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Corría el año 997 cuando el implacable caudillo musulmán Mohammed-Abi-Amis, conocido en la historia como Almanzor, el Victorioso, llevó el terror a las tierras del norte de la península. Tras saquear Compostela y robar las campanas de la imponente catedral de Santiago, dirigió sus huestes hacia Lugo, la ciudad que tanto odiaban los musulmanes. Lugo era un símbolo de resistencia, pues de allí partieron los primeros guerreros que combatieron en Covadonga. Sus murallas habían resistido innumerables asaltos y, para Almanzor, conquistarla significaba borrar un emblema de coraje y valor para la cristiandad y también con esto conseguiría consolidar su dominio sobre la península.
Debido a sus numerosas conquistas en el norte, Almanzor pensaba que Lugo caería sin muchos problemas, pero al llegar con un colosal ejército a la ciudad se encontró con una resistencia que no se esperaba. Viendo la solidez de la fortaleza, el líder musulmán ordenó a sus tropas que se posicionaron alrededor de la ciudad y la cercaran por completo. Miles de tiendas y fogatas cubrieron las colinas cercanas, y cada noche el resplandor de los fuegos musulmanes recordaba a los sitiados el constante peligro que les acechaba. Pero dentro de los muros de la ciudad, la resistencia no se rendiría tan fácilmente.
Durante años Alonso III habia llenado la ciudad con la flor de la nobleza gallega y multitud de valientes guerreros habían llegado dispuestos a morir por dios y por su patria. Abades, monjes, laicos y todos los que se encontraban en la ciudad habían recibido orden de defenderla de cualquier enemigo hasta la muerte, por lo que aquella conquista no sería una tarea sencilla. Tras varios intentos de asaltar la ciudad, Almanzor comprendió que perdería miles de soldados en la conquista, por lo que finalmente decidió conquistar Lugo por hambre. Cortaría los caminos y quemaría los campos, no permitiría que nadie entrase o saliese de la ciudad, y cuando la resistencia se quedase sin comida, la ciudad no tendría otro remedio que rendirse.
Tras estrechar el cerco Almanzor envió un par de emisarios para parlamentar con los sitiados, estos les dijeron que era inútil su resistencia, ya que todos acabarían muriendo y bien harían si se rundían ahora y salvaban sus vidas. pero los sitiados respondieron que no habría tal rendición ya que tenían murallas que los defendían, pan para alimentarse y el suficiente valor para no humillarse. Almanzor ante aquella respuesta se quedó asombrado, por lo que se decidió a esperar manteniendo el cerco.
Las semanas pasaban y las provisiones comenzaron a escasear. Los graneros se fueron quedando vacíos, el agua debía ser racionada y las fuerzas de los soldados comenzaban a flaquear. Los habitantes de la ciudad comenzaron a sufrir algunas calamidades, pero ninguno estaba dispuesto a entregar la ciudad, Almanzor comenzó a mandar algunos ataques con la esperanza de que la ciudad ya estuviera lo suficientemente debilitada, pero ataque tras ataque las fuerzas cristianas salían victoriosas.
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Pero pronto la plaga del hambre comenzó a hacer estragos. Los niños lloraban en las calles, las madres trataban de alimentar a sus familias con las últimas migajas de pan, y los soldados apenas tenían fuerzas para sostener sus espadas. Tres condes, hombres de valor y de honor, lideraban la defensa de la ciudad, llamados Don Eros, Don Fernando y Don Otón. y cuando la situación se volvió insostenible y ya no habia nada para comer, los tres condes reunieron a los líderes de la ciudad en el salón del castillo.
Fue entonces cuando don Eros, animando a continuar con la resistencia por el amor a la patria, tomó una decisión que marcaría para siempre la historia de la ciudad. Ordenó que todas las pieles disponibles fueran cortadas en tiras y sumergidas en agua para ablandarlas. Aquello se convirtió en el único alimento de los sitiados y a partir de ahora se alimentarían de aquellas correas. los habitantes Masticaban el cuero, bebían agua y se aferraban a la esperanza de resistir un día más.
Mal alimento sería aquel, pero hizo que el valor de la resistencia no cayera ni por un momento, resistiendo una vez más al ataque de los musulmanes, Don Eros habia liderado aquella lucha mientras que Don Fernando y Don Otón, bajo la cobertura de la batalla, lograron adentraron en el campamento enemigo. Con sigilo, robaron un cordero, un saco de harina y un haz de espigas de los almacenes musulmanes.
Cuando regresaron a la ciudad, Don Eros abrazó a los dos condes en agradecimiento por arriesgar de aquella manera su vida, y tras escucharlos, los tres idearon un plan audaz que cambiaría el destino de Lugo.
Enviaron un mensaje a Almanzor, pidiéndole audiencia, y tras aceptarla, dos caballeros, cubiertos con sus armaduras y con porte desafiante, se presentaron ante el líder musulmán. Almanzor, desconfiado, los recibió en su tienda, rodeado de sus generales y visires. Los caballeros le dijeron que le traían un presente de parte de los tres condes, y acto seguido depositaron ante él un cordero, un pan recién horneado y un haz de espigas.
El caudillo los miró con gran asombro, no entendía cómo era posible que los sitiados, si realmente estaban al borde del colapso, se dieran el lujo de regalarle aquella comida. Además aquello significaba que si todavía poseían tales provisiones, su resistencia podía prolongarse durante meses o incluso años.
Aquel engaño surtió efecto. Almanzor, frustrado y convencido de que la ciudad estaba lejos de rendirse, ordenó levantar el sitio al amanecer. Cuando los primeros rayos del sol iluminaron las murallas de Lugo, los gallegos vieron con asombro como el ejército musulmán se retiraba. Sus banderas ondeaban mientras se alejaban en la distancia, dejando tras de sí el campo de batalla vacío.
Los habitantes de Lugo habían vencido gracias al ingenio y la determinación que habían demostrado los tres condes, y desde aquel día, a cada uno de ellos se le recordaría por sus hazañas..
Don Eros fue llamado Correa, por la ingeniosa manera en que alimentó a los sitiados con tiras de cuero.
Don Fernando recibió el nombre de Bolaño, derivado de “bolo” que significa pan y “año” que significa cordero, en honor a lo que robó del campamento enemigo.
Don Otón fue conocido como Pallares, ya que en las trojes de los musulmanes encontró las espigas que usaron para hornear el pan.







