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El abuelo de Benigno Sánchez había sido un carpintero de ribera, y muchos de los barcos pesqueros con los que los marineros de esa ría salían a faenar habían sido fabricadas por él. Pero los cambios en las costumbres, los nuevos inventos y los cambios de técnicas hicieron que cada vez se encargasen menos barcas nuevas y, tras la muerte del abuelo, el padre de Benigno se vio obligado a alternar el oficio con la instalación de cocinas modernas. Benigno, que era soltero, seguía viviendo en la vieja casa familiar, y aunque conservaba en el taller las antiguas herramientas y algunas piezas de embarcaciones, ya no practicaba el oficio de sus mayores. Sin embargo, Benigno seguía montando cocinas como había hecho su padre en los últimos años de su vida.
Pero este no era su único oficio, debido a que la instalación de cocinas tampoco era un oficio que generase un gran sustento, Benigno dedicaba parte de su jornada a la venta de seguros. Servando Neira, un agente de una compañía de la capital, solía visitar a los armadores y asentadores de pescado, y frecuentaba el bar del muelle donde Benigno jugaba a las cartas todos los viernes. Al darse cuenta de que Benigno conocía bien a la gente del lugar y tenía buena relación con todos, Servando lo convenció de que vender seguros era una forma cómoda de ganar dinero, y le enseñó a descifrar aquellos formularios que parecían tan complejos.
En su primera semana como asegurador, Benigno logró convencer a dos vecinos de las ventajas de las pólizas de seguro para sus viviendas, haciéndoles firmar los contratos y pagar las primas correspondientes. Desde entonces, Benigno recorría la comarca por las tardes con una carpeta llena de documentos, decidido a proteger a todos contra incendios, granizo, epidemias que pudieran afectar a sus gallineros o establos, y los fatales accidentes de tráfico.
En un par de años, Benigno había conseguido una buena cartera de clientes. Viajaba cada semana a Pontevedra para arreglar los papeles con Servando y ajustar sus comisiones. Aunque seguía instalando cocinas, ya no lo hacía por necesidad económica, sino porque se complementaba perfectamente con su trabajo de vendedor de seguros, ya que le permitía conocer a nuevas personas y hablar con ellas sin prisas en sus propias casas.
Para desplazarse por las aldeas en su trabajo de asegurador, Benigno se compró una motocicleta con ruedas adecuadas para los caminos embarrados y empinados. Siempre iba bien envuelto con un impermeable verde, un casco rojo con visera oscura y una bufanda cubriéndole la parte inferior del rostro. Acompañado del sonido inconfundible de su moto, Benigno se convirtió en una figura familiar en la zona.
A veces, los clientes resultaban no ser buenos cumplidores con sus pagos, por lo que Benigno tenía que visitarlos frecuentemente para recordarles el vencimiento de las primas. Una noche de invierno, después de una larga e infructuosa visita a una anciana testaruda, la rueda trasera de la moto de Benigno se pinchó. Aunque llevaba un producto para repararlo, no funcionó tan bien como indicaba el fabricante. En la oscuridad, arrastró su motocicleta, esperando encontrar una casa donde poder dejar su moto a resguardo antes de buscar cómo regresar a su aldea. Sin embargo, tras andar mucho tiempo, acabó perdido en el enredo de caminos y sendas.
Era medianoche cuando Benigno llegó cerca de un antiguo monasterio, que, tras llevar años en estado de abandono, ahora estaba siendo restaurado. El camino se distinguía apenas en la oscuridad y mientras lo transitaba Benigno escucho unos ladridos a lo lejos que le llamaron la atención, era raro que tantos perros pasarán por aquel bosque en la noche, pero pasados unos minutos, se hizo el silencio, no se escuchaba nada a su alrededor, era tal el silencio que no se apreciaba ni el sonido de las ramas de los arboles al mecerse con el viento, cuando de repente, Benigno vio unas luces. Al principio pensó que eran causadas por la bruma, pero al acercarse comprendió que ese brillo escaso y tembloroso estaba sujeto a los objetos que la emitían, eran unos grandes cirios que lo portaban unos miembros que iban en procesión. Benigno se detuvo y escuchó el murmullo de una oración entonada por muchas bocas, y al compas de la oración, le acompañaba el repicar de una campanilla. Imaginando que la procesión estaba relacionada con el monasterio, se apartó del a un lado del camino para dejarla pasar.
