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La Quinta del Biberón

La Quinta del Biberón


Pere Pi Cabanes nacido en Barcelona en 1920, era un joven aficionado al fútbol que vivía ajeno a la política cuando estalló la guerra. Su familia, dedicada al campo, tampoco se involucraba en esos temas. Pero el 18 de julio de 1936 cambió su historia. Pronto quiso convertirse en héroe y se unió a la lucha. «Esa noche teníamos una cena del equipo para celebrar que habíamos ganado un torneo, pero empezaron a llegar noticias del levantamiento y lo suspendimos todo. Cada familia se quedó en casa a la espera de novedades». Con 16 años, vivía en Granollers y trabajaba como botones de un banco. La guerra le sorprendió en zona republicana y no dudó en unirse a la causa.

«Queríamos cambiar el mundo y nos convencimos a nosotros mismos de que los malos eran los nacionales. El que de joven no es revolucionario, es que no tiene corazón, pero el que de mayor lo sigue siendo, no tiene cabeza», bromea ahora. Pere Pi Cabanes es uno de los miles de desencantados con cómo se desarrollaron los acontecimientos en su bando. «Algunos amigos nos metimos en las JSU —Juventudes Socialistas Unificadas— y los mayores se fueron voluntarios con los carabineros, así que cuando se formó el Ejército Regular Popular, los más pequeños también nos presentamos voluntarios». En abril de 1937, con 17 años, Pere se unió a las tropas. ‘La Quinta del Biberón’, los llamaron.

Pere y sus compañeros fueron enviados a un campo de instrucción premilitar y luego a la Escuela de Especialidades, un cuerpo de guerrilleros que el Ejército republicano mantenía en secreto. «Todos los instructores eran rusos y allí aprendíamos a hacer el bárbaro», se ríe, recordando cómo le enseñaron a volar puentes o hacer saltar vagones de tren. «Es facilísimo, cualquiera puede hacerlo». En mayo de 1937, lo asignaron a la 236 brigada de la 75 división del XIV Cuerpo de Ejército de Servicios Especiales. Así comenzó su etapa de guerrillero, con la convicción de que podían ganar la guerra.

Pere nunca olvidará esos meses en el monte. «La vida era dura, teníamos que atravesar trincheras, hacer volar puentes, infiltrarnos en las tropas nacionales y atacar desde dentro —lo hacían vestidos con uniformes fascistas que robaban a prisioneros—. Además, las armas escaseaban en el Ejército Republicano. Sólo teníamos explosivos y ‘naranjeros’ que es una ametralladora que imitaba al Snaider checoslovaco». Al final de su vida, Pere recuerda como si fuera ayer las guardias, las escuchas, las esperas… En su brigada, que cubría de Lérida a Francia, había un centenar de hombres. «Pasábamos el día haciendo instrucción o cumpliendo misiones. Y por la noche, dormíamos en un pajar, en el monte, en algún pueblo…». Solo vio a sus padres una vez en los tres años que duró la guerra, en el invierno de 1938. Su madre consiguió una cazadora de lana y se la llevó al monte. Cosas de madres.

Los meses avanzaban mal para los republicanos, pero los guerrilleros estaban ajenos a la realidad. «Sólo nos llegaba la prensa del partido, sobre todo ‘Mundo Obrero’, y nos contaban la guerra como querían. Hasta el último momento, pensamos que estábamos ganando». Hasta que, el 1 de febrero de 1939, llegó la orden de retirada y huida a Francia. Incluso entonces, Pere seguía creyendo que la victoria era posible: «Pensaba que en Francia nos recogerían y nos llevarían en barco a Alicante para echar desde allí a los fascistas. ¡Qué iluso era!».

Emprendieron la huida a pie y al llegar a la frontera, cavaron un agujero y dejaron allí sus armas, pensando que podrían recogerlas si volvían. «Estuvimos caminando hasta que nos topamos con unos gendarmes que nos llevaron al campo de concentración de Saint Cyprien». Estaban solos. Su jefe, el coronel Pelegrino, salió vestido de paisano, con pasaporte diplomático y el dinero de sus soldados rumbo a Moscú. Poco que ver con la suerte de sus guerrilleros. «El campo de Saint Cyprien estaba en una playa enorme. Allí sólo había arena. Nos daban para comer un pan para 25 personas y agua del mar. Estuvimos unos 20 días hasta que nos dieron a escoger entre las brigadas de trabajo de Franco o irnos como voluntarios de la Legión Francesa a Indochina». Pere optó por lo primero.

Entonces comenzaron los trabajos forzados. «Fuimos unas 3.000 personas hasta un campo militar vigilado por soldados senegaleses descalzos. Estábamos todo el día cavando». Cabanes estuvo allí más de un año y logró salir gracias a una disposición que dejaba en libertad a los condenados en edad de ser llamados a filas. Le mandaron a hacer la mili en África por desafecto. De allí pasó a Zaragoza, donde cumplió servicio hasta 1945. Demasiados años pagando la ilusión adolescente de ser un héroe de guerra.

Desde ese momento Pere no ha vuelto a militar. «Cuando me encontré en el 39 en aquel campo de concentración pasando hambre y calamidades y no vi allí a ningún jefe político ni militar, dije: ‘Se acabó’. Hasta el 39 yo vivía de ilusiones, después me vacuné».

La vida de Pere es una demostración de que no debemos significarnos ciegamente con una causa que otros promueven, ya que al final, los lideres desaparecen cuando las penurias hacen acto de presencia.

Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.

Fuentes:

El Mundo: Especiales Guerra Civil

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