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Las Brigadas Internacionales

En plena Segunda Guerra Mundial, un oficial miró a Theo Francos fijamente, como si pudiera ver a través de su alma y le dijo: «Tú no tienes madre, ¿verdad?». Theo se sobresaltó. Le preguntó por qué decía eso, y el hombre respondió sin dudar: «La gente que se apunta voluntario a tantas misiones como tú no suele tener madre. Quédate conmigo y por lo menos salvarás tu vida. No creas que al final de la guerra serás más considerado». Años después aún recordaba aquella frase del oficial pues había resultado ser cierta.

La madre de Theo se llamaba Feliciana. No sabía leer, tenía el cabello rojo y un carácter aún más encendido. En el pueblo la llamaban La Roja, no solo por el color de su pelo, sino también por sus ideales: «Todo el mundo debería comer hasta hartarse» decía. Su padre, Julio, era distinto, era callado y devoto, había aprendido a leer con la Biblia, que era el único libro que había en casa.

Julio trabajaba en el campo desde que salía el sol hasta después de que anocheciera. Iba a la plaza antes de amanecer, esperando ser elegido por el patrón junto a otros jornaleros. Les entregaban un pedazo de pan y una cebolla para aguantar la jornada. Mientras, el cura y los terratenientes del lugar se quedaban con todas las ganancias que generaban. «A menudo se daban grandes atracones de comer y beber delante de ellos.»

Julio y Feliciana tuvieron tres hijos, pero el hambre fue más fuerte que la sangre. La pequeña Benita murió con apenas dos años. La tierra no ofrecía esperanza, y para ellos, el país solo podía ofrecerles misera, por eso en 1909, emigraron a Bayona.

Allí alquilaron una habitación en una pensión infestada de pulgas. Luego se mudaron a un piso compartido con otros quince paisanos, donde vivían casi medio centenar de niños. Julio consiguió empleo en las Forjas del Adur. donde trabajaba doce horas al día. «El trabajo era muy peligroso, pero él estaba contento por haber escapado del yugo de la Iglesia y de los caciques. Pero mi madre siempre echó de menos España, así que cuando quedó embarazada de mí decidió viajar al pueblo para dar a luz en compañía de su familia.»

Theo apenas pisó la escuela. A los doce años, ya trabajaba de pinche en un restaurante de lujo. Servía platos exquisitos a señores que, para humillarlos, se encendían los cigarrillos con billetes de cien francos. «En toda Europa se perseguía a los
sindicalistas y el fascismo era cada vez más acechante. Por eso, a los 16, decidí empezar a militar en las Juventudes Comunistas de Boucau.» Su padre, que había vivido la represión en su propia carne le recomendó tener prudencia.

Para ayudar a su familia, Theo trabajaba de día sirviendo en un hotel y de noche hacia lo mismo en un club. Allí vio al príncipe de Gales, al rey Alfonso XIII, a alcaldes y empresarios arrastrar su decadencia entre alcohol, orgias y juegos de casino. «Allí una rica inglesa sobornó al jefe del hotel para permitirme pasar una semana con ella; luego quiso llevarme a su país. Yo no acepté. La idea de vivir en esa opulencia me repugnaba.»

El 14 de abril de 1931, Theo y su padre celebraron la proclamación de la Segunda República en España. Pero no pasó mucho tiempo antes de que la esperanza comenzara a desvanecerse. La nueva republica se veía inestable e incapaz de resistir a los nuevos aires crecientes en toda Europa. «En Boucau organizábamos el exilio secreto de militantes portugueses perseguidos por Salazar y de españoles represaliados por participar en la revolución de 1934 en Asturias. Yo ayudé a pasar la frontera a más de treinta militantes clandestinos, entre los que recuerdo a José Díaz, secretario del PCE y a Dolores Ibárruri, a la que pasé en tres ocasiones.»

Su padre murió en 1934, consumido por una úlcera gangrenosa empeorada por sus condiciones de vida. Antes de morir, le dejó a su hijo un profundo legado: «Lleva siempre a España en el corazón».

