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La Voz que Sembró el Terror en la Guerra Civil

La Voz que Sembró el Terror en la Guerra Civil

Durante muchos meses en plena Guerra Civil, el miedo no llegó a las casas por el sonido de los disparos ni por el rumor de los combates, sino que llegó a través de la radio. Cada noche, cuando las familias se reunían alrededor de los aparatos de galena, una voz áspera rompía el silencio de todos los hogares. No era la voz de un locutor ni la de un periodista, era la de un general. Desde Sevilla, Gonzalo Queipo de Llano hablaba cada noche a través de Unión Radio, convertido en locutor improvisado que hacía que muchos oyentes sintieran un escalofrío. Y durante meses, aquella voz se convirtió en uno de los sonidos más temidos de la guerra.

La historia de aquel hombre, sin embargo, estaba llena de contradicciones. Antes de convertirse en uno de los generales más conocidos del bando sublevado, Queipo de Llano había sido un militar inquieto, cuya carrera estuvo marcada por conspiraciones, destituciones y giros políticos. Había nacido en 1875 en Tordesillas, Valladolid, y como muchos jóvenes de su generación, ingresó pronto en la Academia de Caballería, donde comenzó su carrera militar. Su formación se desarrolló en un ejército todavía marcado por la pérdida del imperio colonial y por las campañas en Marruecos, donde muchos oficiales curtieron su duro carácter. Allí comenzó a labrarse una reputación de militar decidido, impulsivo y poco dado a obedecer sin cuestionar a sus superiores.

Con el paso de los años, su nombre comenzó a aparecer asociado a conspiraciones políticas. España vivía una época convulsa, y cuando el general Miguel Primo de Rivera instauró su dictadura en 1923, muchos oficiales apoyaron el nuevo régimen. Queipo de Llano como tantos otros, aceptó inicialmente el nuevo régimen, aunque pronto se convirtió en un personaje incómodo para el poder. En 1924 fue apartado del ejército tras varias sospechas de conspiración contra la dictadura, acusado de participar en maniobras destinadas a restaurar el parlamentarismo. Pero aquella expulsión no apagó su actividad política, sino que lo empujó aún más hacia aquellos que buscaban acabar con la monarquía.

En los últimos años de la década de 1920, la monarquía de Alfonso XIII se tambaleaba y diversos grupos republicanos comenzaron a coordinarse para provocar un cambio político. Queipo de Llano se sumó a esas conspiraciones y su nombre apareció ligado al llamado Pacto de San Sebastián, celebrado en 1930, donde diferentes líderes republicanos acordaron organizar la caída de la monarquía y la instauración de una república. Para un militar de carrera aquello era un paso arriesgado, pero Queipo de Llano no dudó en implicarse. Ese mismo año participó en un intento de sublevación militar en el aeródromo de Cuatro Vientos junto a Ramón Franco, hermano del futuro dictador. Durante aquella jornada, el propio Queipo leyó un manifiesto por radio en el que se anunciaba que la República había llegado a España, mientras, Ramón Franco sobrevolaba Madrid lanzando octavillas sobre el Palacio Real. El intento fracasó y los conspiradores se vieron obligados a huir a Francia, pero aquel gesto marcó su papel en el movimiento republicano.

Su situación cambió radicalmente pocos meses después. En abril de 1931 se proclamó la Segunda República y muchos de aquellos conspiradores regresaron a España convertidos en héroes. Queipo de Llano fue recompensado con cargos y ascensos y según parece, el mismísimo Manuel Azaña lo nombró general de división y jefe de la 1ª División Orgánica. Durante aquellos primeros años juró fidelidad al nuevo sistema político y su familia se vinculó con las altas esferas republicanas, tanto fue así, que una de sus hijas contrajo matrimonio con el hijo del presidente Nieto Alcalá-Zamora.

Pero con el paso de los años, el clima político se volvió cada vez más tenso. Cambios de gobierno, enfrentamientos entre partidos, huelgas, disturbios y una creciente polarización social hicieron que muchos militares comenzaran a desconfiar del régimen que habían ayudado a instaurar. Queipo de Llano fue uno de ellos y poco a poco empezó a alejarse de la República y a mantener contactos con oficiales dispuestos a derribarla. Años después explicaría de este modo su cambio de postura: «Luché por la caída del Gobierno de Montero Ríos, combatí a las Juntas de Defensa, luché contra aquella monarquía que perdió un imperio. Y, cuando vi la República fría, muerta, sumergida en la vergüenza y el crimen, me alcé contra ella». Queipo insistía en que no tenia ninguna afiliación política, afirmando que «nunca pertenecí a partido alguno» y que no había vestido «otra librea que la de la patria».

Cuando en 1936 se puso en marcha el golpe militar, Queipo de Llano ocupaba el cargo de inspector general de carabineros y su papel en Andalucía resultaría decisivo. Sevilla era una ciudad importante y su control podría ser clave en el transcurso de la guerra. Con un reducido grupo de oficiales y en medio de la situación caótica, Queipo logró moverse entre distintos cuarteles, convencer a algunos mandos y neutralizar a otros. Así, en cuestión de unas horas consiguió hacerse con los principales centros de poder de la ciudad. Aquella maniobra terminó colocando Sevilla en manos de los sublevados y convirtió a Queipo en el hombre fuerte del sur que pronto sería conocido como el Virrey de Andalucía.

