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Matar Por Matar

Matar Por Matar

La guerra civil suele recordarse por sus batallas, pero pocas veces se habla del reguero de casas vacías que dejó a su paso. Ese fue el caso de Rafael Mellado Montes, para quien la guerra no fue una fecha en un libro, sino el momento en que la muerte vino a buscar a su padre. A partir de entonces, fue víctima y testigo de la represión en Loja, Granada, hasta muchos años después de haber terminado la guerra. Su vida quedó marcada por el miedo, la huida, la lucha y la cárcel, y por la certeza de que el silencio también es una forma de derrota.

Rafael recordaba como desde los 11 años, ya tenía una idea de lo que era el comunismo. «Me juntaba con hombres que habían estado en la cárcel y cada uno te daba una versión de su ideología. Nosotros nunca fuimos tan estrictos como los comunistas mayores; éramos partidarios de una democracia más abierta. Creíamos, por ejemplo, que la gente podía crecer económicamente con su trabajo, siempre que no explotara a nadie».

La suya era una familia numerosa de seis hermanos y para mantenerla, su padre transportaba pescado por la mañana, trabajaba la tierra por la tarde, y era contable de muchos vecinos por ser de los pocos con algo de cultura. Su madre, sorda desde la infancia por un sarampión, hablaba con dificultad, pero sostenía la casa. Todo cambió en marzo de 1937 cuando llegó la noticia que fracturó su mundo: su padre había sido fusilado. «Lo fueron a buscar al trabajo y estuvo detenido unos meses. Le aconsejaron que huyera a Almería, pero él dijo que tenía que trabajar y que se quedaba con su familia. Una persona lo denunció como miliciano republicano, pero ése no era él, sino su hermano.» Su madre, al recibir la noticia, sufrió unos ataques que la postraron en cama durante mucho tiempo. Rafael recordaba como el cura, Don Ramon, podría haberle salvado la vida, pero se había suicidado tiempo antes al vivir el crecimiento republicano. «Entendió que no se había portado bien, cogió miedo y se cortó las venas. «

Con la ausencia de su padre, la madre hizo lo que pudo, envió a Rafael y a su hermano mayor a guardar gorrinos en un cortijo porque les habían quitado la tierra, Él solo tenía 7 años y medio. Sus dos hermanas menores fueron entregadas al Auxilio Social, donde una de ellas contrajo el tifus y acabó muriendo. La madre saco a la otra de allí debido a que el trato no era bueno y para salir adelante, pasaba las jornadas enteras lavando ropa por seis pesetas, de sol a sol, sin parar ni para comer, mientras ellos iban sin calzoncillos, solo con una camiseta, albarcas y un pantalón corto. «En esta situación se quedaron centenares de familias»

Rafael recuerda como durante la guerra se mataba por cualquier cosa, contaba como se habían producido las muertes de dos personas de derechas. «El primero, una buena persona, lo mataron ellos mismos. Lo hicieron para culpar de su muerte a las gentes de izquierdas, para hacer mala publicidad de ellos.» El segundo ocurrió cuando un miliciano de Málaga vio a una chica por la calle: «“A esta niña le vamos a dar un paseíto.” Ella respondió: “¿Por qué no se lo dáis al cura, que vive allí abajo?” Entonces lo fusilaron» la chica lo había dicho en broma, pero entonces nadie miraba eso y ella acabó siendo asesinada por el sobrino del cura. «Eso fue como lo de quemar la iglesia: otro disparate que se tenía que haber
impedido sólo por salvar el arte que había allí.»

Aquellas dos muertes, que fueron casos aislados, se convirtieron en excusa para matar sin dar explicaciones. Muchos matrimonios fueron asesinados y los hijos quedaron solos, mendigando, mal trabajando o robando «Era matar por matar. A
un vecino de Guadix lo condenaron a muerte por haber matado al cura y resulta que el cura se había marchado del pueblo. El mismo cura se lo preguntó en la confesión y él le contestó: “A mí me acusan de haberlo matado a usted.”»

La cárcel de Loja se llenó de republicanos tras la llegada de los nacionales. El teniente de la Guardia Civil obligaba a los presos a hacer instrucción y cantar el Cara al Sol después de venir de trabajar, por lo que muchos caían exhaustos. Un grupo de chavales se organizó para tirarle piedras al teniente, y fue destinado a otra parte. A las mujeres les hacían muchas perrerías: como cortarles el pelo y darles aceite de ricino para provocarles diarreas. A su madre, embarazada, la llevaron al cuartel y la amenazaron con quitarle a su hijo y una vecina llamada Ana fue paseada por la calle con el pelo rapado y unos lazos.

