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El Libro Prohibido que MATÓ a Todo el que lo Leyó

El Libro Prohibido que MATÓ a Todo el que lo Leyó
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De entre todas las civilizaciones que han dejado su huella sobre la arenas del tiempo, ninguna se alza tan misteriosa como el Antiguo Egipto. Su sombra se extiende no solo sobre el Nilo, sino también sobre los sueños y las pesadillas de los hombres que ansiaban el conocimiento. Y es que allí, donde las pirámides desafían a los siglos y las momias duermen sobre las piedras, nació un saber prohibido en forma de libro. No un libro cualquiera, sino el primero y el último, un códice nacido del abismo y condenado al silencio. El Libro de Thot.

Dicen que fue escrito por el mismísimo dios de la sabiduría, Thot, señor del tiempo, de la luna y de los secretos. Con su rostro de ibis y su paleta de escriba, fue quien trazó la primera palabra sobre el primer papiro cuando el mundo era aún un misterio. Según los antiguos, ningún hombre debía acceder a los textos que el dios había escrito y es que el conocimiento encerrado entre esas hojas no era para los mortales.

Se cuenta que Thot transcribió con su propia mano los secretos del universo. Aquello que ni los dioses se atrevían a pronunciar. Palabras que abrían las puertas del abismo, fórmulas capaces de revivir a los muertos, de comprender el idioma de las bestias, de detener el tiempo o de hablar con los astros. Dos hechizos principales contenía el manuscrito: uno, para oír la lengua de todas las criaturas vivientes. Otro, aún más temido, para ver a los dioses tal y como eran. Se contaba que solo aquellos que ya no temen a la muerte podían leer sin enloquecer aquellos encantamientos.

Se dice que Thot decidió esconder el libro hasta que el mundo estuviera preparado, y así fue que en Coptos, la ciudad perdida en el sur del país, el libro fue ocultado por orden del propio Thot. Se encerró en una caja de hierro, que fue colocada dentro de una caja de bronce, a su vez dentro de una caja de madera, otra de ébano y marfil, le siguió otra de plata y finalmente una de oro. Siete cofres sellados y hundidos en las aguas negras, custodiados por unas serpientes inmortales que no dormían jamás y es que ningún mortal debía perturbar aquella sabiduria.

Pero el alma humana, incluso cuando advierte el peligro, no puede resistirse al llamado del conocimiento.

Fue Neferkaptah, príncipe de sangre real, quien primero se atrevió a buscarlo. Impulsado por una revelación y guiado por antiguos sacerdotes, descendió al río acompañado por su esposa Ahura y su hijo Merab. Luchó contra las serpientes y tras partirlas en dos, enterró sus mitades a varios metros de distancia para que así no pudieran regenerarse. Y así alzando el libro con manos temblorosas, creyó haber tocado el corazón del universo.

Pero los dioses, que castigan a quien roba lo sagrado, no tardaron en vengarse. Primero cayó su hijo, ahogado tras haber caído al Nilo. Luego murió su esposa, a causa de la tristeza por haber perdido a su hijo. Por último, él mismo, consumido por una locura silenciosa, se suicidó con el libro entre las manos, pidiendo ser enterrado junto a él, en la tumba más oscura del desierto, sellada con maldiciones y hechizos.

Y aún así, el libro no descansó.

Siglos más tarde, en los tiempos de los últimos faraones, Setne Khamwas, hijo de Ramsés II y mago de renombre, oyó hablar del manuscrito maldito de Thot. Desoyendo las advertencias, penetró en la tumba sellada de Neferkaptah y despojó su cadáver del libro, aunque el espectro del príncipe Neferkaptah se alzó ante él y le pidió que dejase el libro, Setne ignoró la súplica y su castigo no se hizo esperar.

A los pocos días, Setne fue seducido por una mujer de belleza sobrehumana que bajo sus hechizos, lo obligó a asesinar a sus propios hijos y humillarse públicamente. Cuando despertó de aquella pesadilla, comprendió que todo había sido una ilusión tejida por Neferkaptah. Temblando, Setne regresó a la tumba, depositó el libro en las manos frías del espectro y juró nunca más volver a tentar lo prohibido.