Pero su influencia no se limitó al ámbito militar, muy pronto encontró un instrumento que amplificó su poder: la radio. Desde los micrófonos de Unión Radio Sevilla comenzó a pronunciar discursos que levantaban la moral de los sublevados y trataban de intimidar a sus enemigos, valiéndose a su facilidad de palabra y agilidad mental. Llegó a realizar más de seiscientas intervenciones, muchas de ellas improvisadas, sin guion alguno y cargadas de amenazas, insultos y propaganda. Él mismo reconocería años después la importancia de aquellas emisiones: «Tuve noticias muy pronto del buen efecto que habían producido las primeras intervenciones, y por ello me impuse el deber de convertirme en un speaker, el primero, quizá, que empleó la radio como arma de guerra con resultados sorprendentes».

Así aquellas emisiones se convirtieron en una rutina. Durante las primeras semanas de guerra aparecía ante el micrófono varias veces al día; más tarde las intervenciones se redujeron a una charla nocturna que muchos oyentes esperaban con temor. Su voz áspera y su lenguaje deslenguado le valieron el apodo del Borracho de Sevilla, aunque los historiadores coinciden en que aquella fama tenía más de mito que de realidad. Lo que sí quedó grabado en la memoria de muchos fue la dureza de algunas de sus palabras.

«Yo os autorizo, bajo mi responsabilidad, a matar como un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción sobre vosotros». En otras ocasiones prometía venganza contra sus enemigos: «Por cada uno de orden que caiga, yo mataré a diez extremistas por lo menos, y a los dirigentes que huyan, no crean que se librarán con ello: les sacaré de debajo de la tierra si hace falta, y si están muertos los volveré matar».

Sus discursos mezclaban amenazas, burlas, insultos y exaltación de las victorias nacionales. También atacaba constantemente a dirigentes republicanos, por ejemplo a Dolores Ibárruri la tildó de furcia y a Indalecio Prieto de cacique con sobrepeso para acto seguido animar a «perseguir a los rojos como a fieras hasta hacerlos desaparecer a todos». Su voz causaba cada vez más temor y contribuía a extender el miedo entre la población que escuchaba aquellas emisiones. «La propaganda para Queipo de Llano fue muy importante por la radio. Sólo su voz daba pánico» Incluso la propia CNT llegó a afirmar en una publicación de la época que «las tonterías que hablaba por la radio habían causado mucho más daño que el desembarco de las tropas Regulares». Lejos de molestarse, Queipo respondió con orgullo: «Soy el primero que ha empleado la radio como arma de guerra, y lo acepto lleno de satisfacción».

Sus palabras alcanzaron uno de sus puntos más polémicos cuando habló sobre la violencia contra las mujeres republicanas. En una de sus emisiones afirmó: «Nuestros soldados han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen».

También utilizó la radio para narrar operaciones militares e intimidar a la población civil. Durante la ofensiva sobre Málaga en 1937 anunció por las ondas la huida de miles de personas hacia la costa oriental de Andalucía y describió el ataque aéreo contra los refugiados: «Una parte de nuestra aviación me comunicaba que grandes masas huían a todo correr hacia Motril. Para acompañarles en su huida y hacerles correr con más prisa, enviamos a nuestra aviación que bombardeó e incendió algunos camiones».

En otras ocasiones alternaba los insultos con relatos épicos destinados a reforzar la moral de los nacionales. En septiembre de 1936 dedicó una larga intervención a la defensa del Alcázar de Toledo: «En Toledo continúa la épica lucha de los defensores del Alcázar, asombro del mundo entero, hasta de los marxistas, que confiesan en sus partes haber rechazado sus ataques por las ametralladoras nacionales. Allí estuvieron ayer, aunque seguramente muy lejos de las balas, el canalla de Asensio y el «Canallero» de Largo, presenciando la intención para regar con gasolina el Alcázar e incendiarlo; pero la intentona fracasó. Hoy la prensa italiana elogia a aquellos bravos defensores y dice que a todas las naciones interesa esta lucha de la civilización contra la barbarie y la esclavitud asiáticas.»

Durante toda la guerra, su voz siguió sonando desde Sevilla y su influencia fue tan notable que algunos historiadores dijeron que fue uno de los primeros militares en comprender el poder de la radio como instrumento psicológico en la guerra. Para sus partidarios, aquellas emisiones eran una muestra de determinación en plena guerra. Para sus enemigos, en cambio, se convirtieron en uno de los símbolos más inquietantes del conflicto.

Tras el final de la guerra el protagonismo de Queipo fue disminuyendo. Las diferencias con Franco y otros dirigentes del régimen terminaron apartándolo del primer plano político y con el paso de los años abandonó la vida pública y pasó largas temporadas fuera de España.

Murió en 1951 y sus restos fueron enterrados en Sevilla, en la Basílica de la Macarena, templo con el que había mantenido una estrecha relación y en cuya construcción había participado. Durante décadas permaneció allí junto a los restos de su esposa, en un lugar que con el tiempo se convertiría también en objeto de debate histórico y político, hasta que en el año 2022 sus restos serían exhumados.

Pero más allá de las discusiones sobre su enterramiento, la memoria no ha olvidado aquellas noches en que miles de españoles escucharon su voz. Y les recordaba que el conflicto no solo se libraba en los frentes, sino también a través de las ondas.

Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.

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