Para evitar la muerte y el sufrimiento mucha gente escapó y al acabar la guerra, no todos se entregaron sino que fueron formaron grupos de seis o siete hombres en la sierra. A los 13 años, Rafael tuvo su primer contacto con ellos. Las guerrillas no estaban aún organizadas y a él los buscaron para encargarse de llevar la comida. «El primer guerrillero que vi, Juan El del
lunar, le había dicho a una mujer: “¿Te vienes conmigo?” y la mujer le contestó: “Sí, pero antes tienes que matar a mi marido.” Él lo mató y ella subió con él a la sierra. Vivían en una casa medio oculta en la tierra, hasta que fueron denunciados y los mataron.» Con el tiempo, esos grupos se fueron uniendo y Roberto, un comunista riguroso, se convirtió en el jefe de todos y marcó las condiciones para que otros grupos se integraran.

Con 16 años, Rafael ya era uno de los enlaces principales. La agrupación guerrillera de Granada y Málaga era la más grande y organizada. En Loja, un pueblo de 24 000 habitantes, había cientos de enlaces. Les llevaban suministros como garbanzos, judías, aceite, café, leche condensada, tabaco y hasta pasta de dientes. También bajaban la ropa a lavar, marcada con los números de los guerrilleros y que después repartían entre varias mujeres para no levantar sospechas. También le daban la propaganda, unos sacos de 30 o 40 kilos de pasquines para hombres y mujeres, que se tiraban en las calles y en el cine. «Yo todo esto lo hacía después de trabajar. Trabajar mucho y mal pagado y ser enlace de la guerrilla suponía dormir cuatro horas diarias.»

En una noche de mayo de 1950, un enlace le avisó de que habían sido denunciadas al menos 15 personas y que debían marcharse de allí. Roberto le indicó que pidiera dinero para esconderse en Barcelona y a la vuelta de la sierra, fue detenido por dos guardias civiles que, a la ligera y sin saber quien era, comenzaron a lanzarle preguntas. «en cuanto vi la oportunidad les puse la zancadilla y escapé de nuevo a la sierra» Entonces Roberto le permitió quedarse con los suyos. Lo asignaron a un grupo de diez guerrilleros que salieron en dirección a Málaga y Córdoba. Pasaron así un mes, cargando comida, propaganda y dinero. Caminaban de noche hasta el amanecer, hasta que un día, la Guardia Civil fue avisada por tres niños que les habían visto, y pronto se vieron escapando. Rafael propuso cruzar el río Genil pero el jefe lo descartó y entraron en combate. Durante la pelea una explosión de una bomba afectó un oído a Rafael, salvandolo casi por casualidad «Menos mal que iba mordiendo un palillo, tal y como nos habían aleccionado, para que no nos reventaran». Tras la refriega dejó unas latas de atún que parecían bombas para despistar a los perseguidores y más tarde, tuvo que dejar su macuto a un compañero para cargar a otro herido, pero la Guardia Civil apareció de nuevo y Rafael volvió a disparar mientras retrocedía entre los olivos bajo la luz de la luna. «Yo creía que caería, pero conseguí escapar. Llevaba la chaqueta abierta y al ponerme a salvo descubrí que llevaba 5 tiros. Me tiré tres días solo, sin macuto, sin agua. Anduve despistado hasta que avisté a un pastor. Estaba con un guerrillero, que al notar mi presencia me dio el alto: “¡Soy Mena!”, le contesté. Me dio pan y jamón, pero no podía tragar.» El pastor le puso entonces leche en la cantimplora y eso le sentó mejor, cuando finalmente pudo reunirse con el mando, comprobaron que las bajas habían sido un muerto y dos que se habían entregado.

Tras cuatro meses en aquella vida de enlaces y escaramuzas, sus esperanzas se disiparon, las detenciones, las palizas y la cárcel minaban poco a poco a la guerrilla. Su madre y su hermano, recientemente licenciado tras hacer la mili en África, fueron encarcelados. «Pero la orden era la de aguantar. Yo comentaba con algunos compañeros: “¿Por qué no
damos un par de golpes y huimos a Francia?”, pero es algo que nunca lo expuse porque me hubieran acusado de desertor y quizá me hubieran matado.»

