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Domingo, deseoso de cumplir los deseos de su madre, frecuentaba reuniones y encuentros con las jóvenes de la Nueva España, buscando entre ellas un alma que fuera digna de su amor y de la aprobación de su querida madre. Solía reunirse con otros jóvenes y juntos observaban y escogían a las mejores muchachas. Sin embargo pasaban los meses y ninguna lograba conmoverle. Hasta que por fin, una tarde, mientras paseaba cerca del templo, su mirada quedó cautivada por la presencia de una joven cuya belleza parecía de otro mundo. Con rostro angelical y andar sereno, ella se acercó a la iglesia y, al terminar sus oraciones, tocó el agua bendita. Domingo, con el corazón desbocado, se lanzó y le ofreció sus dedos humedecidos en el mismo agua.
Siguiendo las costumbres de aquella época, la siguió a una distancia prudente para poder descubrir donde vivía. La joven, que se habia dado cuenta de la presencia de Domingo, no apresuró el paso, llegando finalmente a una modesta casa en la calle Cerrada de Nacatitlán, hoy conocida como 5 de febrero, donde antes de entrar, dirigió a Domingo una mirada cargada de dulzura y consuelo. Así comenzó el romance entre Domingo y Doña Francisca de Bañuelos, hija única de padres humildes, pero de una belleza capaz de eclipsar a cualquier reina.
El joven comenzó a cortejar a Francisca con ternura y dedicación, hasta que finalmente, entre suspiros y promesas, se confesaron su amor eterno. Sin embargo, no todo era felicidad, en aquel entonces la ciudad era pequeña, y pronto llego a oídos de la madre de Domingo la identidad de su nuevo amorío. Al enterarse, el corazón de Doña Felipa ardió de indignación y, decidida a separarlos, visitó a Francisca con la firme determinación de poner fin a aquella relación. Al llegar, golpeó con fuerza el portón, siendo la propia joven quien le abrió la puerta. Con cortesía, Francisca la invitó a entrar, pero Felipa, sin aceptar aquella hospitalidad, comenzó a hablar con tono severo y amenazador, advirtiéndole a la joven que debía alejarse de su hijo, pues no era digna de él por su humilde origen, y asegurándole que Domingo obedecería su mandato sin ninguna objeción. Justo en ese instante, el joven Domingo llegó a la casa y, al encontrarse con la escena, defendió valientemente su amor por Francisca frente a su madre llegando a manifestarle que tenían la firme intención de casarse.
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Felipa, aún más enfurecida, se marchó con el corazón lleno de cólera, y desesperada por impedir aquella unión, buscó a una temida hechicera, conocida por su dominio de las artes oscuras. En la penumbra de una cabaña, Doña Felipa le contó sus intenciones de separar a los dos enamorados, a lo que la bruja, tras meditarlo un poco, le prometió una solución definitiva: una maldición que sería entregada en forma de un regalo después de la boda. Tres noches después, la bruja, tras un ritual siniestro en el que degolló siete patos y se untó su cara con su sangre, entregó a Doña Felipa un cojín rojo de terciopelo muy bonito, relleno con las plumas embrujadas.
El tiempo pasó y, pese a la oposición de la madre, Domingo y Francisca se casaron. Doña Felipa, conteniendo su odio tras una máscara de amabilidad, aprobó el matrimonio y le regalo a la joven recién casada el cojín maldito como presente nupcial. Sin sospechar nada, Francisca lo colocó en su lecho, apoyando cada noche su cabeza sobre él.
El efecto de aquella maldición comenzó a notarse inmediatamente. Al amanecer del día siguiente a la boda, la joven despertó con un extraño malestar, sufriendo mareos, debilidad y una palidez inexplicable. Los cuidados y reposos no servían de nada, su salud se desvanecía día a día, su piel perdió el color y su vitalidad se extinguía lentamente. Alarmado, Domingo acudió en busca de ayuda, sin sospechar que era su misma madre la autora de tan diabólico tormento.
El mal avanzaba de forma implacable. Los médicos, incapaces de explicar el deterioro de la joven, la comparaban con los prisioneros de las galeras y mazmorras más sombrías. Antes de cumplir seis meses de casada, la hermosa Francisca exhaló su último suspiro, muriendo a causa de un mal sin nombre.
Domingo, destrozado, se encerró en su habitación, negándose a ver a nadie, ni siquiera a su madre que acudía cada dia a intentar consolarlo. Pasaba las noches velando entre los recuerdos de su amada, besando cada rincón que habia tocado y pisado Francisca, incluso durmiendo sobre aquel mismo cojín maldito que habia sido de su esposa.
Pero las fuerzas sobrenaturales no descansan, y una noche, en el silencio de la alcoba, una figura espectral emergió de las sombras para visitar a Domingo. Aquel espectro era Francisca, con una aspecto pálido y envuelta en un aura macabra. El espectro le reveló a su esposo la verdad: Aquel cojín estaba maldito, diseñado para absorber la vida lentamente. y habían sido su madre y la bruja quienes habían conspirado para asesinarla.
Lleno de rabia y el dolor, Domingo juró vengar su muerte, y salido de casa para denunciar lo ocurrido ante el Santo Oficio. Los inquisidores llegaron a la casona y, al abrir el cojín, hallaron un amasijo de plumas empapadas en un líquido rojo oscuro, que no era otra cosa sino la sangre de la desafortunada Francisca. En el suelo las plumas se retorcían como serpientes, impulsadas por alguna fuerza diabólica.
Doña Felipa, enfrentándose con la verdad, cayó de rodillas suplicando perdón. Pero la justicia no se hizo esperar. Bajo tortura, confesó su pacto con la bruja quien también fue arrestada. Y ambas mujeres fueron sentenciadas a morir quemadas en la Plaza de Santo Domingo. Atadas a postes y rodeadas de leña, las mujeres ardieron mientras sus gritos se alzaron entre el restallar de las llamas antes de que sus cenizas fueran esparcidas al viento.







