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Hace muchos años, cuando todo en aquel lugar era una gran hacienda, dos hermanos hacendados, Juan y Jacinto, gobernaban sobre varias tierras y trabajadores leales. Ambos eran jóvenes y fuertes, con el respeto de todos los campesinos que trabajaban para ellos. La vida parecía transcurrir con tranquilidad hasta que apareció una mujer que cambiaría su destino para siempre: Magdalena.
Desde el primer momento en que la vieron, los dos hermanos quedaron hechizados por ella, algo que resultaba bastante sorprendente, ya que Magdalena no era hermosa, ni poseía la gracia de las jóvenes que poblaban la hacienda. Al contrario, su apariencia resultaba perturbadora: alta, extremadamente delgada y con una mirada perdida en el infinito. Su piel, a pesar de ser aún joven, parecía la de una anciana, sus cabellos caían enmarañados sobre sus hombros, y su ropa siempre estaba ajada, como si no conociera el concepto de la limpieza.
Pero por si esto fuera poco, habia muchas habladurías en la hacienda que aseguraban que Magdalena era una bruja. Se decía que por las noches la veían caminar a toda prisa hacia la barranca, siempre vestida de negro, envuelta entre las sombras. A la mañana siguiente, una vaca, una gallina o algún otro animal aparecía muerto, con signos extraños que nadie sabía explicar, lógicamente no tenían pruebas para acusarla directamente, pero si podían levantar chismes sobre aquellas muertes.
Pese a estas sospechas, los hermanos se sintieron inexplicablemente atraídos por ella. Pero Magdalena no parecía interesada en ninguno de los dos, no mostraba ni una sonrisa, ni un solo gesto de aprecio ante las atenciones que le brindaban…. Pero aún así, Juan y Jacinto competían por su amor, sin importarles lo más mínimo los rumores que crecían día a día sobre la muchacha.
Una noche en particular, Juan, el más joven de los dos hermanos, se encontró con Magdalena mientras iba paseando. Estaba sola, caminando con prisa, como si temiera que alguien la siguiera. Juan vio una ocasión perfecta para intimar con ella, por lo que se ofreció a acompañarla, pero ella, sin apenas mirarlo, lo rechazó con frialdad. Sin embargo, antes de marcharse, saco una pañoleta y, mientras se la entregaba al muchacho, le pidió que se la entregase a su rival.
Juan la cogió sin comprender del todo su significado. Pero en lugar de dársela a Jacinto, prefirió guardársela para él mientras observaba cómo Magdalena desaparecía en la noche.
A la mañana siguiente, Juan amaneció gravemente enfermo. Su piel comenzó a adquirir un tono amarillento, sus ojos se hundieron en sus cuencas y un olor insoportable invadió toda su habitación. Ningún médico pudo encontrar una explicación para su malestar, y por más remedios y cuidados que le daban, su estado empeoraba con cada día que pasaba.
Jacinto, desesperado, hizo todo lo posible por salvar a su hermano, pero nada podía hacerle mejorar. Juan tenia en todo momento el pañuelo de Magdalena apretado en su mano, y poco a poco sentía una fuerza extraña que lo atraía cada vez más a ella. Era como si su mente se nublara, como si no pudiera pensar en nada más que en ella y acabó perdiendo el aprecio hacia cualquier otra persona.
Los rumores en la hacienda fueron creciendo. Decían que Juan había sido embrujado por Magdalena, y cuando finalmente el joven murió en su cama, Jacinto encontró la pañoleta apretada entre las manos de su hermano, y supo entonces que debía enfrentarse a ella.
Con el corazón ardiendo de rabia y dolor, Jacinto se dirigió a la casa de Magdalena. Pero quien le abrió la puerta no fue ella, sino su hermana Minerva.
Minerva era todo lo opuesto a Magdalena. Era hermosa, de mirada serena y dulce, con una presencia que inspiraba confianza y ternura. Cuando Jacinto preguntó por Magdalena, Minerva le dijo que no sabia nada de ella, ya que hacia mucho que se habia marchado de aquel lugar, pero Jacinto notó desde un primer momento la mentira en sus ojos, por lo que continuó insistiendo hasta que finalmente la joven cedió. Minerva le dijo que su hermana se encontraba en su alcoba, pero le advirtió que no era conveniente molestarla.
Jacinto ignoró la advertencia y se adentró en la casa buscando puerta por puerta hasta que encontrase a Magdalena, mientras, Minerva lo seguía a todos lados, pidiéndole por favor que no continuase.
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Cuando finalmente abrió la puerta que daba al cuarto de Magdalena, la visión que tuvo lo dejó paralizado.
El suelo estaba cubierto de muchos objetos en lo que parecía ser un ritual oscuro. Había huesos de animales, ratas decapitadas, sangre esparcida en el suelo, velas negras que iluminaban el lugar y un montón de hojas de papel en las que habia textos de maldiciones y conjuros. Pero lo peor fue lo que vio en el centro de la habitación: Magdalena se encontraba desnuda, convulsionándose en el suelo, con los ojos en blanco y la piel llena de heridas.
Junto a ella, había un pequeño altar donde se encontraban dos fotografías, una de Juan y otra de Jacinto. En el altar también estaba una réplica de la pañoleta y un pequeño muñeco dentro de una caja a punto de ser quemado por una vela.
Jacinto quiso retroceder, pero Magdalena comenzó a arrastrarse hacia él, murmurando palabras en un idioma que parecía ser latín.
De repente, su estómago empezó a hincharse de manera grotesca. Jacinto observó, horrorizado, cómo un gran bulto se movía dentro de ella, como si algo intentara salir desde sus entrañas. Magdalena gritó con todas sus fuerzas, su cuerpo se arqueó en una última convulsión y su estomago explotó en una lluvia de sangre.
De entre sus entrañas emergió una cabeza deforme, pequeña como la de un recién nacido, pero completamente quemada. Un olor insoportable llenó la habitación, y el grito de Magdalena se ahogó en la sangre que brotaba de su boca. Murió al instante, con los ojos aún abiertos en una expresión de agonía infinita.
Jacinto salió corriendo de la casa, con Minerva siguiéndolo de cerca. Ninguno de los dos volvió a mencionar jamás lo que vieron esa noche. Tiempo después, Minerva abandonó la hacienda, y la casa donde ocurrió todo aquel suceso fue derrumbada hasta los cimientos. Por miedo a despertar el mal que habitó allí, los escombros fueron sepultados bajo la tierra, y aquel lugar quedó convertido en un terreno estéril que nadie se atrevió a reclamar.
Jacinto y Minerva, con el tiempo, se enamoraron y formaron una familia, una familia de la cual, muchos años después, nacería quien terminó por dar a conocer esta historia. Minerva, en su vejez, decidió revelar a su nieto el terrible secreto que habían mantenido oculto durante años.
Desde entonces, aquellos que se atreven a visitar el terreno maldito dicen que en las noches más frías y oscuras, todavía se pueden escuchar gritos flotando por el aire. Algunos aseguran haber visto una figura vestida de negro rondando el lugar, con la mirada perdida en el infinito… quien sabe quizás, la bruja Magdalena nunca se fue del todo.
Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!