Al frente de la procesión iba la figura de un hombre, que portaba una pequeña cruz junto lo que parecía ser un caldero de agua bendita, seguida de esta figura, iban otras encapuchadas, una segunda portaba un estandarte cuya imagen no era posible de identificar, y tras esta, una figura que agitaba la campanilla al ritmo de la oración. La procesión, iluminada por un resplandor azulado, estaba compuesta por figuras con túnicas ajadas, rostros pálidos y flacos y los ojos apagados, portaban los grandes cirios que emitían un inconfundible olor a cera cuando el viento se agitaba a su paso.
Cuando la procesión se acercó lentamente al lugar donde se encontraba Benigno, este se fijo aun más en la figura que encabezaba la procesión. Su vestimenta poco tenia que ver con la del resto de individuos, ya que iba vestido con ropas comunes y la cabeza tocada con una boina, pero lo mas curioso era su actitud. Lejos del piadoso andar de sus compañeros, este miembro andaba sin mucha compostura, con pasos irregulares y torciendo mucho el cuerpo, era como si se resistiera a caminar, llevaba los brazos muy extendidos, como si en lugar de portar la cruz estuviera atado a ella, obligándolo a caminar, su cara mostraba una mueca de dolor, con los ojos desorbitados y la boca entreabierta.
Cuando este individuo se dio cuenta de la presencia de Benigno, su rostro cambio por completo, se acercó a él de un salto y, murmurando algunas palabras, le entregó la cruz y el caldero, antes de alejarse corriendo camino abajo y perderse en la oscuridad de la noche.
Benigno, perplejo por la situación que acababa de vivir, sintió una fuerza violenta que no era capaz de resistir y que lo empujaba a colocarse en el sitio que antes habia ocupado el hombre que encabezaba la procesión y asi, Benigno Sánchez, se vio obligado a formar parte de aquella procesión.
Al amanecer, los rezos macabros y las luces fosforescentes de los cirios desaparecieron de repente al tiempo que lo hacia el resto de la procesión, y Benigno de repente, se encontró otra vez junto a su moto, empapado y dolorido.
Los esfuerzos por llegar a casa y arreglar el pinchazo de la moto hicieron que Benigno pensase que la experiencia que había vivido la noche anterior habia sido solo un sueño fruto de andar durante horas por el monte, por lo que, llegada la noche, se acostó apartando de su memoria todos los pensamientos de la procesión, pero llegada la medianoche, fue nuevamente atraído por una llamada insistente y, empujado por la misma fuerza que la noche anterior, salió de su casa corriendo sin apenas tiempo para calzarse, y pronto se vio de nuevo encabezando la procesión, obligado a soportar aquella macabra cruz.
La procesión recorría el mismo camino en el que se habia desvanecido la noche anterior y partir de ahí continuaba con su nocturno paseo. Tras varias horas de recorrer los montes y los pueblos abandonados llego el amanecer y Benigno se encontró de nuevo en su casa, con el cuerpo molido y el animo por los suelos.
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En ese momento Benigno era ya consciente de que estaba atrapado en una leyenda de su infancia, aquella procesión a la que habia acompañado durante esas dos noches y de la cual estaba cautivo no era otra que la Santa Compaña, un cortejo de almas en pena que recorría cada noche los caminos de los montes e incorporaba a su procesión a cualquier vivo que se cruzase con ella. Según contaban las leyendas, la persona que se incorporaba a la Santa Compaña esta condenado a acompañar al cortijo hasta que se encontrase con otra persona a la que pudiera transmitir aquella maldición, pero, si esto no ocurría, la persona acaba muriendo, engrosando asi las filas de la procesión para siempre.
Noche tras noche Benigno repitió la aventura sin descanso, cada mañana, cunado llegaba el alba, aquella maldición perdía su efecto, y Benigno era devuelto a su casa, pero el cansancio era cada vez mayor y lo hacia quedarse en la cama durante horas sin ni si quiera tener fuerzas de probar bocado, pero aunque muchas horas pasase en su cama, nunca llegaba a recuperar las fuerzas y a los pocos días de repetir la procesión, abandonó su trabajo y sus compromisos.
Tras un par de semanas en las que Benigno no se había presentado en la agencia ni había contestando a sus llamadas, Severiano fue a verlo a casa, al llegar quedó sorprendido al encontrar a Benigno tan desmejorado, pero más le sorprendió su desesperada confesión sobre su incorporación a la Santa Compaña. Servando intentó convencerlo de ver a un médico, ya que creía que Benigno estaba sufriendo un ataque de locura, pero su antiguo compañero estaba seguro de que su problema no tenía solución médica. Severiano regresó a Pontevedra algo preocupado, pero estaba más inquieto por la situación de desamparo en la que habían quedado los clientes de Benigno.
