
En agosto de 1936, Federico García Lorca desapareció en Granada sin dejar una tumba, un cadáver ni una versión definitiva de sus últimas horas. Tenía treinta y ocho años, era uno de los escritores españoles más conocidos fuera del país y llevaba apenas unas semanas refugiado en la ciudad donde había nacido. Lo detuvieron a plena luz del día en casa de unos amigos falangistas, lo encerraron en un Gobierno Civil convertido en centro de represión y, horas después, alguien decidió que debía morir. Ni la tierra ha devuelto sus restos ni quienes conocieron la verdad lograron ponerse de acuerdo sobre lo ocurrido. Sin embargo, la historia de aquel misterio no comenzó en la madrugada en la que desapareció, sino mucho antes, en el momento en que un muchacho nacido entre los campos de Granada empezó a convertirse en uno de los escritores más admirados de su tiempo.
Federico había nacido el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, en el seno de una familia acomodada de la Vega de Granada. Desde pequeño desarrolló una fascinación casi pasional por aquella tierra y sus gentes, una relación que muchos años después recordaría con añoranza «Amo a la tierra. Me siento ligado a ella en todas mis emociones. Mis más lejanos recuerdos de niño tienen sabor de tierra. Los bichos de la tierra, los animales, las gentes campesinas, tienen sugestiones que llegan a muy pocos. Yo las capto ahora con el mismo espíritu de mis años infantiles.» Aquella vinculación con el paisaje no fue únicamente literaria. Federico pasó buena parte de su infancia entre Fuente Vaqueros y la Vega granadina, en un entorno donde la música, las canciones populares y las historias de los campesinos formaban parte de la vida cotidiana.
Su madre, Vicenta Lorca, había sido maestra y fomentó desde muy pronto su educación, aunque Federico mostró inicialmente más interés por la música que por la literatura. Estudió piano y durante años llegó incluso a imaginar que su futuro estaría ligado a la música. Más tarde ingresó en la Universidad de Granada, donde comenzó Filosofía y Letras y Derecho, y participó en varios viajes de estudios por España que terminaron proporcionándole el material para su primer libro, Impresiones y paisajes. Aquellos años fueron configurando una personalidad que parecía alimentarse de dos mundos opuestos: la tradición profunda de la Vega y el deseo constante de escapar de sus límites. Finalmente aquel mismo mundo provinciano también terminaría provocándole una sensación de asfixia y así se lo hizo saber a un amigo al que traslado la idea de marcharse a Madrid: «me hace falta salir, ¿lo oyes? Yo me ahogo. Este ambiente provinciano terrible y vacío llena mi corazón de telarañas».
Madrid le permitió convertirse en el Federico que acabaría conociendo el mundo. En 1919 se instaló en la Residencia de Estudiantes, un centro que reunía a algunos de los jóvenes más brillantes del país y que se había convertido en uno de los grandes focos culturales de Europa. Allí conoció a Salvador Dalí, Luis Buñuel, Rafael Alberti, Jorge Guillén y otros artistas e intelectuales que marcarían el rumbo a la llamada Generación del 27. Durante aquellos años alternó la literatura con la música, el dibujo y el teatro, escribió sus primeras obras y comenzó a publicar sus poemas. Más tarde llegaría su estancia en Nueva York, una experiencia que lo marcaría profundamente y que acabaría dando forma a una de las obras más importantes de toda su carrera.
Aquellos años también consolidaron una de las obsesiones que acompañaría a Lorca durante toda su vida: la muerte. Amigos y familiares recordaban la mezcla de fascinación y temor con la que hablaba de ella. El propio Federico parecía percibirla como una presencia constante, y con el paso del tiempo aquella inquietud acabaría impregnando buena parte de su poesía y de su teatro.
El éxito fue llegando poco a poco, después del Libro de poemas e Impresiones y paisajes; vendrían el Romancero gitano, Poeta en Nueva York, Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba. En pocos años, Federico se convirtió en uno de los escritores más admirados de su tiempo y su nombre comenzó a ser conocido dentro y fuera de España. Sin embargo, cuanto más célebre se volvía, más difícil resultaba separar al artista del hombre comprometido con los conflictos de su época.
Lorca nunca perteneció formalmente a ningún partido político, aunque mostró públicamente su cercanía a los desfavorecidos y a numerosos intelectuales republicanos. «El artista, y particularmente el poeta, es siempre anarquista, sin que sepa escuchar otras voces que las que afluyen dentro de sí mismo, tres fuertes voces: la VOZ de la muerte, con todos sus presagios; la VOZ del amor y la VOZ del arte…» Y en otra ocasión afirmaría: «El artista como observador de la vida no puede quedar insensible a la cuestión social, no es una cosa que diga yo ahora por que si». Y a medida que España se polarizaba, aquellas palabras empezaron a tener consecuencias.
