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La Carretera de la Muerte

La Carretera de la Muerte

Nuestro protagonista de hoy era uno de tantos hombres que vivió su juventud con la esperanza de cambiar el mundo. Su nombre era Antonio Torres Morales y su historia comienza en Málaga, una ciudad hermosa, pero a la vez, llena de sufrimiento.

Nació en un barrio humilde, de esos donde los sueños parecen estar siempre lejanos en el horizonte. Su madre, con las manos curtidas y el delantal gastado, trabajaba en una fábrica textil. Su padre, en una planta de óxido rojo. Ambos tenían un salario muy pequeño, que a veces ni siquiera alcanzaba para llenar el puchero. Aquella situación era lo normal en el barrio, a veces, cuando la comida era escasa, la madre tenía que apartarle a los niños del vecino porque si no ese día no comían

Desde muy joven, aquel muchacho buscó su sitio en el mundo. Se colocó como aprendiz en una peluquería de señoras. Pasó allí cinco años, entre toallas calientes, perfumes caros y cabezas ajenas que nunca supieron lo que era el hambre. Con las propinas que le daban las señoras se compraba libros, en su mayoría, del movimiento libertario.

A los catorce años se unió a las Juventudes Libertarias. Se sintió parte de algo más grande. Era una época donde las sedes de la UGT y la CNT estaban llenas, por lo que Antonio se decantó por la segunda opción. «Nuestra lucha era que el trabajador participara de las ganancias del patrón, que había producido con su trabajo. Pero en todo eso llegó la guerra.»

En ese momento se hizo voluntario. Se unió a la Columna Libertad, una milicia improvisada que hacía instrucción por las calles. Pero aquella columna no tenia armas, y sin ellas, no podían ir al frente. Y mientras aquella revolución trataba de organizarse, el enemigo se acercaba con rapidez. Cuando los fascistas entraron en Málaga, Antonio aún era demasiado inocente para comprender la magnitud de lo que se venía.

Salió de la ciudad a toda prisa junto a su padre por la carretera hacia Almería. No eran pocos los que huían, aquello era una marea humana. Una procesión de desesperados, como si la Semana Santa hubiera salido a la calle. Algunos se agarraban a los camiones, otros caminaban durante la noche, con niños dormidos sobre los hombros y las manos vacías.

Con el amanecer llegaron a Torre del Mar, comieron caña de azúcar al borde del camino. Entonces aparecieron los barcos. «Alguien dijo: “¡ Ésos barcos son de los nuestros! ¡Nos van acompañando en el camino…!” Sí, acompañando… Al rato esos barcos se pusieron a bombardearnos.

Los obuses caían como un castigo del cielo. En la carretera morían hombres, mujeres y niños. El terror no daba tregua y la gente iba muriendo sin que pudieran hacer nada. Y después de eso, llegaron los aviones para ametrallarlos. «Querían que volviéramos a Málaga, querían sembrar el terror.» En medio del caos, vio a una escena que aún recuerda: «Yo pude ver a una mujer llena de sangre, con un niño muerto en los brazos. La mujer no estaba ni sentada, ni tumbada, estaba como un poco de lado, mirando hacia el cielo. Ella miraba para arriba, como pidiendo una ayuda.» Pero no llegaba ayuda. Solo más fuego y muerte.

Tuvieron que abandonar la carretera de la costa y refugiarse hacia el interior y tras cinco o seis días de marcha, llegaron a Motril, donde sufrían bombardeos constantes. «Nos pudimos esconder en un cañaveral, pero había que seguir andando para evitar la muerte.» Finalmente, tras muchos días de marcha y sufrimiento, llegaron a Almería, pero aquella era una ciudad vencida, agotada, sin recursos. Allí no había nada para ellos, ni pan ni techo. Entonces los metieron en un tren con destino a Murcia, pero allí la situación era igual o peor. No tenían familiares ni asistencia, por lo que solicitaron viajar a Barcelona. Allí, al menos, les esperaban unos parientes.

Y Barcelona fue otra cosa. La ciudad bullía de organización. La CNT había tomado el control, y los recibió con chocolate caliente y camas en el Pueblo Español. Recuerda como alguien no hacia más que preguntar por la exposición, hasta que cansados le respondieron. “¿Encenderla, para qué? ¿Para celebrar que hemos perdido Málaga?”, aquella situación les arrancó una sonrisa amarga.

A la mañana siguiente, cuando despertó y vio Barcelona con el Tibidabo en el horizonte, tuvo por primera vez en semanas la sensación de estar a salvo. Pero no olvidaba lo que había dejado atrás. Su madre seguía en Málaga, con una tía ciega y su hermana de quince años. Fue despedida de la fábrica. y a partir de entonces comenzaron a acosarla. Una vez, Antonio le mandó una fotografía suya y al ver la foto, le dijeron: “ Su hijo va a tener que volver y entonces lo vamos a matar.”. A la madre de Antonio le costó mucho salir adelante y reconoce que pudo hacerlo gracias a la solidaridad de sus jefes.

