
Durante décadas, millones de lectores conocieron a Marcial Lafuente Estefanía como el hombre que les enseñó a viajar al Oeste sin salir de casa. Sus novelas se acumulaban en los quioscos a un ritmo vertiginoso, sus historias pasaban de mano en mano y su nombre se convirtió en uno de los más leídos de España. Sin embargo, detrás de aquel escritor incansable se escondía una historia completamente distinta, una que él mismo se encargó de ocultar durante toda su vida. No tenía nada que ver con pistoleros ni con duelos al sol, sino con una guerra civil, con decisiones que le podían costar la vida y con una noche concreta en la que le comunicaron que iba a ser fusilado en cuestión de horas.
Durante casi toda su vida, el escritor evitó hablar de sus vivencias durante la guerra y cuando finalmente habló de ello, lo hizo de forma críptica, como si todavía temiera remover un pasado que nunca quiso explicar. Fue en 1978, en una de sus últimas entrevistas, cuando dejó escapar unas palabras que desconcertaron a quienes lo escuchaban. «Yo he pasado mucho miedo. El miedo que puede pasar un hombre al que le dicen a las 19.00 horas que va a ser fusilado a las 23.00». No dio fechas ni lugares, pero sí añadió un detalle que convertía aquella escena en un suceso extraño: «En aquellos momentos llamé a una hermana que me preguntó si llevaba el escapulario de la Virgen del Carmen y me recomendó que, ya que había luchado como un mal español, muriera como un buen cristiano». Después de esa entrevista, volvió al silencio y durante años, nadie supo a qué se refería con aquellas palabras.
Para comprender esa escena hay que retroceder mucho antes de que su nombre se asociara a la literatura popular. Marcial Lafuente Estefanía había nacido en Toledo en 1903, en un entorno familiar donde la cultura tenía un peso importante. Su padre, Federico Lafuente, era periodista y escritor, y fue él quien despertó en el joven Marcial el interés por la literatura y el teatro clásico. Aun así, su camino no fue inmediato hacia la escritura, durante su juventud vivió experiencias que lo alejaban de cualquier vocación literaria clara, como su viaje a Estados Unidos entre 1928 y 1931, una experiencia que más tarde serviría de base para los escenarios de sus novelas del Oeste, pero que en aquel momento no parecía tener ninguna relación con su futuro.
Todo cambió con el estallido de la Guerra Civil en 1936. Como tantos otros españoles, no permaneció al margen del conflicto, sino que se vio arrastrado por él. En diciembre de ese mismo año fue nombrado concejal del Ayuntamiento de Chamartín de la Rosa, entonces un municipio independiente de Madrid, representando a la CNT. Aquella responsabilidad lo situó en un lugar delicado, en una ciudad que vivía una tensión constante, donde las decisiones políticas se mezclaban con el miedo y la violencia cotidiana.
Madrid, en aquellos meses, era una ciudad marcada por la incertidumbre. La retaguardia republicana estaba atravesada por detenciones arbitrarias, denuncias sin pruebas y una violencia que muchas veces escapaba a cualquier control legal. En ese contexto surgieron las llamadas checas, centros de detención improvisados donde se interrogaba a sospechosos de simpatizar con el bando sublevado. En muchos casos, quienes entraban en ellas no salían con vida y Chamartín de la Rosa no fue ajeno a esa dinámica, ya que varios edificios del municipio se convirtieron en escenarios de ese tipo de centros.
Fue precisamente ahí donde la figura de Lafuente Estefanía empezó a destacar de una forma inesperada. Desde su puesto en el Ayuntamiento, lejos de limitarse a seguir la corriente dominante, comenzó a intervenir para evitar represalias. No se trataba de un gesto aislado, sino de una actitud constante que lo llevó a enfrentarse incluso a miembros de su propio bando cuando consideraba que se estaban cometiendo abusos. En un clima donde la violencia se justificaba con facilidad, aquella postura suponía un riesgo evidente.
Los documentos que salieron a la luz décadas después permitieron reconstruir con bastante precisión lo que ocurrió en aquellos meses. En ellos aparecen testimonios de personas que fueron detenidas y que, en circunstancias normales, habrían acabado asesinadas en las checas. Sin embargo, en varios casos, la intervención de Lafuente Estefanía cambió su destino. Uno de los testimonios más claros es el de César Donoso Guilhou, quien años más tarde sería fiscal municipal del jusgado de Chamartín, y quien relató cómo, tras ser detenido en febrero de 1937, fue conducido al Ayuntamiento con la certeza de que no sobreviviría.
«Lafuente se opuso enérgicamente a cualquier represalia contra mí e hizo hincapié cuando empezaron a buscar un coche para conducirme a donde fuera […]. Dada la actitud excitadísima de los que me arrestaron, para salvar mi vida creyó oportuno no ponerme en libertad ni que estos volvieran a hacerse cargo de mí.»
Este no fue un caso aislado. En el sumario conservado tras la guerra aparecen numerosos testimonios similares, muchos de ellos firmados por personas que, en teoría, pertenecían al bando contrario y quienes lejos de acusarlo, destacaban su comportamiento y su intento de frenar los abusos. En uno de esos documentos, firmado por varios funcionarios del Ayuntamiento, se afirmaba que había actuado siempre «sin molestarles por sus ideas» y que se había distinguido por su oposición a las prácticas violentas de las milicias.
