
La travesía hasta esta isla no es sencilla. Muchos remeros, atrapados por el temor a lo desconocido, se han negado durante muchos años a llevar a los visitantes a este lugar, alegando supersticiones antiguas. Pero quienes logran convencer a los barqueros y desembarcan allí, son recibidos por una visión aterradora: cientos de muñecas mutiladas y envejecidas colgando de los árboles, observando con ojos vacíos a cada intruso que pisa la isla. Pero lo que hace aún más inquietante aquel tétrico escenario es la historia detrás de estas figuras.
Todo comenzó en la década de 1950, cuando Julián Santana, un humilde agricultor del barrio de La Asunción, al este de la ciudad, comenzó a realizar una extraña costumbre, recoger las muñecas que se tiraban por la ciudad, al principio a nadie pareció importarle esta nueva afición, por lo que ni siquiera le preguntaron el motivo. hasta que un día, cuando ya había recogido muchas muñecas, Julián se alejó de la vida en la ciudad, había decidido trasladarse a la isla para vivir en completa soledad. La razón de su decisión parecía estar relacionada con un evento trágico: el hallazgo del cuerpo sin vida de una niña que se había ahogado en los canales cercanos, atrapada por las raíces de un lirio. Tiempo después de este suceso, mientras recorría los canales, Julián encontró una muñeca flotando en el agua, cerca de donde murió la niña, lo que despertó en él una sensación de angustia y una extraña conexión con la tragedia.
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Julián sentía que debía de permanecer en aquel lugar, y, convencido de que el espíritu de la niña seguía vagando por la isla, empezó a colgar muñecas en los árboles con la esperanza de apaciguar su alma y protegerse de los malos espíritus. En aquel lugar Julián comenzó una nueva vida, construyo varias chozas, plantaba sus cosechas, incluso construyo una cocina al aire libre donde colgaba la pesca del día. Pero aquel hombre parecía tener una extraña conexión con lo desconocido, y el mismo decía que las muñecas continuaban apareciendo en aquel lugar, por lo que, día tras día, revisaba si habían aparecido nuevas muñecas, y, sin importar su estado las colgaba junto a sus compañeras. Se contaba que Julián tenia una muñeca preferida a la que llamaba Agustinita, y cuando se trasladaba de una choza a otra de la isla siempre la llevaba consigo. Con el tiempo, la cantidad de muñecas fue tal que cada rincón de la isla parecía poseído por aquellas miradas vacías.
Su sobrino, Anastasio, junto a su madre, eran los encargados de alimentar a Julián, por lo que también conocía bien el lugar, y años más tarde llegó a declarar que su tío le había confesado ser testigo de fenómenos inexplicables: pasos en la noche, voces ahogadas de una mujer y la sensación de ser observado continuamente, Julián relacionaba esos fenómenos a que no había podido salvar a la niña ahogada años atrás, y colgar las muñecas parecía calmar el alma de la niña. Por eso, no era raro, ver al agricultor recorriendo los mercados y recogiendo cada muñeca que encontraba para añadirla a su perturbadora colección, incluso los vecinos empezaron a contribuir con su labor, entregándole aquellas muñecas que sus hijas ya no querían. Algunas muñecas ya estaban deterioradas, con los rostros desfigurados y sucias, lo que acentuaba la atmósfera macabra del lugar. El paso de los años solo aumentó el número de estas figuras inquietantes, hasta que la isla estuvo completamente cubierta.
Con el tiempo, las historias sobre la isla y su peculiar habitante se extendieron por todo el país. Lo que hizo que los curiosos comenzaran a llegar, y lo que comenzó como un intento de aislamiento se convirtió en un oscuro atractivo para quienes buscaban experiencias sobrenaturales. Julián, al notar el interés, permitió las visitas con una condición: cada visitante debía entregar un pequeño pago, que no era otro que llevar una muñeca como ofrenda para el espíritu de la niña. Así, la colección siguió creciendo hasta volverse una tétrica exhibición de ojos vacíos y sonrisas distorsionadas. Los visitantes, muchos de ellos creyentes de lo sobrenatural, aseguraban que al caer la noche, las muñecas susurraban entre sí y movían levemente sus cabezas.
Sin embargo, la leyenda tomó un giro aún más siniestro tiempo después. Se dice que Julián afirmaba haber sido testigo de la aparición de una figura espectral en los canales: una sirena que intentaba arrastrarlo a las profundidades del agua. Su sobrino, Anastasio, no creyó en esta historia, pensando que eran más delirios de su tío. Pero poco tiempo después, cuando regresó a la isla tras un día de trabajo en los campos, encontró el cadáver de Julián flotando justo en el mismo lugar donde años atrás apareció la niña ahogada. La autopsia concluyó que la causa de muerte fue un ataque al corazón, pero para los habitantes de Xochimilco, aquello fue la confirmación de que algo oscuro seguía habitando aquella isla.
Desde entonces, Anastasio ha continuado con la tradición de su tío, quien le había dejado la isla en herencia, y como hacia antes Julián, ha ido añadiendo nuevas muñecas al macabro santuario, como si fuera un homenaje a su tío para que los difuntos no puedan regresar del mas allá y atormentar más personas. Aunque los turistas siguen llegando en busca de una experiencia de terror, no son pocos los que aseguran haber escuchado risas infantiles, susurros y haber visto las muñecas mover ligeramente sus cabezas, como si la presencia de la niña aún permaneciera atrapada en ese lugar de los canales. Otros afirman haber sentido presencias frías a su alrededor, una sensación de ser observados incluso cuando no había nadie más en la isla.







