castilla.

Los judíos aún tenían muy presente las crueles persecuciones que habían sufrido en tiempos de los visigodos, y cómo en aquel entonces, aprovechando la situación, algunos de ellos habían facilitado la invasión árabe a la Península Ibérica. Ahora, siglos después, algunos judíos se preguntaban si podrían repetir la hazaña y acabar con los poderes cristianos. Con esta idea en mente, Diego Susón empezó a organizar reuniones secretas en su propia casa, donde él y otros judíos conspiradores discutían los detalles del plan que, según esperaban, llevaría a la que sería la gran sublevación judía.

Pero Diego Susón no vivía solo; junto a él residía su hija, Susana Ben Susón, conocida en toda la ciudad por su extraordinaria belleza. De hecho, la gente la llamaba «la fermosa fembra», un apelativo que hacía honor a su gran atractivo. Consciente de los elogios que recibía, Susona, como era llamada, soñaba con alcanzar algún día una posición destacada en la sociedad sevillana y así conseguir escapar de aquel pequeño rincón de la Judería. Estos deseos la llevaron a involucrarse sentimentalmente con un joven caballero cristiano, perteneciente a una de las familias más nobles de la ciudad. Este caballero, cuyo linaje estaba representado en los blasones heráldicos de su palacio, se había encaprichado de la bella susona y no paró hasta que conquistó el corazón de la joven judía.

Sin embargo, este amor debía mantenerse en secreto, pues en aquella época una relación entre una judía y un cristiano era algo impensable, ya que sería un deshonor para las familias de los jovenes. Así, Susona y el caballero se veían a escondidas, disfrutando de su amor en la oscuridad de la noche, lejos de las miradas curiosas de la ciudad. Con el tiempo, esta relación clandestina se convirtió en una pasión arrolladora, y Susona se entregó por completo a su amante, sin imaginar las graves consecuencias que esto tendría para su familia.

Una noche, mientras Susona se encontraba en su habitación, escuchó cómo su padre y otros líderes judíos se reunían en una sala de la casa para ultimar los detalles de la conspiración. Aunque su padre pensaba que su hija dormía, lo cierto es que Susona no tenia intención de dormir, ya que esperaba ansiosamente a que todos en la casa se acostaran para poder salir a escondidas y encontrarse con su amante cristiano. Susona estaba extraña por aquellas compañías que había recibido su padre, y fruto de la curiosidad decidió averiguar cual era el motivo de la visita. Fue en ese momento cuando la joven escuchó cada palabra que los conspiradores pronunciaban, y comprendió que el plan consistía en asesinar a los principales líderes cristianos de Sevilla. El terror invadió su corazón al darse cuenta de que entre las primeras víctimas estaría la familia de su amado, ya que su padre era uno de los caballeros más importantes de la ciudad.

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Angustiada por el peligro que corría su amante, Susona esperó pacientemente a que terminara la reunión. Y una vez que los conspiradores se hubieron marchado y que su padre se hubiera ido a dormir, la joven abandonó la casa sigilosamente y recorrió las oscuras calles de la judería hasta llegar a la casa de su amante. Allí, entre lágrimas, le reveló todo lo que había escuchado y desesperada, le rogó a su amante que huyera y que se pusiera a salvo antes de que fuera demasiado tarde.

El joven caballero, al escuchar las palabras de Susona, no perdió el tiempo. Tranquilizó a su amada y cuando ella se marcho de vuelta a su casa, acudió inmediatamente a la casa del Asistente de la Ciudad, el influyente don Diego de Merlo. El joven le contó a don Diego todo lo que la bella judía le había confesado y el asistente, al darse cuenta de la gravedad de la situación, actuó con rapidez. Junto con un grupo de alguaciles de su confianza, armados y preparados, recorrió las casas de los conspiradores y, en pocas horas, logró capturarlos a todos. Entre ellos se encontraba Diego Susón, el propio padre de Susona, quien fue detenido junto con los demás cabecillas de la conspiración.

La sentencia fue rápida, y pocos días después, los líderes judíos fueron juzgados y condenados a muerte por traición. La ejecución se llevó a cabo en la horca de “Buena Vista”, en el lugar conocido como Tablada, un sitio destinado a los criminales de mayor gravedad. Allí, a plena luz del día, los conspiradores fueron colgados uno por uno, y sus cuerpos quedaron expuestos como advertencia para aquellos que intentaran desafiar las leyes de la ciudad.

Susona, quedó profundamente afectada por lo que había sucedido, sabia que por amor, había traicionado a su familia y a su comunidad, y sin embargo, su amante no había tenido ningún reparo en ayudar a capturar a su padre. Sentía que había actuado como una niña tonta, que únicamente había sentido el deseo egoísta de salvar a su amante sin pensar en las posibles consecuencias. A medida que los días pasaban, los remordimientos iban en aumento, se sentía como una traidora que había llevado a muchas personas a la muerte, y la culpa la consumía por dentro.

En busca de redención, Susona acudió a la Catedral de Sevilla, donde pidió confesión. El arcipreste, conmovido por su arrepentimiento, la bautizó y le ofreció la absolución. Además de eso, le aconsejó que se retirara a un convento para hacer penitencia por sus pecados, y así lo hizo. Durante varios años, Susona vivió en el convento, tratando de encontrar paz para su alma atormentada. Con el tiempo, su espíritu se calmó, y cuando se sintió en paz consigo misma, decidió regresar a su casa. Allí vivió el resto de su vida de manera ejemplar, como una cristiana devota, tratando de expiar el gran error que había cometido.

Pera parece ser que una vida de rectitud y devoción no era suficiente, así que cuando Susona murió, dejó un testamento que contenía una petición insólita y perturbadora. En él había escrito: “Y para que sirva de ejemplo a los jóvenes en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto separen mi cabeza de mi cuerpo y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás”.

Su testamento fue cumplido al pie de la letra. Tras su muerte, su cabeza fue separada de su cuerpo y colgada sobre la puerta de su casa. Durante muchos años, el cráneo de Susona permaneció allí, seco y blanqueado por el sol, como un recordatorio sombrío de su desdicha y una advertencia para los mas jovenes. Fue este macabro detalle el que dio origen al antiguo nombre de la calle, que pasó a ser conocida como la calle de la Muerte.

Otra versión de esta leyenda, indica que Susona no llegó a ingresar en un convento, si no que tuvo otro amor prohibido con un obispo, y fruto de esa relación nacerían dos hijos. Tiempo después, tras ser abandonada por el obispo, se convirtió en la amante de un reconocido comerciante de Sevilla. Fuera como fuese, lo cierto es que buscó redención, y tras su muerte el cráneo quedo clavado sobre la puerta de su casa.

Con el tiempo, el nombre de la calle fue cambiado. La calle de la Muerte pasó a llamarse calle Susona, en honor a la joven cuya historia había quedado inmortalizada en la memoria de Sevilla, y en lugar de la cabeza de Susona, se instaló un azulejo con un cráneo grabado, y cerca de esta, se puso la siguiente inscripción: “En estos lugares, antigua calle de la Muerte, pusose la cabeza de la hermosa Suona Ben Suzón, quien por amor, a su padre traicionó, y por ello, atormentada, dispusolo en testamento”.

Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!

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