
En el verano abrasador de 1936, Sevilla se convirtió en un lugar donde cada rincon olía a Muerto. Las tapias de los cementerios, las calles, los olivares e incluso los muros de La Macarena, sirvieron de escenario para fusilamientos indiscriminados, donde los cuerpos, expuestos al sol, no eran solo cadáveres: eran advertencias para el resto de vecinos. En ese paisaje de muerte, un niño de nueve años hijo de republicanos, descubría que en España ya no bastaba con vivir: había que resistir. Aquel niño se llamaba Leopoldo Iglesias Macarro, y desde entonces, su vida estaría ligada a la Guerrilla clandestina.
Aunque nació en Nerva, Huelva, por decisión de su madre, pronto volvió a Sevilla donde creció. En casa, su padre compraba el Heraldo de Madrid y, rodeado de vecinos atentos, Leopoldo lo leía en voz alta. «De esa forma me convertí en un niño republicano», recordaría años más tarde. Fue testigo precoz del golpe de Estado y de lo que para él era una traición de los militares a la republica. La llegada del Frente Popular en febrero de 1936 había desatado la furia de varios sectores como terratenientes, capitalistas o la Iglesia, y estos no dudaron en aliarse con los militares. «se hicieron llamar nacionales, pero en realidad fueron los rebeldes y establecieron un régimen de terror.»
En los primeros días del conflicto, Leopoldo vio cómo desaparecían los trabajadores, cómo las mujeres eran humilladas, cómo el miedo contagiaba incluso a quienes no querían mirar. En Nerva, los mineros se organizaron para resistir, pero una delación acabó con sus vidas. Fueron ejecutados por orden de Queipo de Llano. «Un tío mío, que era pastor, fue asesinado por si acaso tenía contacto con los guerrilleros.» Otros, como los carboneros, cisqueros o pastores, fueron obligados a cavar su propia fosa en la sierra antes de ser fusilados. Aunque los que morian no siempre eran enemigos «Otro tío mío fue denunciado por un compañero de trabajo y condenado a 30 años y un día para dejar vacío su puesto y colocar a su yerno.»
Por aquel entonces, su casa se convirtió en refugio para los huidos y represaliados. Escuchaban juntos Radio Madrid, pegados al aparato, mientras escondían a un perseguido en un falso techo. El contraste entre la emisora de la capital republicana y las arengas de Queipo de Llano, hacían que no supieran cual era la verdadera situación. «Queipo de Llano iba animando a matar: “Si os encontráis con un marxista”, decía, “pegarle dos tiros en la cabeza y si no tenéis valor traérmelo que se los pegaré yo.» Para el pequeño Leopoldo, aquello fue una escuela de conciencia y decidió inicar su particular guerra contra el franquismo..
Al terminar la guerra, comenzó a relacionarse con personas que habían vuelto a Sevilla para evitar ser denunciadas, y con solo catorce años comenzó a trabajar en una fábrica de aviones, donde descubrió que no estaba solo, ya que algunos compañeros introducían propaganda en los bolsillos de los monos de trabajo. Él empezó a imprimir y distribuir unas octavillas con una pequeña imprenta casera: «Viva la República. Muera Franco. P.Comunista» Actuaba con clandestinidad, sin haber recibido instrucción alguna, su aprendizaje fue la observación y la intuición. En poco tiempo entró en contacto con el Partido Comunista, y pasó a ocupar puestos más importantes.
«En la clandestinidad no había tres o cuatro puertas, había sólo una, y ésa era el Partido Comunista.» Ni socialistas ni anarquistas tenían, según él, una estructura comparable. Y aunque reconocía su aprecio por los anarquistas, bromeaba: «pienso que el tráfico debe dirigirse con semáforos. Por eso y por más cosas sigo siendo comunista.»
Ya como verificador en la fábrica, aprovechaba los desplazamientos para cumplir ciertas tareas como un guerrillero urbano. Colgar banderas republicanas en torres eléctricas el 18 de julio, pintar consignas en fábricas, tapar con alquitrán placas de “caídos por Dios y por España”… Cada gesto, para él, era una bofetada al régimen. «Le decíamos: estamos aquí y no nos habéis matado a todos.»
Con el tiempo, pasó a organizar el Socorro Popular Antifranquista, que atendía a los presos. Conseguían pasar comida e información dentro de las cárceles mediante contraseñas. Las visitas eran colectivas y la vigilancia férrea, pero lograban introducir mensajes y hasta pequeños objetos. Al mismo tiempo, promovían huelgas laborales siendo una de las primeras para exigir más pan en las raciones del trabajo. También daban apoyo logístico a los guerrilleros llegados del exilio francés, con los que aprendían nuevas tácticas.