Sin embargo, Lorca nunca dejó que la política determinara sus amistades. Conocía a personas de ideologías muy diferentes y se dice que mantenía relación incluso con algunos dirigentes falangistas, entre ellos José Antonio Primo de Rivera, un gran aficionado a la poesía. Años después, Gabriel Celaya recordaría una conversación mantenida con Federico en la primavera de 1936. Según su relato, el poeta le comentó en tono de broma: «José Manuel Aizpurúa es como José Antonio. Otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Solemos salir juntos en un taxi con las cortinas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él». El propio Celaya pensaba que aquella afirmación era una exageración o una broma, pero que revelaba un rasgo esencial del carácter de Lorca, su convicción de que la amistad podía situarse por encima de las diferencias políticas.
Con el tiempo su homosexualidad, sus amistades de izquierdas, su amistad con Fernando de los Ríos y sus manifestaciones públicas fueron convirtiéndolo en un personaje incómodo para algunos sectores conservadores. En su última entrevista, publicada en El Sol el 10 de junio de 1936, Lorca defendía una idea de España completamente alejada del nacionalismo: «Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más». También lanzó una frase especialmente dura contra su propia ciudad, a la que describió como «una ciudad pobre, acobardada, donde se agita actualmente la peor burguesía de España». Sin embargo, desconocía que apenas dos meses después, algunos de aquellos hombres a los que definía como burguesía tendrían su vida en sus manos.
Durante la primavera de 1936, la tensión política creció a un ritmo frenético. Los enfrentamientos callejeros, las huelgas, los atentados y las amenazas entre grupos de extrema izquierda y extrema derecha se sucedían mientras una parte del Ejército conspiraba contra la República. Lorca observaba aquel clima con creciente inquietud, su cercanía a figuras republicanas, el carácter social de algunas de sus declaraciones y una homosexualidad que determinados sectores consideraban escandalosa lo convertían en un personaje especialmente expuesto. Madrid comenzaba a resultarle peligroso, por lo que pensó que en Granada encontraría un lugar mas tranquilo hasta que las cosas se calmasen.
El 13 de julio de 1936 subió al tren nocturno y antes de partir entregó a su amigo Rafael Martínez Nadal el manuscrito de El público «Abrió un cajón de la mesa y sacando un paquete me dijo: `Toma. Guárdame esto. Si me pasara algo lo destruyes todo. Si no, ya me lo darás cuando nos veamos´». Rafael no destruyo aquel manuscrito pero no fue hasta 1970 que lo dio a conocer. Cinco días después comenzó la sublevación militar, el 20 de julio los nacionales se hicieron con el control de Granada y el comandante José Valdés Guzmán asumió el Gobierno Civil.
Federico permaneció en la Huerta de San Vicente junto a su familia mientras las detenciones y ejecuciones se multiplicaban alrededor de ellos. Al principio, Federico intentó convencerse de que el peligro no era tan inminente como parecía, sin embargo, los acontecimientos comenzaron a precipitarse. El 6 de agosto un grupo de falangistas registró la Huerta de San Vicente. Tres días después, varios hombres procedentes de Valderrubio y Pinos Puente volvieron a presentarse allí. Buscaban a Gabriel Perea, el administrador de la finca, al que ataron a un árbol y golpearon delante de la familia. Entre aquellos hombres había miembros de los Roldán, una familia enfrentada desde hacía años con los García Lorca por viejas disputas relacionadas con la explotación agrícola de la Vega. Fue entonces cuando Federico comprendió que la Huerta había dejado de ser segura.
