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La Lucha de ‘Madame Cibeles’

Madame Cibeles


Conocida como ‘Madame Cibeles’, se ganó este apodo en los corredores de la cárcel de Ventas, donde las presas políticas curaban sus heridas mientras ella les arrancaba la tristeza con su gracia de Chamberí. Una tradición familiar de izquierdas y una guerra cruel la llevaron hasta allí. Ahora, a su vejez, vive en San Blas, barrio obrero desde el que repasa sin lamentos sus años de lucha y penurias. «Hice lo que tenía que hacer», sentencia, con su fuerza de chulería castiza.

Irónicamente, ‘Madame Cibeles’ nació en Barcelona en 1918, ya que su padre, un anarquista, fue acusado de intentar asesinar a Alfonso XIII y tuvo que huir de Madrid. Concha llevaba los genes proletarios: no pudo ir al colegio porque tenía que trabajar y ya militaba en las juventudes comunistas cuando se produjo el golpe de Estado. Lo primero que hizo fue presentarse en la sede del partido para recibir instrucciones, organizando talleres para los milicianos y guarderías, donde atendía a más de 1.000 niños de la guerra.

Su padre murió en esos días y su hermano mayor fue al frente, así que ella, su madre y su hermano de 10 años tuvieron que enfrentarse solos a la vida en una ciudad sitiada. Necesitaban dinero y Concha pidió al partido trabajo remunerado, obteniéndolo en una fábrica como tornera. «En Madrid había un ambiente de lucha muy bonito. Estábamos en zona republicana y las de izquierdas éramos las reinas de los mares», bromea. A medida que el bando nacional avanzaba, la euforia se apagaba. «Teníamos que resistir para que no entraran. Dolores —La Pasionaria— nos decía que resistir era vencer y que más valía morir de pie que vivir de rodillas. Cuánta razón tenía». ‘Madame Cibeles’ hace esta afirmación en el salón de su casa, rodeada de emblemas de organizaciones comunistas agradeciendo su coraje.

Entonces llegaron las detenciones. «La noche del 4 de marzo del 39 fue la última que estuvo mi familia unida», recuerda Concha. Ese mismo día se llevaron preso a su hermano, comisario del PCE, y ella cayó días después, el 28 de marzo, justo cuando el coronel Casado entregó Madrid y Concha se precipitó a la sede del partido para destruir documentos comprometedores. La llevaron a Ventas. «Entonces la cárcel era muy bonita, mejor que mi casa. La había diseñado Victoria Kent y en cada celda había dos camitas, muebles de colores, baños…». Nada que ver con el horror que vivió después entre esos muros. La dejaron en libertad la noche antes de que Franco entrase en Madrid, pero era sólo el primer paso del drama que la esperaba.

En esos días, echaron a su familia de la portería que ocupaban en Chamberí, un desahucio por ser rojos que salvó la vida de Concha, ya que cuando la policía fue a buscarla, no la encontraron. Lejos de amedrentarse, se puso a trabajar en Ventas, donde organizó actividades para recaudar fondos para los presos, entre ellos su hermano, llevado a un campo de concentración en Villaviciosa que tardó mucho en localizar.

Un día, la sombra de las delaciones cayó sobre ella. «Teníamos reunión del partido y llegué 10 minutos antes con un compañero. De pronto, me dijo, ‘¿Te imaginas que hoy nos detienen?'». Y así fue. Él mismo había delatado al grupo. Entonces empezaron las torturas. «Me pegaron mucho y cuando no lo hacían, me mandaban a fregar la sangre de mis compañeros, que era peor». La detención terminó muy mal: a los chicos los fusilaron y a las chicas las mandaron a Ventas la misma noche que hicieron el paseíllo a ‘Las 13 rosas’, alguna compañera de Concha en el partido. «Cuando me enteré, se me hundió el mundo». ‘Madame Cibeles’ tenía 18 años.

En 1940 la dejaron de nuevo en libertad. «Creía que les había convencido de que sólo iba al círculo socialista a bailar con los chicos. Les dije que la política no me importaba, que ni siquiera sabía leer», pero cuando estaba fuera, volvieron a delatarla. Se escondió, pero amenazaron a su familia y el 17 de enero de 1941, se entregó en comisaría. «Me dieron dos bofetadas que me tiraron al suelo», cuenta. Y de nuevo las torturas. «Me desnudaron y me pegaron una paliza tremenda. Como seguía sin hablar, me llevaron a las tapias del cementerio de la Almudena y me mostraron los agujeros en las paredes. ‘¿Los ves? Son de tus camaradas y ahora habrá uno tuyo’, me dijeron». Concha no sabe qué ocurrió después. Cuando se despertó, estaba de nuevo en la galería de penadas de Ventas, adonde llegó inconsciente. A la mañana siguiente, la trasladaron a una celda de castigo, donde pasó cuatro meses sin ver a nadie. Casi sin agua ni comida. «Tenía que cantar para que mis compañeras supieran que seguía viva».

Cuando la devolvieron a las galerías, el resto de presas se aseguró de que se recuperase. «Había una solidaridad enorme. Me daban todo lo mejor porque mi madre era muy pobre y no podía enviarme nada», dice Concha. Pero no podía imaginar la situación en la que estaba: cuando salió de prisión, encontró a su madre enferma, viviendo en los soportales de Ventas, donde pedía limosna —la habían echado de la casa porque la policía iba todos los días a sacar información de Concha—. «Mis hermanos estaban presos [estuvieron en Burgos 15 y 18 años], así que busqué trabajo para mantenernos».

Un día, Carmen se reencontró con su novio de la guerra. Él también acababa de salir de prisión. Retomaron la relación y quedó embarazada. Pero ni siquiera con eso la vida le dio tregua. Cuando estaba de seis meses, lo detuvieron. Y hasta hoy: «No volví a saber de él». Concha llamó a su hija Diana porque tras su sonido fusilaban a los presos.

La historia de ‘Madame Cibeles’ es un testimonio conmovedor de resistencia y valentía en tiempos de extrema adversidad. A lo largo de su vida, Concha no solo enfrentó la represión y el sufrimiento con una fortaleza admirable, sino que también mantuvo viva la llama de la solidaridad y la esperanza entre sus compañeras. Su trayectoria, marcada por la pérdida, las torturas y la lucha constante, refleja la brutal realidad de aquellos que se opusieron al régimen franquista y pagaron un alto precio por sus ideales. Sin embargo, a pesar de las penurias, ‘Madame Cibeles’ nunca perdió su espíritu indomable ni su compromiso con la justicia y la libertad.

Sin embargo, pese a las injusticias que se vivieron en ambos bandos, es mejor limar las perezas, acercar posturas y olvidar nuestra traumática historia, para que así, nunca se vuelvan a producir estos trágicos sucesos.

Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.

Fuentes:

El Mundo: Especiales Guerra Civil

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