Su intervención no se limitó a casos individuales. En una ocasión, se enfrentó directamente al alcalde del Frente Popular, Eusebio Parra Ruiz, por la desaparición de un vecino llamado José Arias. Según consta en las actas municipales, Lafuente exigió explicaciones y planteó abiertamente la posibilidad de que se hubiera cometido una ejecución irregular. «Lafuente dice que José Arias fue detenido y fusilado sin que se sepan las causas por las cuales se adoptó tal determinación ni la persona que lo ordenó».
Incluso fue más allá y apuntó a una posible motivación económica detrás del caso, señalando que había muerto por una venganza al negarse a pagar cierta cantidad de dinero: «El edil pregunta a la alcaldía si tiene el recibo de la entrega del prisionero, pues parece desprenderse de todo esto una inmoralidad, al cometerse un delito vituperable por la cantidad de 600 pesetas».
Aquellas acusaciones, en un contexto como el de la guerra, no eran menores. Supusieron un enfrentamiento directo con otros responsables políticos y dejaban claro que su postura no era simplemente humanitaria, sino también crítica con el funcionamiento interno de su propio bando.
Tras su etapa en el Ayuntamiento, Lafuente Estefanía continuó implicado en el conflicto. Según su expediente, sirvió como voluntario en el Ejército Popular entre marzo de 1938 y marzo de 1939. Durante ese periodo fue destinado a la localidad toledana de Los Yébenes, donde también dejó una huella similar. Allí, varios testimonios recogidos tras la guerra señalaron que había intervenido para evitar represalias contra los vecinos considerados de derechas. El alcalde franquista de la localidad, Toribio Pedraza, declararía posteriormente: «Con su influencia y oportuna intervención, ha contribuido a evitar atropellos que se querían cometer contra personas de orden y de derechas».
Otro testimonio especialmente significativo fue el de un vecino llamado Lucas Manzano, quien aseguró que Lafuente no solo lo protegió, sino que lo escondió en su propia casa para evitar que fuera detenido: «me nombró su conductor y me escondió en su propia casa, como si fuera su propio hijo». Una vecina de la localidad también declaro que «había protegido a su tercer hijo y a otros derechistas de las infinitas persecuciones».
Todos estos relatos dejaban claro que, en medio de un conflicto donde la violencia era cruel y arbitraria, Lafuente adoptó una posición que lo situaba en un lugar incómodo, incluso peligroso. No respondía al perfil típico que se esperaba de alguien vinculado a la CNT, y su comportamiento fue reconocido incluso por quienes, en teoría, deberían haberlo considerado un enemigo.
Sin embargo, todo ese pasado quedó oculto durante décadas. Tras el final de la guerra, se entregó a las tropas nacionales en marzo de 1939 y fue sometido a un consejo de guerra. A pesar de los numerosos testimonios a su favor, fue condenado inicialmente a muerte, lo que explica aquella escena que años después describiría en su entrevista. En los días posteriores al final del conflicto, incluso el alcalde franquista de Navahermosa salió en su defensa, destacando que «debido a su oportuna intervención no se llevaron a cabo algunos fusilamientos», un testimonio que se sumaba a muchos otros que reconocían su labor durante la guerra. Gracias a ellos la ejecución no llegó a llevarse a cabo, sin embargo la experiencia marcó profundamente su vida. Finalmente, su pena fue conmutada por una condena de prisión, que fue reduciéndose con el tiempo hasta quedar en arresto domiciliario, al final había pasado dos años y medio en prisión.
Durante ese periodo comenzó a escribir. Lo hizo en condiciones pésimas, utilizando lo que tenía a mano como el papel higiénico que les entregaban. Allí fue desarrollando un estilo directo y eficaz que marcaría toda su obra posterior. Años después recordaría aquella etapa con una mezcla de ironía y resignación: «Empecé a escribir novelas del Oeste en 1939, cuando me ofrecieron un hospedaje gratuito en el ‘hotel’ Ocaña de cinco estrellas. Un lugar muy curioso porque, con lo ancha que es Castilla, solo disponíamos de 30 centímetros para dormir».
De esa experiencia surgió su primera novela, La mascota de la pradera, publicada en 1943. A partir de ahí, su carrera despegó de forma imparable. Llegó a escribir más de dos mil seiscientos títulos, con un ritmo de producción que rozaba lo increíble, llegando a escribir varias novelas al mes. Su éxito fue enorme, aunque nunca estuvo acompañado del reconocimiento académico. A pesar de ello, generaciones enteras aprendieron a leer con sus historias, algo que él siempre consideró más importante que cualquier otro tipo de prestigio. «No aspiro a la Academia, pero me han leído pequeños y grandes. Lo que pasa es que a los mayores les da vergüenza reconocerlo».
A lo largo de su vida, sin embargo, evitó hablar de su pasado. Nunca utilizó su historia para obtener reconocimiento ni para mejorar su reputación durante el Franquismo. Prefirió mantenerse en un segundo plano, centrado en su trabajo, como si aquella etapa perteneciera a otra vida. Solo en momentos muy puntuales, como en aquella entrevista de 1978, dejó entrever lo que había vivido.
Décadas después de su muerte, los documentos descubiertos en los organismos públicos permitieron reconstruir esa historia oculta. Lo que apareció no fue solo la biografía de un escritor, sino el retrato de un hombre que, en uno de los momentos más violentos de la historia de España, tomó decisiones que pusieron en riesgo su propia vida para salvar la de otros. Un hombre que, sin importar el bando ni los colores, eligío luchar por salvar la vida de los inocentes.
Aquí te dejamos el capitulo del podcast, no olvides que tienes disponible otros relatos de guerra.