La familia comprendió que había que esconderlo, pero encontrar un refugio en una ciudad dominada por los sublevados era casi imposible. Se consideró incluso la casa de Emilia Llanos, una de sus amigas más íntimas desde 1918, pero finalmente apareció una solución que parecía mucho más segura: la vivienda de los Rosales. Federico era amigo del joven poeta Luis Rosales y de varios de sus hermanos que eran conocidos falangistas. «Pensaron que allí estaba seguro, los cinco hermanos eran falangistas y José, conocido como ‘Pepiniqui’, un puntal importante del partido en Granada. Nadie pensaba que alguien fuera tan osado de ir a la casa de ‘Pepiniqui’ a detener a García Lorca»
La mañana del 16 de agosto trajo primero una noticia devastadora. Manuel Fernández-Montesinos, alcalde socialista de Granada, médico y marido de Concha García Lorca, hermana del poeta, fue fusilado junto a otros detenidos en las tapias del cementerio. Mientras la familia trataba de asimilar aquella muerte, un dispositivo formado por hombres armados rodeaba la casa de los Rosales. Al frente de la detención estaba Ramón Ruiz Alonso, antiguo diputado de la CEDA, acompañado por otros individuos relacionados con los sectores sublevados. «fue una operación de envergadura. Se rodeó de guardias y policías la manzana donde estaba ubicada la casa de los Rosales, y hasta se apostaron hombres armados en los tejados colindantes para impedir que por aquella vía tan inverosímil pudiera escaparse la víctima»
Hacia la una de la tarde Federico salió de la casa custodiado, caminó hasta un automóvil que esperaba en las proximidades y fue conducido al Gobierno Civil. Los motivos exactos de su detención continúan siendo objeto de debate, se habló de su cercanía al socialismo, de su amistad con Fernando de los Ríos, hubo acusaciones de espionaje, de viejas venganzas familiares e incluso del deseo de golpear políticamente a los propios Rosales. Décadas después, un informe policial fechado en 1965 lo describiría como «socialista y masón, perteneciente a la logia ‘Alhambra’, en la que adoptó el nombre simbólico de ‘Homero'» y le atribuiría «prácticas de homosexualismo y aberración». El documento no demuestra que todas aquellas acusaciones fueran ciertas, pero sí revela qué elementos fueron utilizados para explicar su detención.
Cuando Federico llegó al Gobierno Civil, el edificio se había convertido ya en el corazón de la represión en Granada. Decenas de personas entraban en él cada día y muchas no volvían a salir. Los interrogatorios se sucedían a cualquier hora, los vehículos llegaban y partían continuamente y el miedo impregnaba cada rincón del inmueble. Aquel lugar, situado donde hoy se levanta la Facultad de Derecho, era uno de los principales centros de decisión de la nueva autoridad surgida tras el levantamiento.
Mientras tanto, la noticia de la detención se extendió rápidamente por la ciudad. Los hermanos Rosales comprendieron enseguida la gravedad de la situación y comenzaron una carrera contrarreloj para salvarlo. Miguel Rosales consiguió acompañar a Federico durante una parte del trayecto y años después recordaría aquellos momentos con una mezcla de alivio y remordimiento: «A muchos se les daba allí unas palizas brutales. Había una habitación destinada a interrogatorios. Yo no quería que Federico pasase por aquello y podía conseguirlo. Ya en el Gobierno hablé con algunos amigos, me prometieron que no le golpearían, me lo prometieron. Y pasamos de largo por delante del cuarto donde se les pegaba. Al menos lo salvé de eso».
Luis Rosales y su hermano José recurrieron entonces a todas las influencias de las que disponían. Hablaron con mandos falangistas, trataron de llegar hasta José Valdés Guzmán y movieron cuantos hilos estuvieron a su alcance. Al mismo tiempo, la familia del poeta buscó el auxilio de Manuel de Falla, que vivía en el Carmen de la Antequeruela. Se pensó en Emilia Llanos, una de las personas que mejor conocían a Federico y una de sus amigas más íntimas desde los tiempos del Rinconcillo, para que subiera hasta la residencia del músico y le pidiera ayuda. Sin embargo, Emilia no llegó a hacerlo. Algunas personas próximas a las nuevas autoridades le aseguraron que el poeta ya estaba muerto y ella pensó que cualquier intento por ayudarle llegaba demasiado tarde.
La secuencia exacta de aquellas horas continúa siendo uno de los grandes problemas de la investigación. Durante décadas se aceptó mayoritariamente que Lorca fue trasladado hacia Víznar y asesinado a las 4:45 h de la madrugada del 18 de agosto, aunque otros investigadores sitúan la ejecución pocas horas después de su detención, en la madrugada del día 17. Los documentos y testimonios existentes no permiten cerrar definitivamente la discusión. Lo que sí parece fuera de duda es que Federico fue llevado a la zona situada entre Víznar y Alfacar, convertida durante aquellos meses en uno de los principales escenarios de ejecución de la represión granadina.
Según parece, en algún momento de aquella noche quedó junto a otros tres condenados: el maestro Dióscoro Galindo, que tenía una pierna amputada, y los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Después fueron conducidos hacia un camino cercano a Fuente Grande de donde ninguno regresaría.
Décadas más tarde, un antiguo funcionario que había realizado el servicio militar en la zona declaró que, al regresar desde Víznar en la madrugada de la ejecución, vio junto al camino cuatro cadáveres. Según su testimonio, uno de ellos correspondía a García Lorca; otros dos eran de los banderilleros y el cuarto «usaba ortopedia de madera, por amputación de una pierna». El hombre, llamado José Roldán Cobos, prestó declaración ante la comisión creada por la Diputación de Granada para tratar de localizar la tumba del poeta.
