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Muchos años atrás, cuando las torres aún se alzaban imponentes y orgullosas, el conde de Monforte organizó una gran cacería para distraer a su hija, Constanza. La joven, de extraordinaria belleza, parecía estar consumida por una tristeza inexplicable que cada vez tenia a su padre más preocupado. Por ello, esperando devolverle el ánimo, el conde reunió a la nobleza local para un día de caza en los vastos bosques que rodeaban la fortaleza.
Aquella convocatoria atrajo a lo más selecto de la juventud de la región, deseosos de participar en la prestigiosa cacería y quizás conquistar la mirada y el corazón de la esquiva Constanza. Los caballeros se armaron con lanzas, flechas y espadas, mientras las trompas de caza resonaban por el bosque llamando a sus perros. El día avanzó entre persecuciones y lances, y numerosas fieras cayeron bajo las armas de los hábiles cazadores.
Sin embargo, la cacería tomó un giro inesperado cuando un oso enorme, acosado por los ladridos de los perros, apareció corriendo hacia el lugar donde se encontraba Constanza, que para su mala fortuna, se había separado momentáneamente del grupo. Antes de que la joven pudiera reaccionar, la bestia cargó contra ella con una furia salvaje. Pero justo en ese momento, un joven doncel, armado solo con una lanza, se interpuso entre ella y el oso. Tras una violenta lucha, donde el joven sufrió algunas heridas, logró abatir al animal, salvando así la vida de Constanza.
El doncel, cuyo amor por Constanza era conocido por todos, esperaba que este acto heroico le valiera al menos una mirada de aprecio de su amada. Sin embargo, aunque la joven le agradeció el gesto educadamente y con bellas palabras, su corazón permanecía frío. Aquel muchacho, a pesar de su valentía y sacrificio, era de origen incierto y nacimiento desconocido, por lo que no podía esperar que alguien como Constanza, que era hija de un poderoso conde, se interesará lo más mínimo por aquel humilde muchacho. Pero quizá su origen no fuese el único motivo de su indiferencia, ya que había rumores que afirmaban que ella estaba secretamente enamorada del rey Alfonso VI de Castilla, lo cual era también un amor imposible pero intenso.
El conde, agradecido por el coraje del doncel, y como símbolo de honor y gratitud, le ofreció como recompensa su majestuoso corcel árabe, el cual era el más valioso de la región. Sin embargo, ningún regalo material podía consolar el corazón roto del joven, que, viendo inútiles sus esperanzas, decidió partir hacia la guerra contra los infieles, buscando una muerte gloriosa que le librase de su mal de amores.
Mientras el doncel luchaba en tierras lejanas, Constanza fue obligada por su padre a casarse con Payo Ataulfo de Moscoso, el cual era el señor de Altamira. Aquel matrimonio fue celebrado con grandes festejos y banquetes, aunque el corazón de la joven seguía consumido en una tristeza profunda. Algunos afirmaban que Constanza nunca había olvidado al rey Alfonso VI, quien, después de un breve galanteo hace algún tiempo, la había dejado atrás, envuelto en sus asuntos políticos.
Sin embargo, se cuenta que cuando el monarca supo del matrimonio de Constanza, el antiguo afecto que parecía extinguido volvió con fuerza. Presa de los celos y la ira, juró apoderarse de la bella dama, incluso aunque tuviera que enfrentarse a las inexpugnables torres de Altamira.
En ese tiempo, Alfonso VI mantenía una dura disputa con el arzobispo de Santiago, y aprovechando este conflicto, acusó al conde de Altamira de ser aliado del arzobispo. Y así, decidido a tomar la fortaleza por la fuerza, se dirigió con su ejército hacia sus muros, dispuesto a sitiarlos. Sin embargo, las torres eran impenetrables, construidas para resistir cualquier asedio. Aquella empresa parecía destinada al fracaso, hasta que un misterioso desconocido se presentó en su campamento ofreciendo ayuda.
Ese hombre no era otro que el joven doncel que tiempo atrás había salvado a Constanza, y ahora había regresado de la guerra lleno de resentimiento. Viendo en la alianza con el rey una oportunidad para acercarse a Constanza y hacerse con ella, propuso un plan para infiltrarse en la fortaleza.
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Resultaba que aquel doncel conocía un oscuro secreto del conde de Altamira: el señor mantenía prisionero a su propio hermano en una celda subterránea de la fortaleza, un hermano del que nadie había oído hablar y cuya prisión era un secreto, pero el doncel lo había descubierto de una forma misteriosa. Tiempo atrás, un intrigante peregrino se había presentado ante el doncel mientras estaba luchando en la guerra y le había entregado un pergamino con un mensaje que ya apenas si podía leerse, pero que decía así:
«Sois joven y valiente; acudid al socorro de una víctima de la ambición y del odio. En las torres de Altamira hay un prisionero que es…»
El resto del texto era ilegible, pero el peregrino le aseguró que el prisionero era hermano del conde y que su rescate le otorgaría una gran recompensa.
Aprovechando este conocimiento, el rey estuvo de acuerdo en aceptar la ayuda del joven, quien se acerco al castillo para manipular al conde de Altamira. El doncel hizo creer al conde que el rey contaba con un poderoso ejército, grandes maquinas de asedio y que los vasallos se habían rebelado por la injusta prisión de su hermano. Aterrorizado y convencido de que su secreto había sido descubierto, el conde aceptó liberar a su hermano y entregar a Constanza, abriendo así las puertas de la fortaleza al ejército del rey.
Sin embargo, cuando Alfonso VI entro en la fortaleza, Constanza aprovecho para informar al rey de que había sido engañado por el doncel, ya que el joven estaba enamorado de la dama desde hacia tiempo, y quería aprovechar la ocasión para apoderarse de ella. Cuando el Rey supo que había sido manipulado, ordenó apresar al doncel y al conde y solo la intervención de Constanza, que no quería que se derramase sangre por ella, evitó que ambos fueran ejecutados. Desesperado por su fracaso y consumido por el odio, el doncel aprovecho la sorpresa del momento y prendió fuego a las torres, decidido a destruirlo todo. Pero su plan resultó inútil, ya que la estructura del castillo permitió que todos los ocupantes escaparan ilesos.
En medio de aquel caos, solo una voz desgarradora se escuchaba desde las profundidades de una celda subterránea: el hermano del conde, olvidado por todos, clamaba pidiendo ayuda. Fue entonces cuando aquellos gritos llegaron a oídos del doncel, quien en un impulso descendió hasta las profundidades de la prisión para liberarlo. Tras muchos esfuerzos logró el doncel entrar en la celda, sin embargo, ya era demasiado tarde, el hombre había muerto, sofocado por el humo.