Cuando en julio de 1936 estalló la guerra, Theo no lo dudó. Pensaba que, si se vencía a los nacionales en España, se evitaría una catástrofe mundial. El Partido Comunista local se opuso a su partida, pero Theo desobedeció. El 10 de agosto dejó a su madre, a su hermana y a Joséphine, su amor, al cuidado mutuo. «¡Mi madre recibió tantos desprecios por tener “un hijo que se había ido a combatir con los comunistas españoles”!».

Llegó a Madrid sin maleta. Creía que la guerra duraría tres meses. Lo enviaron a un convento confiscado por el PCE que ahora era el centro de instrucción del Quinto Regimiento. Pronto estuvo en la sierra de Guadarrama, integrado en la centuria Comuna de París, bajo las órdenes de Jules Dumont, allí, rápidamente comprendió que España no era un país unido «Yo, que imaginaba una España unida contra el fascismo, enseguida me di cuenta de que los españoles amaban diferentes patrias. Muchas ideologías políticas que nublaban la idea de destruir al enemigo común, que sin embargo sí estaba organizado militarmente y tenía superioridad en recursos, hombres y ayuda internacional.»

En Somosierra resistieron el avance de las tropas de Mola y luego fueron enviados a Talavera de La Reina. La organización era caótica. Los heridos morían por falta de evacuación. Los anarquistas discutían cada movimiento en asambleas. Solo unos pocos, como Durruti o los hermanos Ascaso, entendían que sin disciplina no había victoria. «Yo no entendía nada. Cuando había falangistas enfrente, había que ir a por ellos, sin pensar.».

Theo pronto comprendío la brutalidad de la guerra civil. «Nunca hubiera imaginado el grado de barbarie con el que actuaba el ejército de Franco. Una vez lanzaron en un paracaídas a un piloto inglés cortado en pedazos y metido en un ataúd. ¡Nosotros sólo entregábamos los prisioneros al Estado Mayor! En las batallas pasábamos mucho miedo.» Mientras, Dumont, intentaba que el miedo no los paralizase «Si las oíamos, nos decía, no eran para nosotros; nuestra bala sería la que no oyéramos»

En noviembre llegaron las armas soviéticas, los aviones, y los voluntarios de 54 países. Nacieron las Brigadas Internacionales. Su batallón se transformó en la XI Brigada Mixta. Allí se reencontró a Pierre Vidal, un viejo amigo de Bayona. El 8 de noviembre marcharon por Madrid. «Yo estaba emocionado al ver el apoyo del pueblo madrileño.»

La primera acción fue la defensa de la Ciudad Universitaria. Cuerpo a cuerpo, metro a metro «Fue un combate cuerpo
a cuerpo. No había tiempo de pensar. Te encontrabas de frente con un enemigo y el primero que disparaba ganaba. Tirabas un tabique y aparecía un moro de frente. El primero que clavaba la bayoneta vivía. No podíamos ni dormir. Estuvimos veinte días en ese cataclismo.» Fue herido por un obús y trasladado a Elche donde estuvo varios meses.

Ya recuperado fue enviado a la escuela militar del cuartel de Porta Coeli, donde acabó siendo comisario. Le pusieron a cargo de 750 hombres, a los que motivaba y ayudaba a conectar con la población civil «para que conocieran a la gente por la que estaban luchando». Theo recuerda como en el Jarama la batalla se endureció y los muertos eran tantos que no había tiempo de enterrarlos. Una mañana encontraron 150 degollados y uno de ellos habia sobrevivido refugiado en el agujero de un obús. «gritaba de dolor esperando que fueran a rescatarlo. Pero no podíamos hacerlo porque el combate seguía. Después de unas horas escuchándolo, decidí tirarme al río. No consigo explicarme cómo conseguí cruzarlo con él encima, pero lo cierto es que lo salvé».

