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Los Niños de Rusia

En las calles de Gijón, entre el silbido de los trenes y el estruendo apagado del Cantábrico, jugaban aquellos niños que aún no sabían que su vida estaba a punto de cambiar. Pronto se verían obligados a ir a un país distinto, donde se tendrían que adaptar a una lengua y costumbres que ni si quiera sabían que existían. Era 1937 y las sirenas ya no anunciaban la hora del almuerzo, sino la llegada de los bombardeos. Por entonces, Emilio Gómez Expósito tenía solo seis años y lo poco que recuerda de aquel tiempo son algunos fragmentos sueltos: la calle donde vivían, los vecinos con los que se cruzaban, el aula de su último curso, los pasos rápidos cuando sonaban las alarmas, y el refugio del puerto, al que corrían como parte de un juego que no entendían.

Su padre que era inspector de RENFE, apenas estaba en casa y su madre, debido a que trabaja fuera, se encontraba aún más ausente. Era su hermana mayor quien se encargaba de ellos. La abuela, una gallega que había cambiado Ferrol por los aires de Asturias, les ayudaba en todo lo que podía.

De su padre, que se llamaba José, supo poco más. Había sido enviado por el Gobierno republicano a una academia militar rusa, después fue trasladado al frente, donde acabó muriendo.

Una mañana como cualquier otra, los reunieron a todos en la escuela. Había nervios, mochilas improvisadas, lágrimas mal disimuladas y muchos hermanos cogidos de la mano. Eran ocho hermanos en su familia, y de ellos, cinco se marcharon: tres niñas y dos niños. El mayor, empeñado en mantenerlos a todos juntos, los saco de la escuela y los llevó de vuelta a casa. Pero su hermana, con una madurez que no correspondía a su edad, los devolvió a las puertas del colegio. No había marcha atrás.

Subieron a un barco de mercancías rumbo a Londres. Eran decenas de niños, cientos tal vez, encerrados en las bodegas, sin saber cuántos días estarían allí ni a dónde iban. Tuvieron que aguantar el olor del hierro húmedo, los llantos, los vómitos, el miedo. Pero al llegar a Londres, el destino pareció darles un respiro, allí les esperaba un barco ruso, con camarotes y mantas limpias. El cambio era tan grande que casi parecía una recompensa «¡cuando vimos los camarotes nos pusimos contentísimos!». Cruzaron el mar, y llegaron a Leningrado (ahora San Petersburgo), y lo primero que les hicieron al desembarcar fue desnudarlos. Les cortaron el pelo al rape y los bañaron. Solo a las niñas les dejaron un pequeño flequillo para poder diferenciarlas. Luego, los vistieron con ropa limpia y los dividieron en grupos.

A él, junto con sus hermanos, lo enviaron a Pravda, a 10 kilómetros de Moscú. La bienvenida fue algo que jamás olvidaría: «El pueblo ruso nos esperaba en el puerto con pancartas, fue un recibimiento tremendo. Nos iban acompañando músicos de orquestas. Aquello no lo viví como algo trágico, sino como un juego». Allí empezó su nueva vida, en una casa de niños donde cada día era como una coreografía bien ensayada: gimnasia al amanecer, formación, e himno al pie de la bandera, después del desayuno venían las clases. Aprendían de todo, matemáticas, historia, biología y también el idioma ruso. También tenían un tiempo destinado a reflexionar sobre el capitalismo y la esclavitud, que, según les decían, había existido durante demasiado tiempo en Rusia. Por las tardes asistían a talleres de cerámica, pintura, escultura y música. «A mí me gustaron los de cerámica. Éramos felices.»

La Unión Soviética los trataba como si fueran futuros dirigentes. «Más cuidados no pudimos estar. Querían prepararnos como a futuros dirigentes de una república española comunista». A veces, asistían a mítines donde hablaba Dolores Ibárruri, la pasionaria. Él nunca llegó a conocerla, la vio de lejos y escuchaba sus discursos.

Nadie pensó que la guerra en España duraría tanto. Tampoco que Rusia acabaría envuelta en otra. Pero en 1941, con la invasión alemana, Moscú se volvió un lugar peligroso. Comenzó la evacuación y el grupo de niños fue enviado a otro lugar «Navegamos hacia el sur en un banco por el Volga y llegamos a Saratov». Allí se encontraban unas aldeas despobladas de emigrantes alemanes que el gobierno había mandado a Siberia. Encontraron las casas vacías, los huertos abandonadas y las cosechas listas. Los distribuyeron por las casas hasta que pudieron habilitar un colegio para internarlos a todos. «¡Lo pasamos de miedo! Las cosechas estaban sin recoger, ¡y había tanto! ¡Tirábamos las sandías al suelo y nos comíamos sólo el corazoncito, lo más dulce! El otoño fue maravilloso, pero luego llegó el invierno y todo cambió.» Aquel lugar no estaba preparado para el invierno, y menos para uno tan duro. Las temperaturas alcanzaron los 60 grados bajo cero. No había calefacción, ni ropa adecuada, ni tampoco quedaban ya alimentos. Dormían dos o tres en cada cama, para intentar conservar el calor. Emilio enfermó de tuberculosis y lo aislaron en una casa alejado del resto «La casa de enfermos estaba metida en un bosque. Tuve suerte, porque no todos sobrevivieron a la tuberculosis.»