A diferencia de otros, Leopoldo no bajó la guardia tras el final de la Segunda Guerra Mundial. «Aquella guerra terminó, pero
para nosotros no, pues aquí Franco seguía dominando y aplicando penas de muerte y represión de todo tipo.» La represión no cesó, pero la lucha tampoco. Gracias a su actividad, consiguieron evitar ejecuciones, como las que amenazaban al poeta Marcos Ana.
El Comité Provincial del Partido le confió la responsabilidad de coordinar sus cuatro frentes: industria, pueblos, barrios y células especiales. Distribuía prensa clandestina, formaba militantes y abastecía a la guerrilla. Armamento, brújulas, botas… todo se conseguía con recursos limitados y mucho ingenio. Tiempo después el comité regional le propuso incorporarse al aparato politico-militar, es decir, a la guerrilla. «Me retiraron del provincial argumentando a los compañeros que me habían echado por errores y así proteger mi nueva identidad.» Años después, en una fiesta del PCE, muchos se sorprendieron al enterarse de que él había sido parte activa de la guerrilla.
La razón por la que tardaron tanto en detenerlo fue su extrema precaución. Cambiaba de nombre cada vez que caía un superior y marcaba a los posibles delatores. «Les decía que si me hacían caer, a lo mejor ellos también caerían. En
definitiva, procuraba que mi mano izquierda no supiera lo que estaba haciendo la derecha.» Pero finalmente, cayó. Tras una gran redada, se escondió unos días en el campo, pero lo capturaron de madrugada al rodear la casa y formar un gran escándalo.
En comisaría lo amenazaron con fusilarlo y hasta simularon su ejecución. Pero él tenía 22 años, y se defendía con la lógica: «me acusaban de cosas que yo había hecho hacía 10, entonces yo les decía que era imposible que yo hubiera hecho eso con doce años. ¡Pero es que era así!» aunque sus actos en la guerrilla no aparecía en el sumario porque nadie conocía sus movimientos. Fue juzgado bajo la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo. Su abogado hizo de todo menos defenderle y pidieron para él la pena de muerte. Pero el contexto internacional, con un mundo en pleno cambio, jugó a su favor y finalmente de veinte años y un día, su pena se redujo a tres.
Para él, la cárcel era otro frente de lucha. «Aquella red solidaria que yo había ayudado a organizar luego me sirvió a mí, porque si tuviéramos que haber vivido de la comida que nos daban hubiéramos muerto.» Allí se organizó un comunismo práctico, donde se compartía todo lo que las familias enviaban. La distribución la asumía un cuadro político llamado la madre, mientras otro compañero, que era el padre, mantenía los contactos exteriores. Las cárceles, decía, eran verdaderas universidades, tanto en Ocaña, El Dueso, Talavera dela Reina, El Puerto de Santa Maria, en todas ellas se organizaban protestas para conseguir mejoras para los presos. En una huelga de pan, los presos se iban levantando por turnos para no delatar al iniciador. «Al día siguiente ya teníamos una ración de pan un poco mayor. Y las huelgas de hambre se repetían cada vez que se iba a fusilar a alguien.»
Tras salir de prisión, la policía lo mantuvo bajo vigilancia. Le hacían registros frecuentes, y cada vez que Franco visitaba Sevilla, lo detenían preventivamente. Pero no se rindió. Aprovechaba sus ratos libres para seguir con sus actividades políticas. Dormía poco y su continuidad en el trabajo era inestable ya que la policía lo visitaba en sus empleos y eso bastaba para que lo despidieran. Por lo que finalmente acabó como representante, buscando más autonomía.
Cuando decidió casarse, fue con cautela. «Luego me casé, claro, vigilando que esa persona pudiera entender mi dedicación política.» Había tenido una novia anterior, pero al verla rezar con un rosario en el autobús, cortó la relación. En la militancia, reconocía que había pocas mujeres con las que tener algun acercamiento: «quizá éramos un poco machistas, a excepción de casos contados. Pero sí es verdad que muchas mujeres se dedicaron a recoger comida para el Socorro Popular Antifranquista.»
Hoy, con perspectiva, recuerda las palabras del poeta Marcos Ana: «Hay que pasar página, pero habiéndola leído antes.» Y afirma que el comunismo, pese a los cambios, sigue vigente. «Aunque cambien las personas, la ideología comunista sigue viva.» Para él, el capitalismo está en crisis, y la sociedad atraviesa un periodo oscuro donde se congelan pensiones, se rebajan sueldos y se salva a los culpables de la crisis financiera, todo ellos respetando leyes que para él no son justas. Por eso, dice, es tiempo de repensarlo todo, empezando por el consumo: «no somos ricos y nunca lo hemos sido y además estamos agotando las reservas.»





