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El Viernes 13 que Cambió Europa

La Maldición Templaria
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El viernes 13 de octubre de 1307 no fue un día normal. Fue el día en que la Orden más poderosa de Occidente, la de los Caballeros Templarios, fue puesta bajo arresto en toda Francia. Un arresto planificado por el rey Frances Felipe IV, conocido como “el Hermoso”, y con la complicidad encubierta del papa Clemente V. Lo que siguió a aquellas detenciones fue una espiral de torturas, confesiones arrancadas con dolor, juicios amañados y terribles ejecuciones, que culminaron con la hoguera del último gran maestre del Temple, Jacques de Molay. Pero la muerte del gran maestre no fue el final, ya que tras él se produjeron las súbitas y misteriosas muertes de sus perseguidores, algunos de los cuales, habían sido condenados por él propio maestre antes de morir, en una escena que terminaría pasando a la historia.

Durante casi dos siglos, los Caballeros del Temple fueron una institución central en la Europa medieval. Fundada alrededor de 1119 por Hugo de Payens y otros ocho caballeros con el propósito de proteger a los peregrinos en Tierra Santa, la Orden creció hasta convertirse en una potencia económica y militar. Poseían vastas tierras, castillos, flotas, derechos financieros y unas estructuras de prestamos que funcionaban de forma similar a un banco moderno.

Tal fue el crecimiento de la Orden que a finales del siglo XIII su influencia era incuestionable: desde Portugal hasta Polonia, su presencia se veía en fortalezas, rutas comerciales y en cortes reales. Temidos por su riqueza, admirados por sus victorias y respetados por su disciplina, parecían intocables… hasta que la ambición se volvió contra ellos.

Felipe IV de Francia, apodado con ironía “el Hermoso”, no era solo un monarca orgulloso, sino también uno profundamente endeudado. Había heredado una deuda con los templarios debido a que su abuelo había sido capturado en las cruzadas y para poder liberarse, tuvo que pedir un préstamo a la Orden. Felipe, lejos de pagar la deuda de su abuelo, la había agrandado con guerras costosas y un estilo de vida opulento. Tanto fue así que había quienes decían que su deuda con la Orden era tan grande que no podría pagarla ni en varias vidas, por lo que, negado a pagar, el rey decidió quedarse con los bienes de la orden, fuera cual fuera el precio.

El 13 de octubre de 1307, en una operación simultánea cuidadosamente planificada, Felipe ordenó la detención de todos los templarios que se encontraban en Francia, empezando por el gran maestre Jacques de Molay. La acusación oficial tenia varios cargos, como herejía, apostasía, idolatría, prácticas sodomíticas y otras ofensas escandalosas que, con el tiempo, fueron consideradas como falsas y como una escusa para la confiscación de los bienes de los Caballeros.

Los templarios fueron arrestados en la madrugada, sin previo aviso. Sus castillos fueron tomados, sus riquezas confiscadas y ellos mismos arrojados a las oscuras prisiones. La ofensiva ocurrió de manera simultanea para evitar que la orden pudiera reaccionar, un ataque frontal a una institución cuyo poder eclipsaba al del mismo rey.

Los arrestados fueron sometidos a interrogatorios brutales y torturas sistemáticas, diseñadas para arrancar confesiones falsas. Se usaron métodos crueles como el potro, la inmersión en agua helada, la gota y otros suplicios que llevaban a muchos a admitir, bajo un dolor insoportable, todo tipo de cargos escandalosos.

Durante las torturas y las audiencias controladas por los agentes reales e inquisidores, algunos templarios admitieron, entre otras cosas, haber negado a Cristo, haber pisoteado la cruz o haber participado en rituales profanos. Otros sin embargo, negaron todo categóricamente, defendiendo la inocencia de la Orden y denunciando que aquellas confesiones eran producto de la violencia infligida.

El papa Clemente V, aunque inicialmente escéptico, fue arrastrado por la presión del rey Felipe, y en 1307 publicó la bula Pastoralis praeeminentiae, ordenando la detención y confiscación de todos los bienes templarios en territorios cristianos. Aquello fue una formalización papal a la ofensiva que ya había realizado el rey, pero aquello no era suficiente.

Después de años de interrogatorios y maniobras políticas, el Concilio de Vienne, celebrado entre 1311 y 1312, selló el destino del Temple. En marzo de 1312, el papa Clemente V promulgó la bula Vox in excelso, decretando la supresión de la Orden del Temple. Y así, formalmente, se extinguía un linaje nacido en el corazon de Jerusalén dos siglos antes.

Sus bienes no pasaron a la Corona de Francia, como Felipe hubiera deseado plenamente, sino que fueron transferidos, mediante otra bula papal, a la Orden de los Hospitalarios, salvo algunas excepciones locales y varias disputas entre monarquías cristianas.

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Mientras la Orden era legalmente anulada, aún quedaban templarios en custodia. Jacques de Molay, que había liderado a los Templarios desde el 1292, y algunos de sus más cercanos compañeros, seguían encerrados en París después de años de juicio.