En 1945, cuando terminó la guerra, el miedo dio paso a una euforia tremenda. Regresaron a Moscú, pero él, aún débil, fue ingresado en un sanatorio de Crimea. «Allí estuve tres años más y luego volví a Moscú.» Muchas de las casas de niños ya no existían. La mayoría de sus antiguos compañeros habían iniciado estudios superiores y empezaban a integrarse en la sociedad soviética. A él ya no lo admitieron en ninguna otra casa. Se matriculó en ingeniería técnica, y con una beca que apenas cubría lo básico, tuvo que trabajar «tuve que ganarme el sueldo trabajando en fábricas de conservas e instalando postes de la luz en
Moscú.»

Fue en una residencia estudiantil donde Emilio conoció a Nina. La vio por los pasillos, con dos trenzas largas y un paso firme. Ella pensaba que era tártaro. Nunca había visto un español y aunque tuvo algo e competencia, consiguió que se fijase en él «Me acerqué a ella poco a poco, pero enseñándole a bailar en los bailes que organizábamos fue donde conseguí enamorarla. Nos hicimos novios.»

Nina terminó sus estudios como contable. El Estado, como hacía con todos, inicio el sorteo de los puestos de trabajo y a ella se le asignó como destino la frontera con Finlandia. Él, que se encontraba a 400 kilómetros haciendo las practicas, recibió una carta notificándoselo. Nina no quería marcharse sola y tampoco quería dejar a su madre. «Cogí un tren hasta Moscú, cogimos un estudiante conocido mío como testigo y nos casamos inmediatamente. Como éramos pobres, fuimos al parque y nos comimos un bocadillo sentados en un banco. Pero empezó a llover y tuvimos que despedirnos. ¡Ríete tú de esas bodas con tanto lujo que se hacen ahora, que nosotros con un bocadillo seguimos juntos!»

Cuando acabó sus prácticas, se instalaron en Moscú. Él empezó a trabajar en el Ayuntamiento y poco después tuvieron su primer hijo. Las relaciones entre la Unión Soviética y España eran inexistentes, pero la Cruz Roja empezó a negociar la repatriación de los niños que habían sido evacuados durante la guerra civil. En cuanto supo de la primera expedición, Emilio se apuntó. Pero no quería volver solo. Nina, que no conocía el idioma ni la tierra, dudaba sobre ese viaje. «A Nina le gustaban las naranjas y en Moscú no había mucha oportunidad de comerlas y yo le dije: ¡En España comerás naranjas todos los días! Finalmente firmó los papeles.»

Llegaron a Valencia en 1956. Esta vez no hubo pancartas, ni música, ni abrazos. Los subieron en autobuses hacia Zaragoza. Allí, les preguntaron de todo. No eran bienvenidos, parecían más unos extranjeros que hijos del país. Decidieron irse a Lugo donde el gobernador, al saber quiénes eran, quiso recibirlos. «Nos abrazó con cariño porque, aunque era franquista, decía que había conocido a nuestro padre. Nos dijo que había sido un gran dirigente que llegó a admirar, a pesar de haber sido su enemigo.»

Emilio consiguió reencontrarse con su madre, pero no hablaba nada de lo que había pasado. Ni de la guerra, ni de su marido. Había aprendido que era mejor callar. Él encontró trabajo rápidamente, ya que faltaban muchos puestos como los suyos. Pero Nina lo pasó mal. Todo le resultaba ajeno. «Le extrañaba todo, se indignaba al vivir cosas como el hecho de que las mujeres no pudieran entrar en las cafeterías y se aburría de la vida que tenía que llevar; además por mi trabajo pasaba mucho tiempo sola con nuestros hijos.» Para ellos, volver a España fue como retroceder en el tiempo, un cambio demasiado brusco, tanto económica como culturalmente «Aquí no sabían ni lo que era una televisión y la gente, cuando pasaba por el cuartel de la Guardia Civil, seguía levantando la mano.»

Emilio nunca dejó de sentirse español. Admiraba a los rusos y les estaba muy agradecido, pero siempre quiso volver. Sabía que en la unión soviética tampoco todo funcionaba. «tuvo muchos problemas de organización, demasiada burocracia y un aburguesamiento muy grande de los funcionarios. Además tuvo unos gastos muy altos durante la Segunda Guerra
Mundial y eso acabó por arruinarla.»

Emilio fue uno de los aproximadamente 1100 niños evacuados en septiembre de 1937 a bordo del Kooperatsia, un viejo carguero que zarpó desde el puerto de El Musel, en Gijón, rumbo a Leningrado. Diez días de travesía separaron su infancia asturiana de una nueva vida al otro lado del continente, donde dejaría atrás una guerra para adentrarse en otra. Esos niños serían hijos de los republicanos, y eso los marcaría a su regreso a España, aunque ellos, demasiado jovenes, jamás llegaron a comprender por qué cargaban con aquella herencia.

Antes de marcharme, recordarles que muchas de las leyendas que había en este canal ya están disponibles en el nuevo canal de Mitos y Leyendas. Allí encontrarán misterios y secretos que seguro no conocían y que dan cierta explicación a los enigmas y tradiciones que han marcado nuestra historia, les agradeceria el apoyo y la suscripcion a ese nuevo canal, gracias por escucharnos

Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.

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