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En 1938, el presidente de la II República Manuel Azaña da el discurso Paz, piedad y perdón, en el segundo aniversario del inicio de la guerra civil española.

El 18 de julio de 1938, en el Ayuntamiento de Barcelona, el presidente de la Segunda República Española, Manuel Azaña, pronunció el discurso conocido como «Paz, piedad y perdón». Este mensaje de reconciliación se dio en el segundo aniversario del inicio de la Guerra Civil Española y buscaba preparar a la opinión pública para una posible mediación internacional que evitara la prolongación del conflicto.

Contexto histórico

Dos años después del comienzo de la guerra, las fuerzas franquistas habían expandido considerablemente su control territorial. La ofensiva del Norte había asegurado la Cornisa Cantábrica y, para la primavera de 1938, los franquistas habían dividido en dos la zona republicana en el Levante, alcanzando Castellón tras las derrotas republicanas en Teruel y Aragón. En ese momento, las tropas franquistas centraban su ofensiva hacia Valencia, mientras el ejército republicano se preparaba para la batalla del Ebro, una de las más importantes del conflicto.

La zona republicana enfrentaba una crisis política y militar, con una significativa desmoralización entre la población. La opinión pública consideraba la derrota final como inevitable y cercana. A pesar de ello, el gobierno de Juan Negrín, respaldado por el Partido Comunista, optó por resistir, como quedó manifiesto en los «Trece puntos» de abril de 1938. Esta postura de resistencia contrastaba con la visión de figuras políticas destacadas como Indalecio Prieto y el propio Azaña, quienes preferían una solución negociada.

El discurso

El discurso se llevó a cabo en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona. Manuel Azaña fue recibido por el Ayuntamiento en pleno y asistieron al acto diversas personalidades, incluyendo al presidente del gobierno, Juan Negrín, y al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, entre otros. El mensaje de Azaña se centró en reflexionar sobre el absurdo de la guerra y abogó por una solución pacífica y de reconciliación.

Azaña abordó la guerra civil no solo como un conflicto interno, sino también en el contexto de las tensiones europeas, denunciando la intervención de Alemania e Italia. Con un tono pausado y reflexivo, Azaña destacó el daño que la guerra estaba infligiendo a España y llamó a la unidad nacional. Subrayó que todos los españoles, independientemente de sus creencias o posiciones políticas, compartían un destino común.

Impacto y reacciones

El discurso fue ampliamente cubierto por la prensa republicana, aunque con distintas interpretaciones. «El Socialista» destacó frases como «Combatimos por la libertad de todos, incluso la de nuestros adversarios» y «El porvenir de España lo conquista y lo trazará su propio pueblo». Por su parte, «La Vanguardia» resaltó «La guerra es una guerra contra la nación española, incluso contra los propios fascistas».

Azaña insistió en que la reconstrucción de España requeriría el esfuerzo conjunto de todos los españoles, sin depender del genio personal de unos pocos. Su llamamiento a la paz, la piedad y el perdón reflejaba un deseo profundo de reconciliación y reconstrucción nacional tras la devastación de la guerra.

Legado

El discurso «Paz, piedad y perdón» se ha convertido en un referente histórico de la necesidad de reconciliación en momentos de conflicto. Ha sido citado en diversos contextos a lo largo de la historia española, especialmente durante la transición democrática y en debates sobre la memoria histórica y la reconciliación nacional. Historiadores como Santos Juliá y Javier Tusell han elogiado el discurso por su lucidez y emotividad, considerándolo uno de los más brillantes y significativos de la guerra.

En conclusión, el discurso de Manuel Azaña en 1938 sigue siendo un poderoso recordatorio de la importancia de la paz y la reconciliación. En medio de la guerra civil, Azaña abogó por una solución pacífica y una España unida, dejando un legado que resuena aún hoy en día.

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