El 18 de marzo de 1314, ya con más de 70 años y tras años de cárcel y de torturas, de Molay reafirmó su inocencia públicamente y se retractó de sus confesiones anteriores, declarando que estas habían sido forzadas. Aquello fue inmediatamente interpretado por los jueces como una recaída en su herejía, y como resultado, de Molay y otros tres dignatarios templarios fueron llevados en un macabro cortejo hasta un islote del río Sena frente a la basílica de Notre Dame. Allí vestidos con sus hábitos blancos cruzados de rojo, serían quemados en la hoguera bajo cargos de herejía.

La escena fue terrible: varios montones de leña, el atardecer que traía la oscuridad sobre París, y un silencio sombrío que se extendia entre una multitud, que contemplaba incrédula la ejecución de los hombres que habían sido, no mucho tiempo atrás, nobles defensores de Cristo. En la pequeña isla del Sena, la Isla de los Judíos, la madera crujía bajo los pies y un viento helado traía consigo el inquietante toque de las campanas de Notre Dame, como si el mismo París presenciara una agonía espiritual.

Mientras la multitud miraba fijamente, Jacques de Molay, encadenado al poste de la hoguera, cansado y con la mirada fija en la silueta oscura de Notre Dame, repetía una y otra vez la misma frase «Dios pagara nuestra muerte». Fue entonces cuando el rey hizo una señal al verdugo y este cumplió con su misión. Acerco la antorcha a la pira y rápidamente las llamas ascendieron y el humo inundo toda la isla. El silencio de la multitud ahora se había roto por el crepitar de las llamas, hasta que de repente, una voz que salía de entre las llamas dijo:

«¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!«. A aquellas palabras solo le siguió el silencio y poco después, el gran maestre termino muriendo. Pero lejos de terminar ahi, lo que vino unas semanas después parecía confirmar la veracidad de aquella condena en esa noche de fuego.

No habían pasado ni un mes cuando Clemente V cayó gravemente enfermo. Los médicos contaron que murió de una fiebre persistente acompañada de unos intensos espasmos y unas dolencias internas que se extendieron hasta que, 28 días después de la maldición, termino muriendo lejos de la pompa de Roma.

Más tarde ese mismo año, Felipe IV acabó muerto el 29 de noviembre de 1314 tras un accidente de caza. Una caída de su caballo durante una partida con otros nobles, le dejó con graves heridas que se gangrenaron, y acto seguido sufrió de unas fiebres terribles, vómitos y dolores insoportables que terminaron por minar su salud y llevarlo a la tumba antes de que se cumpliera el año prometido por Molay.

A los ojos de muchos, estas muertes parecían responder a un designio más allá de lo humano. Y sin embargo no fueron las únicas, ya que en los meses siguientes, otras desapariciones inquietantes entre los hombres que habían participado en la caída del Temple, reforzaron el aura de misterio que rodeó a las ultimas palabras del gran maestre.

Guillaume de Nogaret, consejero de Felipe IV y férreo enemigo de los templarios, murió en ese mismo año 1314, supuestamente envenenado. Guillaume de Plezian, estrecho colaborador del rey en el proceso contra los templarios, se dice que falleció ese mismo año lleno de llagas y enfermedades inexplicables. Portier de Marigny, su cómplice en la invención de las mentiras contra los templarios, fue arrestado tras la muerte de Felipe, acusado de malversación y otros delitos, y finalmente fue ejecutado en la horca en 1315. Pierre de la Brosse y Paviot, asociados a la administración real, también fueron colgados junto a él, como una justicia tardía por sus acciones durante la persecución templaria. Jacques Delor, otro de los sicarios del proceso, se suicidó en su celda la noche anterior a la ejecución de Portier y su mujer, llamada “la renga”, fue acusada de brujería y quemada en la hoguera a los pocos días.

Todos estos episodios fueron interpretados como repercusiones de la maldición de Molay, donde el peso de sus palabras habría perseguido a los artífices de la destrucción de la Orden más allá de la muerte. Pero la condena y la sombra de aquel día de fuego no se terminó con la muerte de los principales responsables, ya que la propia casa real del rey Felipe IV siguió un camino de muerte y penurias.

Luis X, hijo mayor y sucesor de Felipe, subió al trono tras la muerte de su padre, pero solo vivió dos años más antes de morir en 1316 a los 26 años, posiblemente por una fiebre contraída tras entrar en una cueva húmeda, aunque otras versiones hablaron de un envenenamiento, lo que encendió más aún los rumores en torno al legado maldito del Temple.

Por último Carlos de Valois, hermano de Felipe, se convirtió en un hombre atormentado por los remordimientos, vagando por las calles de Paris, llorando y rogando por oraciones para el descanso de su alma.

Otros nombres asociados a las torturas y los juicios contra los templarios, como obispos y clérigos que aplicaron la represión con rigor, también han sido envueltos en mitos de castigo súbito o muertes oscuras. Aunque las fuentes históricas no siempre verifican esos detalles, lo cierto es que la idea de que la justicia divina se volvió contra los perseguidores del Temple perduró durante años alimentando los relatos.

La desaparición de la Orden del Temple marcó el final de un capítulo épico en la Europa medieval. Su riqueza fue repartida, sus castillos abandonados o entregados a otras órdenes, y su legado quedó como una orden que vivió y murió entre la fe y la guerra, y cuyo violento final todavía late en las sombras de las leyendas europeas.

Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!

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