Tras la batalla de Madrid fueron enviados a Brunete, donde morían de calor «luchábamos a temperaturas de 45 grados, casi sin agua y comida. Muchos camaradas enfriaban los fusiles meando encima» en Teruel, en cambio, morían de frío a temperaturas de 25 grados bajo cero. «El frío hacía que los soldados murieran congelados. Empezaban a reír totalmente crispados y nos dábamos cuenta de que entonces iban a morir.» Fue destinado junto a su amigo Pierre Vidal a la operación del Ebro, allí organizaba el cruce del río ocultando las embarcaciones. Fue el punto más alto de la guerra. Pero también el principio del fin. Los nacionales, bien armados, contraatacaron brutalmente. «Los franquistas mutilaban a los prisioneros y los oíamos gritar cuando los asesinaban. Teníamos mucho valor, pero eso no bastaba.»

Cuando las Brigadas fueron retiradas por el acuerdo de Londres, la Pasionaria las despidió desde Barcelona, pero Theo no quiso irse, por lo que Fingió haber nacido en Fontihoyuelo y se unió a la 65 Brigada. Peleó en Pozoblanco, Cabeza de Buey y Villanueva hasta que en Alicante, atrapado y ya sin esperanza, vio partir el último barco. Era su cumpleaños número 25 cuando lo arrestaron.

Theo se tragó sus papeles de identidad. Tomó el nombre de un primo suyo fusilado: François Pérez pero aun así, fue detenido. Pasó catorce meses y siete días preso en los que fue testigo de muchos fusilamientos «En Albatera y Los Almendros los franquistas sacaban a la gente haciéndoles creer que les llevaban a su casa, pero apenas salían oíamos los disparos del fusil. Cada día teníamos que presenciar la ejecución de grupos de 20 ó 30 personas designadas al azar y luego nos obligaban a cavar las fosas para enterrar a los asesinados»

En Porta Coeli, donde antes había sido comisario, lo torturaron con saña. «Nos hicieron la gota de agua: te ataban al suelo y hacían que una gota cayera sobre la cabeza hasta perforarla, mientras oíamos los gritos de los compañeros. A una mujer le cortaron un pezón y le echaban vinagre en la herida. A mí me metieron trozos de madera en las uñas de los pies que poco a poco iban apretando con una prensa. Aún hoy me cuesta aguantar los zapatos. A muchos comunistas les cortaron el puño y les dijeron: “¡Saluda ahora!” Algunos se volvieron locos y otros se suicidaron.»

En junio, lo trasladaron a Miranda de Ebro. Era un campo construido al estilo alemán. Allí los obligaron a construir la piscina de los oficiales, las letrinas y una capilla. Comían bellotas y raíces y su único pensamiento era escapar de aquel lugar. Un grupo de polacos cavó un túnel por el que tenia pensado escapar y Theo se unió a ellos. Provocaron un cortocircuito con el muelle de un colchón y escaparon en la oscuridad, consiguió llegar hasta la frontera con Portugal, pero lo detuvieron. De vuelta en Miranda, fue castigado: «Al entrar, me castigaron enterrándome hasta la cintura y dándome 90 latigazos. Estuve 20 días debajo del sol y el frío de la noche. Me despertaban con un chorro de vinagre sobre las heridas. No sé cómo pude resistirlo, pero seguía vivo.»

La Cruz Roja visitó el campo, estaba intentando pactar una liberación de los presos extranjeros. Theo aprovechó para pedir ayuda, pero como la ayuda no llegaba, escapó por las alcantarillas donde caminó por aguas sucias hasta llegar a un arroyo «En él me bañé para limpiarme, ¡sentía que seguía vivo!»

Una mujer, esposa de un ferroviario, lo acogió y le dio de comer. Joséphine, desde Francia, había logrado ese contacto. Después Theo caminó una semana rumbo a Madrid pero la guardia civil lo detuvo de nuevo. Lo torturaron hasta que finalmente confeso su fuga de Miranda. Fue trasladado a Burgos después de ser juzgarlo en Yeserías. «Me pegaron tanto que firmé un papel en blanco y les dije: “Poned lo que queráis.”». En el margen de aquel papel había escrito un número: 5525. Era su condena de muerte.

