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La Confesión a un Muerto

La Confesión a un Muerto
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En la ciudad de Zacatecas, cuando la oscuridad de la noche comienza a envolver sus calles y la luna se refleja en las piedras de la Plaza Mayor, se escuchan los susurros de leyendas que desafían la lógica y el tiempo. Historias, que parecen sacadas de algún cuento de terror y que muchas personas no se atreven a escuchar. Entre estos relatos, destaca uno por su inquietante ambiente y su final desconcertante: es la leyenda del Padre Esqueda y su confesión de Ultratumba.

Todo comenzó en una de esas noches donde el silencio parece más denso que de costumbre. La calma dominaba la Notaría del Templo de Santo Domingo, donde residía el Padre Martín Esqueda. Aunque era habitual que lo despertaran a altas horas, ya que su labor lo llevaba a ofrecer los últimos sacramentos a los moribundos y enfermos graves, aquella noche fue diferente. Los golpes resonaron con fuerza en el antiguo y pesado aldabón de hierro, interrumpiendo su descanso con una urgencia inusual.

Como siguieron tocando, cada vez con mayor fuerza, El sacerdote se levantó de su lecho, se vistió rápidamente y se asomó a la ventana para preguntar quien llamaba con tanta insistencia.

Afuera, una mujer humilde, vestida de negro y con el rostro cubierto por un rebozo, le respondió, con voz apremiante, que venia a pedirle que auxiliase a un enfermo muy grave.

Aunque el Sacerdote no conocía a esa mujer, debido a la gravedad de la situación, no hizo más preguntas, por lo que el Padre Esqueda tomó su petaca y siguió a la mujer, quien avanzaba con pasos rápidos por las oscuras callejuelas de la ciudad. El camino los llevó por rincones algo apartados, hasta que llegaron a la antigua Plaza de Toros. Allí, la mujer abrió la puerta de una humilde habitación y al entrar, el sacerdote notó de inmediato el desamparo de aquel lugar. Bajo la débil luz de una vela de sebo, distinguió al enfermo, un hombre de aspecto cadavérico, tendido en un petate en el suelo junto a la pared. La estancia, escasa en mobiliario, contaba apenas con un banco de madera de tres patas.

El sacerdote se sentó en el banco y examinó al hombre detenidamente. Parecía tener 50 o 60 años, era alto aunque con su cuerpo enflaquecido. Su piel, amarillenta y fría, delataba que la muerte lo acechaba. Los ojos verdes del enfermo, apagados y fijos en el techo, reflejaban su resignación y su respiración, muy fatigosa, solo se interrumpía por unos ataques de tos seca. Un sudor frio le humedecía la frente y la fiebre le hacia sacudir su cuerpo con temblores. El padre le cogió la mano , la cual notó con el frio de la muerte y entonces comprendió la gravedad de la situación. El hombre, al notar la presencia del sacerdote hizo un enorme esfuerzo, y con una débil y temblorosa voz le pidió al padre que lo confesará.

El sacerdote, sin perder tiempo, tomó su estola y se la colocó. Mientras la mujer salía de la habitación, comenzó a escuchar la confesión del hombre. A pesar de su estado, el enfermo conservaba una lucidez extraordinaria y relató sus pecados en una confesión prolongada que terminó entre sollozos. El Padre Esqueda, al terminar el enfermo el relato de sus pecados, lo confortó con sus consejos y le dio la absolución. Acto seguido, sacó de si petaca lo necesario y le administró la extremaunción. Cuando terminó, dejó su estola colgada en una estaca de madera clavada en la pared, cerró su petaca y se despidió del hombre con una bendición. La mujer, que había regresado en silencio, acompañó al sacerdote hasta la puerta, despidiéndolo con un gesto solemne.

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Al día siguiente, mientras revisaba su petaca, el sacerdote notó que faltaba su estola. Intentó hacer memoria, hasta que recordó que la había dejado en la casa del enfermo, inmediatamente llamó al monaguillo y le pregunto si habia venido alguien a devolverla. Al contestarle el monaguillo que nadie habia aparecido, extrañado, el padre lo mandó de inmediato a la casa del enfermo para recuperarla. Sin embargo, el muchacho regresó pasado un rato diciendo que la casa parecía deshabitada y que nadie había respondido a sus muchas llamadas. Intrigado, el Padre Esqueda mandó al sacristán, quien, tras un buen rato, regresó confirmando lo dicho por el monaguillo. Ambos aseguraron que la puerta no mostraba señales de haber sido abierta en mucho tiempo.

Inquieto, el sacerdote decidió ir personalmente. Al llegar, tocó la puerta repetidamente sin obtener respuesta. Todo indicaba que la casa llevaba mucho tiempo deshabitada. Desconcertado, buscó al dueño de la finca para obtener alguna explicación. Este, tras escuchar el relato del sacerdote, le aseguró que aquello era imposible, ya que aquella casa llevaba más de un año cerrada, y nadie habia estado allí desde entonces.

A pesar de las dudas del propietario, que pensaba que el sacerdote había tenido un extraño sueño, ambos decidieron ir juntos al lugar y comprobar si la estola estaba donde decía el sacerdote. Encaminaron sus pasos hacia la plaza de toros, y una vez allí, el sacerdote notó que la pesada llave de hierro que llevaba el dueño y que abría la puerta, era la misma llave con la que la mujer había abierto la puerta la noche anterior. Al girar el cerrojo, el rechinar de las bisagras confirmó que la puerta no se había abierto en mucho tiempo. Cuando entraron, un fuerte olor a humedad los envolvió. El interior presentaba un escenario completamente diferente al que el sacerdote había visto la noche anterior. Grandes telarañas colgaban del techo, y las ratas asustadas huían hacia sus escondites. Una gruesa capa de polvo cubría todo el suelo, donde se distinguían claramente las huellas de los pies del sacerdote.

Sin embargo, en el tétrico cuarto que habia sido del enfermo, se encontraba la estola del sacerdote, colgada en la estaca de madera, tal y como él la había dejado. Pero el petate y el banco habían desaparecido, y no había rastro del enfermo ni de la mujer que lo había guiado hasta allí. Aquella escena era tan desconcertante que dejó al sacerdote y al propietario en un estado de asombro absoluto.

La historia se extendió rápidamente por toda la ciudad, causando un gran revuelo entre los habitantes. Muchos comenzaron a especular sobre la naturaleza del enfermo y la mujer. Algunos decían que podría tratarse de un alma en pena que buscaba redención antes de abandonar este mundo. Otros afirmaban que era un castigo divino o una especie de prueba de fe para el sacerdote. Sea como fuere, el misterio quedó grabado en la memoria de Zacatecas.

El Padre Esqueda, profundamente afectado por todo lo ocurrido, comenzó a sufrir problemas de salud. Años después, su vida terminó a causa de un padecimiento hepático que muchos atribuyeron al impacto emocional sufrido aquella noche. Jamás se volvió a saber nada del enfermo ni de la mujer que lo acompañaba y la casa, que permaneció deshabitada, se convirtió en un lugar al que nadie se atrevía a pasar.

Y así, la historia del sacerdote que confesó a un hombre que parecía venir de otro mundo se fue contando de padres a hijos, sobreviviendo al paso de los años y hoy continua viva en las calles de Zacatecas. Se cuenta en las reuniones familiares y en las noches tranquilas, cuando la luna baña con su luz los rincones de la ciudad, recordando a todos que hay misterios que ni el tiempo ni la razón pueden explicar.

Aquí os dejamos el episodio del podcast, ¡esperamos que lo disfrutéis y que os suscribáis si os gustan estas leyendas!

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