Servando volvió a ver a Benigno una semana después, aquel día debía de visitar a algunos clientes que Vivian por la zona, por lo que tras arreglar sus asuntos, quiso acercarse a visitar a su compañero para ver si su estado de locura habia sanado. Al llegar lo encontró peor y con un aspecto aun más descuidado. Benigno le confesó que se encontraba tan agotado que ya no tenia fuerzas ni para cambiarse de ropa, Servando observo como su ropa estaba húmeda y llena de barro, pero además tenia una innumerable cantidad de rasgaduras y enganchones en las que aun se veían algunas pequeñas ramas de zarzas y espinas. Benigno, desesperado, le mostró las heridas en sus piernas y le contó que la procesión habia tomado una nueva ruta por senderos abandonados muchos años atrás y que se encontraban cubiertos de maleza. Le confesó que se encontraba hundido, y que creía que moriría en alguno de sus paseos nocturnos sin poder pasar la maldición a otro. Servando le pregunto donde habia terminado su paseo aquella noche, y Benigno le indico que se trataba de un sendero cercano a un viejo cementerio más allá de las ultimas playas.
Servando, intrigado y muy preocupado por el aspecto de su compañero, acudió aquella noche a la casa de Benigno, solo para ver que este ya no se encontraba en su casa y que además, la puerta estaba entreabierta, Fue entonces cuando quiso comprobar los delirios de su compañero y acudió al lugar indicado por Benigno. Dejo el coche a un lado de la carretera y descendió hasta llegar al antiguo cementerio, justo al lado se encontraba una senda muy abandonada, y a lo lejos, caminando por ese senderó le pareció ver una luces que se le acercaban. Al acercarse más aquellas luces, pudo distinguir que se trataba de un grupo de personas, y escucho como todos iban murmurando algún tipo de rezo al unísono seguido por el repicar de una campanilla. Encabezando aquel cortejo se encontraba su amigo Benigno, quien apenas se tenia en pie, llevaba consigo una cruz y una especie de caldero y caminaba con tal desanimo que no era capaz de levantar los pies del suelo.
Al llegar a su altura, Benigno descubrió a Servando, fue entonces cuando sus ojos mortecinos recuperaron su brillo. «Que queiras que non queiras» le escucho decir a Benigno mientras que le obligaba a agarrar la cruz y el caldero para justo después escapar corriendo entre la noche, y Servando, empezó a sentir una extraña fuerza en su interior que lo obligaba a incorporarse a la procesión.
La Santa Compaña es una leyenda popular de Galicia y el noroeste de la península ibérica que trata sobre una procesión de almas en pena. Esta misma leyenda, con variaciones, también se encuentra en la mitología asturiana y en otras regiones de España.
Aunque la apariencia de la Compaña cambia según las tradiciones locales, la versión más conocida describe una comitiva de almas en pena vestidas con túnicas negras y capuchas que vagan durante la noche.
Esta procesión de espíritus se forma en dos filas, envueltos en sudarios y descalzos. Cada fantasma lleva una vela encendida y su paso deja un olor a cera en el aire. Al frente de esta compañía espectral está un espectro mayor conocido como Estadea.
La procesión de la Santa Compaña es liderada por un mortal que porta una cruz y un caldero de agua bendita, seguido por las almas en pena con velas encendidas. Aunque no siempre son visibles, su presencia se percibe por el olor a cera y el viento que se levanta a su paso.
Se dice que no todos los mortales pueden ver la Santa Compaña. Elisardo Becoña Iglesias, en su obra «La Santa Compaña, el Urco y los Muertos», explica que según la tradición, solo ciertas personas «dotadas» pueden verla. Son aquellos niños a quienes el sacerdote, por error, ha bautizado usando el óleo de los difuntos, y estos niños cuando son adultos poseen la capacidad de ver la Santa Compaña.
Se dice que para librarse de la maldición de unirse a la peregrinación de la Santa Compaña, se debe dibujar un círculo en el suelo y entrar en él, acostarse boca abajo, llevar una cruz encima, rezar sin escuchar los cánticos de la procesión, o, en última instancia, salir corriendo.
Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!
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