Pasó tres meses en una celda subterránea, sin luz y alimentado con pan y agua cada dos días. Al salir, creía haber perdido la vista. Los compañeros lo salvaron a base de migas de pan y poco después fue condenado a trabajos forzados. «Fuimos obligados a construir Belchite al lado del pueblo destruido. El trato hacia los voluntarios internacionales era peor que el que daban a los trabajadores españoles. Querían acabar con todos nosotros.» Cualquier intento de fuga se castigaba con la muerte. «Los que intentaban huir eran asesinados en la iglesia en ruinas». Solo siete de treinta brigadistas sobrevivieron.

Volvió a Miranda donde esta vez si, Cruz Roja logró liberar a algunos internacionales. Theo estaba entre ellos pero cedió su plaza a un camarada rumano condenado en su país. Más tarde, un delegado de la organización preparó su fuga. Un ferroviario lo escondió en un tren. Se infiltró con otros diez en una operación de repatriación y engañaron a los soldados montando un poco de follón, pero al llegar a la frontera faltaba una firma. Por lo que fueron enviados al campo de Lezo, en el País Vasco y allí fue torturado de nuevo.

El 21 de junio de 1940, finalmente Cruz Roja solucionó su problema y cruzó la frontera. Pensó que vería al fin a su madre y a Joséphine. Pero su madre, advertida de su regreso por la Cruz Roja, envió a un compañero a Hendaya para suplicarle que no volviera. «Mi detención y deportación hubiera sido automática, pues los alemanes ya estaban enterados de mi historial»

Theo comprendió que su lucha aún no había terminado por lo que se embarco desde San Juan de Luz hacia Inglaterra, donde empezó su segunda guerra.

Ingresó en la escuela de paracaidismo de Manchester. Tenían más medios que en España, pero menos ideales. «no vi la camaradería y el idealismo entre los compañeros. Muchos se alistaban por el sueldo y algunos oficiales eran corruptos». Se reencontró con Pierre Vidal con quien fue enviado a luchar en Libia. Allí, una ráfaga hirió a Vidal y Theo lo cargó durante quince kilómetros entre las dunas. Los alemanes se acercaban y Pierre no tenía el valor para suicidarse, por lo que le suplicó a Theo que acabase con él «Tuve que hacerlo. No deseo a nadie vivir unos momentos así. Su novia estaba embarazada y su cuerpo quedó allí solo. Debajo del sol del desierto»

Theo continuó luchando, hacía misiones de sabotaje tras las líneas enemigas. En dos ocasiones, no pudo regresar al punto de extracción y cruzó España a pie. En otra ocasión, pasó por Bayona disfrazado y vio a su madre desde lejos pero no pudo acercarse.

Cada vez que regresaba, lo interrogaban. «me interrogaban una y otra vez para asegurarse de que no me había convertido en un agente doble.» Luchó en Sicilia, en Montecassino y Roma donde vio morir a miles.

En 1944, mientras los españoles liberaban París, Theo combatía en Holanda. Cayeron en zona enemiga y pasaron diez días comiendo raíces en un bosque, hasta que una noche los alemanes los rodearon y los capturaron. Los pusieron frente a una fosa y supo que iba a morir. Pensó en su madre y entonces dispararon. Theo cayó al suelo, pero por una extraña razón seguía vivo. La bala había rebotado en su insignia de paracaidista y se le había instalado entre el corazon y la aorta. Una pareja campesina, que resultó ser de la Resistencia, lo encontró tirado en el suelo y lo salvó. Un médico le extrajo la bala, y tras recuperarse consiguió regresar a casa.

Nueve años después, Theo volvió a ver a su madre y a Joséphine. «pensaba que había perdido toda mi juventud y ni siquiera tenía una posición.» Se casó y tuvo dos hijos, estuvo varios años en el paro y tuvo que trabajar en distintos países «Me perdí la infancia y la juventud de mis hijos» En 1950 consiguió una identidad y en 1970, logró una pensión militar de menos de mil euros.

Cada día recordaba a su madre, a Joséphine, a Vidal, a los ferroviarios, a los campesinos que lo salvaron y a los amigos que ya no están. Y algunas noches, sin explicación, decía despertarse con lágrimas en los ojos, como un niño que había visto y vivido demasiado

Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.

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