En la ciudad condal trabajó en una fábrica de guerra colectivizada por la CNT. Y un día, mientras comía, vio a unos jóvenes correr. Un hombre lo miró y le dijo que corrían porque eran unos cobardes, y le preguntó si quería alistarse como voluntario. Pero Antonio le respondió que aquello de voluntario no tenia nada y le dijo que se apuntaría él en su cuartel por su propia voluntad. Por la tarde estaba ya apuntado en el cuartel Voroshilov, en la columna Carlos Marx. Con tantos anarquistas en Barcelona, había acabado en una columna comunista. Pero para él, lo importante era el compromiso, no las etiquetas. «en realidad yo me he llevado bien con todo el mundo, con comunistas, anarquistas y republicanos, hasta con algunos fascistas. Porque yo he ido a la verdad. A hacer algo bueno, a ayudar.»

Fue ascendido a cabo furriel. Tenía un ayudante y un mulo llamado “Pocholo”. Sirvió en Tardienta, en el Segre, en Aitona, en Seròs. En Calaf presenció el fusilamiento de un chaval que había desertado: «Los compañeros le apuntaban, se quitó la gorrilla y dijo “¡ Pueden tirar!” Otra vez fueron fusilados un comisario político que no defendieron bien una cota y ordenaron muy pronto la retirada, siendo tomados por cobardes. Los propios soldados lloraban mientras les disparaban.»

Pero pese a todo lo que ya había vivido, lo peor estaba por llegar.

A partir de julio de 1938 se contraatacó en el Ebro, Allí se desató el verdadero infierno. Una guerra de morteros, de ataques y retiradas, de puentes reconstruidos de noche y destruidos de día. Se luchaba por un metro de tierra que se perdía al atardecer. No había agua. No había descanso. “En el Ebro un tiro de suerte era un tiro en una pierna, en un brazo, porque del Ebro se quería salir: aquello era un infierno.” Para Antonio, allí murió la mejor juventud. Un compañero suyo recibió un disparo en la boca, lo pusieron boca arriba y se ahogó con su propia sangre. «Hoy te estoy contando estas cosas y ya me duelen, pero entonces no me dolían. En la guerra se endurecen los corazones, porque no queda más remedio que sobrevivir. Las guerras son muy malas. Sólo es bueno el camino de la paz.»

En Ascó cayó enfermo. Lo trasladaron al hospital de Reus donde estuvo hasta el 1 de noviembre de 1938. Su unidad ya no estaba en el Ebro y cuando llegó vio que ya no estaban muchos de sus compañeros. “Al final de todo yo había tenido mucha suerte. Parecía que tenía una mano invisible que me iba salvando de todas las cosas.”. Antonio volvió al frente, al Segre, donde lucharon con todas sus fuerzas hasta que, el 2 de enero de 1939, fue hecho prisionero. No tenían oficiales, ni posibilidad de huida y entonces supo que lo habían vencido.

A partir de ahí, comenzó otro infierno: el de los Batallones de Trabajadores. Primero en Badajoz, luego en Córdoba. El 1 de abril les anunciaron que la guerra había terminado. “La guerra ha terminado. Claro, con el triunfo nuestro. ¡A vosotros sólo os queda que sufrir…!”. Y lo cumplieron. Aquellos batallones fueron una explotación de hombres, los obligaban a limpiar trincheras llenas de bombas sin explotar y a llevar gorros de prisioneros para humillarlos.

En junio de 1940 volvió a Málaga. Pero la paz no era para todos. Fue detenido otra vez y lo hicieron iniciar una nueva ruta por distintos campos de concentración. Acabó de nuevo en el batallón 27 hasta completar los tres años de castigo pasando por Madrid y por Palencia, siempre entre malos tratos, poca comida y humillaciones continuas. «Pude volver a Málaga con 27 años, había salido con 18. Había perdido mi juventud.»

Y Málaga seguía siendo la misma. Hambre, paro, miedo. No sabia si al día siguiente tendría trabajo, y cuando no lo tenia, vendía fruta, vino o lo que hiciera falta. Por las calles aún fusilaban gente. En cada pueblo había un pequeño dictador que sembraba el terror. «Esto no se puede comprender ahora, por mucho que os lo contemos.»

Sobrevivió hasta que murió el dictador y vio pasar la transición con desconfianza. “la hicieron hartos de guerra, quitándose del medio a todo el que les molestaba. Criaturas de izquierdas quedaron muy pocas.”, Antonio creía que, en el fondo, nada había cambiado, creía que la gente se conforma con fútbol, con toros y que así, van viviendo una democracia de conveniencia.

«¿Tú ves allí al fondo, esa neblina, ese horizonte borroso? Así es como ven los jóvenes el porvenir. Pero ¡cuidado! los jóvenes son siempre los jóvenes»….. «Yo a los jóvenes les digo que luchen, pero que por nada se metan en una guerra. No vale la pena. Sólo hay una cosa que arregla las cosas: el tiempo y la paciencia.»

Y al final, desde su rincón de silencio, recuerda como la mejor juventud de España murió en el Ebro o en Belchite, y todo para no conseguir nada, ahora él, se considera un hombre de paz.

Aquí te dejamos el capitulo La Carretera de la Muerte, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.

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