La noticia del asesinato se extendió rápidamente y aunque el ejercito nacional nunca ofreció una explicación coherente, Franco intentaría años después presentar la muerte como un accidente producido por el caos inicial de la guerra «ese escritor murió mezclado con los revoltosos; son los accidentes naturales de la guerra. Granada estuvo sitiada durante muchos días, y la locura de las autoridades republicanas, repartiendo armas a la gente, dio lugar a chispazos en el interior, en alguno de los cuales perdió la vida el poeta granadino. Como poeta, su pérdida ha sido lamentable.» Sin embargo, el propio informe policial de 1965 reconocería que Lorca había sido detenido, trasladado a las proximidades de Fuente Grande y fusilado después de haber confesado, para después ser enterrado en una sepultura muy superficial. Qué fue aquello que había confesado, fue algo que jamás se explicó.
Con el paso de los años, también se atribuyeron a Gonzalo Queipo de Llano algunas referencias especialmente crueles al destino del poeta. Según determinados testimonios, al conocer la noticia de la detención habría pronunciado la expresión «Dadle café, mucho café». En aquellos años, aquella frase tenia un significado macabro que equivalía a una sentencia de muerte.
El asesinato conmocionó al mundo cultural. El poeta Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de Literatura y amigo de Federico desde los años de la Residencia de Estudiantes, conoció la noticia mientras se encontraba en Puerto Rico y se resistió a creerla. «No puedo creer que hayan matado a un poeta por el hecho de ser poeta. Yo no lo quiero creer.» Años más tarde, Rafael Alberti, otro de los grandes nombres de la Generación del 27 y uno de los amigos más cercanos de Lorca, resumiría otro aspecto mucho más íntimo del crimen: «Qué miedo debió de pasar Federico la noche que lo mataron». Lorca había hablado muchas veces de la muerte en sus obras y quienes lo conocieron recordaban el temor casi supersticioso que sentía hacia ella.
Aunque pasaron los años, el misterio de su enterramiento continuaba y en 1955 Agustín Penón llegó desde Estados Unidos decidido a reconstruir el asesinato. Al llegar encontró una Granada todavía dominada por el miedo, donde preguntar por Lorca podía cerrar inmediatamente muchas puertas. Entrevistó a antiguos testigos, recorrió la carretera de Víznar a Alfacar y habló con Manuel Castilla, conocido como Manolo el Comunista, uno de los hombres que afirmaba haber participado en los enterramientos. Penón llegó a identificar una zona próxima a Fuente Grande y consideró incluso comprar los terrenos para proteger la posible fosa. Su investigación, sin embargo, terminó abriendo nuevas preguntas.
Una de las personas que más lo ayudó fue Emilia Llanos, quien veinte años después seguía atormentada por no haber acudido a Falla cuando detuvieron a Federico. Emilia acompañó a Penón durante sus pesquisas, pero en 1957 le escribió una carta donde indicaba algo desconcertante: «El que estaba allí ya no está. ¿Comprendes? Hace mucho tiempo se supone que está en Madrid con la familia. Eso me ha contado una persona enterada». Penón quiso saber quién se lo había dicho, pero Emilia nunca reveló el nombre y únicamente habló de «una alta persona». Después fue todavía más clara: «Sí, el sitio fue en los olivos, después lo cambiaron de sitio».
Durante las décadas siguientes surgieron teorías que sostenían que los restos habían sido trasladados por las propias autoridades franquistas para impedir que la tumba se convirtiera en lugar de peregrinación, mientras otras aseguraban que había sido la familia García Lorca quien recuperó clandestinamente el cadáver, pero ninguna de esas hipótesis cuenta hoy con una prueba definitiva. Las excavaciones realizadas en distintos puntos de Alfacar tampoco encontraron los restos del poeta y las investigaciones posteriores han continuado desplazando sobre el mapa el posible lugar de enterramiento. Emilia moriría en 1967 sin resolver completamente el secreto que la había acompañado durante treinta años y según afirman quienes la conocieron, en sus últimos tiempos llamaba repetidamente a Federico.
Garcia Lorca había escrito sobre la muerte durante toda su vida. La había convertido en símbolo, en metáfora y en poesía. Sin embargo, aquella noche dejó de pertenecer a sus libros y salió a su encuentro en un camino perdido de la sierra granadina. Aunque sus verdugos consiguieron hacer desaparecer su cuerpo, no lograron borrar su voz. Casi un siglo después, sus versos siguen vivos y el nombre de Federico García Lorca continúa resonando mucho más allá de la tierra en la que intentaron sepultarlo.
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