Su grupo se dedicaba a recaudar dinero para la lucha, para los enfermos y para los presos, lo conseguían atracando a los que ellos consideraban capitalistas mientras tomaban a sus familiares como rehenes. «Llevábamos tres cartas iguales, bien detalladas. En ellas ponía: “Se le entrega a la agrupación guerrillera de Granada la cantidad de…” La cantidad iba en blanco porque luego la rellenábamos según lo que veíamos que ese capitalista podía dar. Y seguía explicando que ese préstamo le
sería devuelto, con intereses, cuando la guerrilla derrocara a Franco. Una copia era para ellos, otra para la guerrilla y otra por si la Guardia Civil se la reclamaba». Una vez atracaron a un hombre de familia militar; le había pedido 500000 pesetas, pero él, que era simpatizante pagó el doble, aunque finalmente solo aceptaron la mitad, devolviéndole la otra parte.

El último atraco fue un desastre. Caminaban disfrazados de obreros con la pistola y la bomba escondidas, cuando un labrador a quien habían dado dinero los delató. La Guardia Civil los emboscó y fueron recibidos por una lluvia de balas. El jefe fue acribillado y Rafael escapó con dos compañeros. Pero más adelante se encontraron rodeados por hombres a caballo con escopetas y decidieron regresar al punto de partida, donde ya no había nadie, y se ocultaron hasta la noche. Fue entonces cuando Rafael decidió marcharse a Francia; buscó ropa y refugio con un amigo de la infancia, quien lo traicionó, dejándolo dormido hasta que fue capturado. «En su casa, me quedé dormido del cansancio, y al despertar ya estaba atado. Sabía lo que me esperaba, pero en cambio estaba tranquilo.»

Un guardia intentó sacarle información golpeándole con una pistola, pero Rafael se negaba a traicionar a sus compañeros. «¡Claro que podía dar datos, por ejemplo, que la pila de la radio que teníamos nos la traía un enlace que era cura, pero yo no iba a delatar a nadie! Y estaba seguro de que, por lo menos, las cosas que sólo sabía yo no las iban a saber nunca.» Lo trasladaron al cuartel de Las Palmas, donde lo siguieron interrogando, pero viendo que no podían sacarle mas información. lo llevaron a la cárcel de Granada y tras cinco meses, fue trasladado a la cárcel de Málaga. «Nos desnudaron y nos metieron en una celda sin cama. Nos dieron una manta para que cuando vinieran a hacer el recuento no nos vieran con los huevos al aire. Esa manta nos servía de manta y de cama. Así nos tuvieron cuatro meses» Tras eso, pasó por El Puerto de Santa María y finalmente fue juzgado en Madrid. Lo condenaron a pasar 30 años en un reformatorio para adolescentes donde incluso los monitores golpeaban a los internos. «una vez amenacé a uno: “Yo tengo que pasar 30 años aquí y lo tengo todo perdido, así que guarde cuidado porque no me importa matarlo”.»

En Alcalá de Henares pasó el resto de la condena, hasta que en 1962 salió en libertad, aunque fue retenido 15 días más por la revolución en Portugal. Luego fue desterrado a Terrassa, donde vivía su hermana. «Salí atolondrado, porque en la cárcel estás hecho al murmullo que hay allí, al murmullo del patio, de las paredes. No es un año ni dos, son once años.» Al caer una vez enfermo pidió permiso para visitar su pueblo y allí, al comprobar que seguía vivo, comenzó de nuevo a vivir.

Aunque su lucha no terminó en la cárcel. Participó en manifestaciones, fue detenido varias veces, y trató de convencer a la policía de que su lucha era por los derechos de todos, incluidos los suyos. Nunca tuvo miedo. En la Transición defendió a los presos, a los trabajadores y los sindicatos, buscando evitar cierres de fábricas y siguió luchando por la unidad.

Rafael siempre recordaba a aquellos que conoció en la sierra y en la prisión para aconsejar a las nuevas generaciones y reconoce que las organizaciones de ahora no son tan decididas como antes «Ahora los sindicatos están apagados. No son organizaciones decididas, no tienen el arranque que nosotros teníamos. Los piquetes, en las huelgas, van rompiendo todo lo que pillan; creo que eso desprestigia nuestra lucha. La violencia no es ejemplo para nada»

Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.

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