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Tiempo después ocurrió el caso de Kanuas, un personaje envuelto en las nieblas de la historia, quien encontró —o creyó encontrar— el manuscrito original de Thot. Se dice que lo estudió con fervor y afirmó que el libro le permitió mirar al sol sin parpadear, escuchar el murmullo del océano desde el desierto y resucitar a los muertos. Su vida terminó en una caída inexplicable, y su cuerpo fue hallado carbonizado, a pesar de que nadie recordaba fuego alguno en su palacio.

Desde entonces, el Libro de Thot aparece y desaparece como un espectro en la historia. Unos afirman que fue quemado por los faraones. Otros, que fue copiado en secreto y escondido en la Biblioteca de Alejandría. Algunos lo sitúan en las profundidades de los templos de Hermópolis, donde aún resuenan los ecos de los antiguos dioses. Lo cierto es que cada vez que el libro ha sido hallado, la tragedia no ha tardado en suceder.

Más tarde, durante el siglo IV a.C., Estela Metternich relató cómo Thot, harto del uso indebido de su obra, destruyó el libro con sus propias manos, arrojándolo al fuego eterno junto al demonio Seth. Sin embargo, apenas unas décadas después, el saber del libro reaparecía, esta vez bajo el nombre griego de Hermes Trismegisto, el «Tres veces grande», identificado con Thot por los helenistas.

Durante la Edad Media, el eco del Libro de Thot resurgió disfrazado de grimorios y textos alquímicos. Se decía que el Corpus Hermeticum era una copia muy diluida del texto original. Algunos ocultistas aseguraban que, si se reunían todos los fragmentos esparcidos por Viena, Florencia, Copenhague y Berlín, se podría reconstruir el libro maldito. Pero nadie lo logró.

A lo largo de los siglos, se dice que la Inquisición ordenó la destrucción del Libro de Thot en más de una treintena de ocasiones. Nunca fue hallado en su forma completa, y jamás se vio impreso ni reproducido mediante grabado o copia manuscrita. Quienes afirmaban poseerlo —o incluso haberlo leído— sufrieron destinos tan oscuros como el contenido del propio libro.

A finales del siglo XVIII, Antoine Court de Gébelin formuló una teoría provocadora. Afirmaba que el Tarot no era un simple juego de cartas, sino un resumen cifrado del Libro de Thot, elaborado por los últimos guardianes del conocimiento egipcio. A través de sus símbolos, los arcanos mayores y menores escondían los secretos de la creación, del alma, del destino y de los mundos invisibles. Sus ideas inspiraron a generaciones de ocultistas, desde Etteilla hasta Aleister Crowley, quien en 1944 publicó su célebre y enigmático libro también llamado El Libro de Thoth.

Pero, como siempre, quienes se acercaron demasiado a esa llama terminaron ardiendo.

Crowley fue perseguido, exiliado y murió solo. Etteilla, que fundó la Sociedad de Intérpretes del Libro de Thot, falleció entre delirios. Otros, cuyos nombres se han perdido, acabaron en manicomios o desaparecieron sin dejar rastro.

Si el Libro de Thot existe aún —y hay quienes lo creen fervientemente— no se encuentra en una vitrina de algún museo, ni entre las estanterías polvorientas de las viejas bibliotecas. Se dice que permanece escondido donde solo los valientes o los locos se atreven a buscar. Algunos aseguran haberlo soñado. Otros afirman que el verdadero libro no es físico, sino una conexión espiritual que solo se alcanza a través del Tarot.

Sin embargo, lo que es cierto es que parece sobrevivir a través de los siglos y tambien que todo aquel que ha tenido el libro en sus manos ha sido destruido. Ya sea por maldición, por la locura o por un conocimiento que simplemente no puede ser contenido por el alma humana.

Y así entre los papiros antiguos, los códices condenados y los sueños de los necios, el conocimiento de los dioses del Antiguo Egipto permanece escondido.

Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!

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